Afrancesado

De Hispanopedia
Caricatura de José Bonaparte

Se denominó afrancesados a los españoles que habían colaborado con el ejército francés durante la Invasión Napoleónica de España. Los «patriotas» y defensores de los derechos de Fernando VII, cautivo en Francia, que negaban la autoproclamación de José Bonaparte como «rey de España e Indias» y le descalificaban con epítetos como «rey intruso» o «Pepe Botella», calificaban a los afrancesados de "traidores", "petimetres", "madamitas" y un sinfín de epítetos, que aparecían también impresas en forma de caricaturas políticas.[1]

Una famosa letrilla se burlaba de esta manera de la sumisión de los colaboradores ante los invasores franceses: {{Cita|"Cada cual tiene su suerte, la tuya es de borracho hasta la muerte.</ br> Traidores afrancesados, id a rezar,que el dinero de Francia se va a acabar."Error en la cita: Etiqueta de apertura <ref> sin su correspondiente cierre </ref>

Definición

El término «afrancesado» en sentido amplio se ha aplicado a aquellas personas influidas (de forma «exagerada», según el DRAE) por las ideas y las costumbres de origen francés.[2] Según el historiador Miguel Artola «en España se llaman afrancesados a las gentes que, cuando la dominación francesa, ocuparon cargos, juraron fidelidad al intruso [José I Bonaparte] o colaboraron con los ocupantes con fines diversos».[3]

Juan López Tabar apuntó a la distinción entre afrancesados y simples juramentados. Estos últimos constituyeron, como también señaló Artola, la inmensa mayoría de los que «por pura necesidad optaron por prestar juramento al nuevo monarca como un mal menor, especialmente cuando su existencia económica dependía del Estado, caso del aparato burocrático, que mayoritariamente, optó por esta fórmula». «Su colaboración no pasó en la mayor parte de los casos de un acatamiento resignado de la nueva situación». En cambio los afrancesados, apenas unos miles, «no sólo juraron al nuevo monarca, sino que de manera consciente y por su propia voluntad, ocuparon cargos o colaboraron de alguna manera con los ocupantes, bien con objeto de apoyar la política del rey José, en quien veían un continuador del reformismo ilustrado, o, en el menor de los casos, por mero afán de medro». López Tabar ha realizado un censo de los afrancesados y ha conseguido identificar a 4172, de los cuales 2416 provienen de la administración (constituyendo el 57,9 % del total), 979 son militares, 252 eclesiásticos, 99 nobles y el resto, 426, particulares o de una categoría que no se ha podido determinar.[4]

Con posterioridad a la Invasión Napoleónica de España, para hablar del partidario de Francia o de lo francés (por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial) se usó más bien el término francófilo, desprovisto de las connotaciones negativas de las que el término afrancesado no se había desprendido todavía.

Historia

El 6 de junio de 1808 José I Bonaparte, a instancias de su hermano Napoleón, intentó autoproclamarse como Rey de España con el nombre de José I, pero lejos de obtener una legitimación, fue rechazado frontalmente por los órganos de poder autóctonos como el Consejo de Castilla y la Junta Suprema Central, que el propio Fernando nombró antes de partir hacia Bayona para gestionar los asuntos de Estado en su ausencia,[5], y que se apresuró en emitir una Declaración de Guerra al Emperador de Francia, Napoleón I, ese mismo 6 de junio, invalidando la autoproclamación de José I.

El completo rechazo a su figura quedó plasmado por el propio José I en sus cartas a Napoleón:

«No hay un solo español que se declare a mi favor excepto el pequeño número de personas que viajan conmigo. […] Para salir lo mejor posible de este trance de un hombre destinado a reinar es preciso desplegar grandes fuerzas… No me asusta mi posición, pero es única en la historia: no tengo aquí ni un solo partidario…»[6][7].
«Tengo por enemiga a una nación de doce millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo. Se habla públicamente de mi asesinato, pero no es éste mi temor. Todo lo que se hizo aquí el 2 de mayo fue odioso… Los hombres honrados no son más afectos a mí que los pícaros. No, sire, estáis en un error: vuestra gloria se hundirá en España…»[8][9].

Los estudios prosopográficos muestran que los afrancesados procedían mayoritariamente del aparato administrativo borbónico. Según el censo elaborado por Juan López Tabar, el grupo estaba compuesto por:[10]

  • Administración real (57,9 %): altos funcionarios, intendentes, magistrados y consejeros.
  • Militares (23,4 %): oficiales formados en academias borbónicas.
  • Eclesiásticos (6 %): clérigos ilustrados y miembros del bajo clero urbano.
  • Nobleza (2,3 %): títulos menores y cortesanos.
  • Particulares (10,2 %): profesionales liberales, comerciantes y hombres de letras.

El exilio (1813–1820)

Retrato de Juan Meléndez Valdés por Francisco de Goya (1797), que murió en el exilio en 1817.

Tras la retirada francesa en 1813, entre 10 000 y 12 000 afrancesados huyeron de España rumbo a Francia, y se establecieron principalmente en Burdeos, Bayona, París y Montpellier.[11]

En el exilio formaron comunidades cohesionadas, mantuvieron redes intelectuales y publicaron memorias intentando defender su actuación. Personajes como Juan Meléndez Valdés o Leandro Fernández de Moratín, murieron en Francia sin regresar.

Regresos y reintegración (1820–1833)

La amnistía decretada durante el Trienio Liberal permitió el retorno de varios centenares de afrancesados, que se integraron en la administración constitucional.[12]

Durante la Década Ominosa (1823–1833), Fernando VII permitió el regreso de otros, especialmente técnicos y funcionarios cuya experiencia resultaba útil para el absolutismo restaurado.[13]

Referencias

  1. Napoleón y la sátira política. La caricatura como arma en las Guerras Napoleónicas. El Rincón de Byron
  2. Artola, 1976, p. 23; 50.
  3. Artola, 1976, p. 52-53.
  4. López Tabar, 2001, p. 46-48.
  5. Sánchez Mantero, 2001, p. 71.
  6. Moreno Alonso, 2008, p. 252.
  7. Abella, 1997, p. 42-43.
  8. Abella, 1997, p. 43-44.
  9. Lentz, 2016, p. 332-333. "[José I] se desesperaba de que Napoleón no comprendiera que, para conquistar definitivamente España, haría falta movilizar enormes medios"

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Bibliografía