Chicanismo

De Hispanopedia
El chicanismo parte de la idea de que los chicanos son nativos de la tierra y no inmigrantes, y para ello sitúa Aztlán en el suroeste de Estados Unidos.[1]

El chicanismo ([tʃikaˈnismo]) es la conciencia cultural que sustentó al movimiento chicano, la movilización por los derechos civiles que la población de origen mexicano emprendió en Estados Unidos durante las décadas de 1960 y 1970. Su rasgo central es la identificación de los chicanos con sus raíces indígenas americanas, que alimenta la idea de que son nativos de la tierra y no inmigrantes.[1]

El movimiento del que forma parte nació de la situación que vivía la comunidad mexicano-estadounidense: discriminación generalizada, escasa movilidad económica y social, instituciones educativas deficientes y miedo a perder su cultura. Frente a ello, el chicanismo reclamó la unidad de todos los chicanos con independencia de su clase social y convirtió la organización comunitaria en su principal herramienta. De esa etapa proceden el Plan Espiritual de Aztlán y El Plan de Santa Bárbara, ambos de 1969, las huelgas estudiantiles de Los Ángeles y Denver y la Moratoria Chicana contra la guerra de Vietnam. El segundo de esos documentos estableció la definición habitual del chicanismo: separó dos actitudes: el chicano reconstruye su herencia indígena, el mexicano-estadounidense la deja de lado y busca la asimilación. También introdujo los estudios chicanos en la universidad.

El chicanismo antepone la afirmación de la identidad propia a la integración, da el primer papel a la juventud estudiantil y sitúa Aztlán, el lugar de origen de los aztecas, en el suroeste de Estados Unidos. Ese nacionalismo cultural busca la liberación del grupo, no la integración en la sociedad estadounidense. Los barrios, los vecindarios de clase trabajadora, funcionaron como centros culturales de la comunidad, y el movimiento rechazó la americanización y la asimilación por considerarlas una forma de destrucción cultural.[1][2]

Entre las figuras asociadas al chicanismo destacan Rodolfo «Corky» Gonzales, autor del poema I Am Joaquín y fundador de la Cruzada por la Justicia; César Chávez y Dolores Huerta, organizadores del sindicalismo agrícola; José Ángel Gutiérrez, cofundador del Partido de La Raza Unida; Reies López Tijerina, que pidió la devolución de las tierras mexicanas en Nuevo México; y Mirta Vidal, que denunció la posición subordinada de las chicanas dentro del propio movimiento. El chicanismo impulsó también un arte propio —muralismo, literatura, prensa y grafiti— que sus estudiosos describen como un renacimiento cultural. El xicanisma, término que la escritora Ana Castillo acuñó en 1994 para nombrar un feminismo chicano de raíz indígena, se ha descrito como una prolongación del chicanismo.[3][4]

Orígenes y contexto del movimiento chicano

Durante los primeros años de las décadas de 1960 y 1970, numerosos mexicano-estadounidenses se agruparon por todo Estados Unidos para exigir cambios sociales y políticos. Ese impulso recibió el nombre de movimiento chicano y puede definirse como un movimiento social nacido en la década de 1960 para protestar por la situación en que vivía la comunidad mexicano-estadounidense. Fue un movimiento reformista, cargado de emotividad y mayoritariamente pacífico, que reunió varias preocupaciones de peso para esa comunidad. Entre ellas estaban el miedo a perder su cultura, la falta de movilidad económica y social, una discriminación generalizada y unas instituciones educativas deficientes. El movimiento cambió la manera en que los mexicano-estadounidenses se veían a sí mismos dentro de la sociedad. Esa pregunta había surgido en la comunidad por las barreras de opresión que sus miembros percibieron al llegar a Estados Unidos. Para combatir ese aislamiento, el movimiento chicano buscó unir a todos los chicanos con independencia de su clase social. El fortalecimiento colectivo resultaba esencial, porque los chicanos eran una minoría dentro de la sociedad estadounidense. Por ello la organización comunitaria se volvió la vía para sacar adelante su agenda de manera conjunta. El movimiento giró en torno a una pregunta: qué significaba ser mexicano en la sociedad estadounidense. La cultura chicana reunió una multiplicidad de ideas presentes en la comunidad mexicano-estadounidense. Los intelectuales y demás participantes, entre ellos artistas y escritores, crearon formas nuevas de arte que recogían esa cultura. Entre los ejemplos figuran las virtudes de la herencia indígena mexicana y las obras literarias bilingües, a veces incluso plurilingües. Parte del propósito del movimiento consistió en construir un relato histórico que cuestionara la victimización de los mexicano-estadounidenses mediante la crítica de la asimilación a la sociedad y la cultura estadounidenses.

El movimiento chicano

Vista aérea de los disturbios que siguieron a la manifestación de la Moratoria Chicana contra la guerra de Vietnam, en el este de Los Ángeles, en agosto de 1970.

El movimiento chicano de la década de 1960, conocido también como El Movimiento, se basó en el empoderamiento de los mexicano-estadounidenses.[5] Se sustentaba en la organización comunitaria y en el nacionalismo entendido como afirmación cultural, y concedía además una importancia simbólica a los lazos ancestrales con Mesoamérica. Entre las reformas que reclamaba figuraban la restitución de las mercedes de tierras, los derechos de los trabajadores agrícolas y el acceso a mejores oportunidades educativas. El movimiento giraba en torno a la unidad de la extensa población mexicana de Estados Unidos. De él surgieron varios acontecimientos y organizaciones de peso. Sus integrantes participaron en distintas huelgas estudiantiles, entre ellas las del este de Los Ángeles en marzo de 1968 y las de Denver en marzo de 1969. Esas huelgas influyeron mucho en la lucha por la igualdad en las escuelas y por unas condiciones mejores para los chicanos. El movimiento organizó también la Moratoria Chicana, una campaña contra la guerra de Vietnam que denunciaba el hecho de que los chicanos morían en el frente en una proporción mucho mayor que la de su población. A esa desproporción contribuían la exclusión de la enseñanza superior y unas escuelas públicas deficientes, que dejaban a los jóvenes mexicano-estadounidenses sin el aplazamiento del servicio militar que conseguían los estudiantes universitarios. Las primeras marchas se celebraron en el este de Los Ángeles en diciembre de 1969, con más de mil participantes, y en febrero de 1970, con unos tres mil. La convocatoria nacional del 29 de agosto de 1970 reunió en Whittier Boulevard a entre 20.000 y 30.000 manifestantes, y otra docena de ciudades se sumaron a la protesta ese mismo día. Ninguna otra comunidad étnica del país había organizado hasta entonces una movilización contra la guerra de tamaño comparable.[6][7]

La marcha empezó de forma pacífica, pero el departamento del sheriff del condado de Los Ángeles la declaró reunión ilegal y la disolvió con gas lacrimógeno y porras. Tres personas murieron aquel día, aunque algunos recuentos elevan la cifra a cuatro. Entre ellas estaba el periodista Rubén Salazar, columnista de Los Angeles Times y director de informativos de la emisora en español KMEX. Salazar se había refugiado en un bar de Whittier Boulevard cuando un agente disparó al interior del local un proyectil de gas lacrimógeno que lo alcanzó en la cabeza y lo mató al instante. El forense calificó la muerte de homicidio, pero la fiscalía nunca procesó al agente; una comisión civil independiente concluyó en 2011 que no existían pruebas de que el disparo fuera premeditado. Numerosos activistas sostuvieron que las fuerzas de seguridad vigilaban a Salazar, y su muerte lo convirtió en un símbolo del movimiento chicano. La comunidad respondió con nuevas movilizaciones, que unieron la oposición a la guerra con la denuncia de la brutalidad policial. Entre los grupos que convocaron la marcha estaban los Boinas cafés, una organización chicana fundada en 1967.[6][7] El movimiento chicano llegó incluso a presentar a los vietnamitas como camaradas frente a las fuerzas imperialistas blancas estadounidenses. Otro acontecimiento de gran importancia fue la Conferencia Nacional de Liberación de la Juventud Chicana, organizada por primera vez por Rodolfo «Corky» Gonzales. La conferencia se reunió durante varios años consecutivos y su papel como elemento unificador de los chicanos de todo el país fue muy importante. En su primera edición se redactó el Plan Espiritual de Aztlán, que se convirtió en una especie de hoja de ruta del movimiento chicano. El documento comienza por plantear que los chicanos deben emplear su nacionalismo como «denominador común para la movilización y la organización de masas». Enumera siete objetivos organizativos: la unidad en la conciencia del pueblo para la liberación de La Raza; el control económico de sus propias vidas y comunidades sin explotación; una educación adaptada a los chicanos; instituciones al servicio del pueblo como compensación por lo ocurrido en el pasado; una autodefensa basada en la fuerza conjunta de la comunidad; el uso de los valores culturales para reforzar la base moral del movimiento; y la liberación política mediante la acción independiente. El texto detalla además las acciones que debían emprenderse: informar a la población, realizar grandes manifestaciones y huelgas, crear partidos políticos y ejercer la democracia participativa. Algunos consideran que el movimiento chicano terminó en la década de 1970, mientras que otros sostienen que ese cambio de intensidad se debió a un renacimiento cultural dentro del propio movimiento.

Formulación ideológica: El Plan de Santa Bárbara

En abril de 1969, un mes después de la conferencia de Denver, el Consejo Coordinador Chicano para la Educación Superior (Chicano Coordinating Council on Higher Education) reunió en la Universidad de California en Santa Bárbara a un centenar de estudiantes, profesores y representantes de la comunidad. De ese encuentro salió El Plan de Santa Bárbara, un documento de 155 páginas pensado como plan para crear programas de estudios chicanos en las universidades estadounidenses.[8][9] Si el Plan Espiritual de Aztlán había marcado el impulso nacionalista del movimiento, el Plan de Santa Bárbara fue el texto que definió el chicanismo como ideología.

El documento define el chicanismo por el compromiso con la lucha por la liberación chicana, y lo describe como un concepto que integra la conciencia de uno mismo con la identidad cultural, paso previo a la conciencia política. Sobre esa base establece la distinción que constituye el núcleo de la ideología: la que separa una mentalidad «mexicano-estadounidense» de una mentalidad «chicana».

El Plan llama «mexicano-estadounidense» a una actitud y «chicano» a otra, y advierte que una misma persona puede pasar de la primera a la segunda. No son dos palabras para un mismo grupo, ni dos orígenes, ni dos nacionalidades: son dos maneras de situarse ante la propia herencia cultural. Según el documento, el mexicano-estadounidense carece de respeto por su herencia étnica y cultural. Inseguro de sí mismo, busca la asimilación como salida a una posición social degradada. Por esa razón, dice el texto, no consigue ninguna fuerza política. El chicano, en cambio, se define por el respeto y el orgullo hacia esa misma herencia. Actúa con confianza, tiene muchas más opciones en política y es capaz de crear una ideología eficaz a través de la acción.

Los chicanos reconstruyen su herencia indígena; los mexicano-estadounidenses la dejan de lado. La generación anterior quería entrar en la sociedad estadounidense y, para conseguirlo, algunos de sus dirigentes llegaron a presentarse como blancos; sus antepasados indígenas no aparecían ni en sus discursos ni en sus demandas. Los chicanos hicieron lo contrario: se declararon descendientes de los pueblos originarios y se pusieron a rehacer esa herencia pieza por pieza. Tomaron el indigenismo mexicano, celebraron a los mexicas, colocaron Aztlán en el suroeste de Estados Unidos, recuperaron el náhuatl en nombres y lemas y se llamaron a sí mismos «raza de bronce», es decir, pueblo de piel morena y origen indígena. Un chicano y un mexicano-estadounidense podían ser la misma persona, con los mismos apellidos y el mismo barrio: lo que los separaba era que uno reclamaba a sus antepasados indígenas y el otro no.[10][11]

La investigadora Lourdes Alberto advierte que esa reconstrucción fue selectiva. Alberto sostiene que el indigenismo que los chicanos adoptaron procedía del proceso de construcción nacional mexicano de la década de 1920. Se trataba, según Alberto, de una estrategia de las élites criollas, es decir, de los descendientes de españoles nacidos en América, que tomaron la historia indígena de forma selectiva para dotar a México de un mito de origen propio, mientras dejaban fuera a los pueblos indígenas reales, a los que sometían a programas de asimilación y a los que quitaban sus tierras.[11]

El chicanismo no es una etiqueta étnica que se hereda, sino una conciencia que se aprende: por eso el Plan pide que todo mexicano-estadounidense se considere un chicano en potencia. El documento se declara además lo bastante flexible para dar cabida a los distintos grados de conciencia que conviven dentro de La Raza, con sus variaciones regionales. En esa formulación, el nacionalismo cultural funciona como un medio para la liberación chicana y no como un fin en sí mismo.

Los redactores del Plan acusaban a los dirigentes de la generación anterior de haber fracasado. Esos dirigentes, activos entre las décadas de 1930 y 1950, habían perseguido los derechos civiles por la vía de los tribunales, el voto y la negociación, y a veces se habían presentado como blancos para conseguirlo. El Plan de Santa Bárbara supuso así el rechazo más rotundo formulado hasta entonces contra la ideología asimilacionista.[8]

El plan unió a las organizaciones estudiantiles chicanas, hasta entonces dispersas bajo siglas distintas, en una sola: el Movimiento Estudiantil Chicano de Aztlán. También llevó los estudios chicanos a la universidad, entendidos no como un fin académico sino como una herramienta al servicio de la comunidad.[9]

Temas centrales del chicanismo

Nacionalismo cultural y unidad de clase

Toda expresión artística chicana debía celebrar la herencia propia; de lo contrario, el movimiento no la consideraba chicana. Esa exigencia mide el peso que el nacionalismo tuvo en el movimiento durante la década de 1960: el chicanismo puso la afirmación cultural por encima de cualquier otra cosa. La autodeterminación de los chicanos hizo posible la movilización y la organización, tanto a gran escala como en el ámbito comunitario. Con una agenda basada en el nacionalismo y con obras muy conocidas como I Am Joaquín, un grupo de mexicano-estadounidenses se reunió bajo la nueva bandera del chicanismo y dio forma a un pueblo con siglos de historia reprimida hasta ese momento.

La ideología del nacionalismo chicano procede de la experiencia de los chicanos en Estados Unidos.[12] Aunque la sociedad funcionaba de un modo que alentaba la asimilación, los chicanos se esforzaron por conservar su cultura mediante un nacionalismo cultural que subrayaba justo lo contrario. Sus planteamientos se parecían a menudo a los de quienes libraban luchas anticoloniales, pues ambos grupos combatían una retórica o una cultura de dominación. Ese mensaje antiimperialista hacía necesaria la unión de los chicanos de todas las clases sociales.[12] La ideología del chicanismo reclamaba la unidad de todos los chicanos, sin importar su clase ni su posición social, para luchar contra la opresión. Resultaba importante que ningún grupo de chicanos quedara marginado dentro del movimiento, porque eso contradiría su propio mensaje contra la marginación de unos u otros grupos de personas. Ese principio permitió al movimiento reformular más tarde sus planteamientos e incorporar a los inmigrantes mexicanos indocumentados a su lucha. La incorporación importó por dos razones: el elevado número de inmigrantes y la necesidad de ayuda comunitaria que tenían por el trato que les daba el gobierno.

Papel de la juventud estudiantil

Portada del periódico Chicano Student Movement, de febrero de 1969.

En las protestas, los mítines y las marchas chicanas, la mayoría de los participantes eran jóvenes. Como buena parte de la ideología chicana abordaba las dificultades de ser una minoría, participaron chicanos de todos los orígenes y de todas las clases sociales, y no solo personas adultas. Muchos jóvenes chicanos creían que podían combatir el racismo estadounidense e impulsar la agenda chicana mejor que las personas adultas, algo que se reflejó tanto en su participación como en la importancia que les concedieron los líderes del movimiento. Los estudiantes chicanos resultaron decisivos, ya que aportaron el razonamiento analítico que sustentaba las ideas y las acciones del conjunto del movimiento.

La primera Conferencia de Liberación de la Juventud Chicana, celebrada en Denver en marzo de 1969, fue donde se redactó el manifiesto chicano Plan Espiritual de Aztlán. La conferencia, patrocinada por Cruzada por la Justicia, la organización de Rodolfo «Corky» Gonzales, reunió a los distintos sectores chicanos que participaban en el movimiento y se centró en la revolución social y en la identidad cultural. Gonzales se propuso además conectar allí a los estudiantes universitarios con la juventud rural que participaba en el movimiento. Ese objetivo le importaba porque había observado que muchos estudiantes abandonaban la comunidad sin regresar, y quería facilitar la relación entre quienes cursaban estudios superiores y el resto de la juventud chicana. Era una manera importante de mantener unidas a las personas de la comunidad.

Herencia mesoamericana

Detalle de la primera página de la Tira de la Peregrinación o códice Boturini, que representa la salida de Aztlán.

Los asentamientos mesoamericanos en lugares como Colorado, Nuevo México y Arizona son anteriores a la colonización euroamericana, y los chicanos usaron ese hecho para defender que la tierra de Aztlán era suya. Los líderes del movimiento se fijaron en esa herencia antigua porque la comparten todos los chicanos y les servía para incluirlos a todos. Los chicanos consideraron también que una de sus misiones era construir una cultura de inclusión, sobre todo porque el movimiento había nacido de su propia experiencia de opresión. El chicanismo creó así un vínculo simbólico con Mesoamérica y con la lengua náhuatl.[1]

Los chicanos y los pueblos indígenas de Estados Unidos

Aztlán, el náhuatl, los códices y la figura del guerrero azteca llegaron al movimiento chicano desde el indigenismo mexicano de la década de 1920, y no desde los pueblos indígenas que vivían en el suroeste de Estados Unidos. Todos esos símbolos son mexicas. Varios investigadores llaman a ese planteamiento un indigenismo «azteca-céntrico» y le hacen un reproche concreto: celebra un pasado indígena y, al mismo tiempo, deja fuera el presente de los demás pueblos indígenas, empezando por los otros sesenta y tres pueblos originarios de México.[13]

Los navajos, los apaches, los comanches y los pueblo habitaban ese mismo territorio, pero el nombre que el movimiento eligió para él procede de otra parte del continente. Los mexicas, además, habían dominado a numerosos pueblos indígenas antes de la llegada de los españoles, y muchos mexicanos son indígenas sin ser mexicas.[14]

La Alianza Federal de Mercedes reclamaba tierras que antes de 1848 habían pertenecido tanto a mexicanos como a indígenas, y Reies López Tijerina prefería para sí mismo el término «indohispano».[15] En 1968, Tijerina dirigió la delegación latina de la Campaña de los Pobres, la movilización contra la pobreza que había organizado Martin Luther King y que reunió en Washington a personas pobres de todas las razas.[16]

Aztlán pone un nombre indígena traído de otra región sobre un territorio que los pueblos indígenas del suroeste nunca dejaron de habitar ni de reclamar como propio. Unos investigadores describen esa operación como una apropiación cultural que repite el gesto colonial de rebautizar tierras ajenas; otros sostienen que los chicanos construyeron con los pueblos indígenas relaciones reales y duraderas, desde Wounded Knee y Tierra Amarilla hasta las Naciones Unidas.[14][13]

Figuras destacadas del movimiento

Rodolfo «Corky» Gonzales

Rodolfo «Corky» Gonzales (Denver, 18 de junio de 1928-ibidem, 12 de abril de 2005) fue un boxeador, poeta y activista político mexicano-estadounidense, y una de las figuras centrales del movimiento chicano en Denver.[17][18] No existe una designación formal sobre quiénes fundaron el movimiento chicano, pero Gonzales figura entre los nombres más citados, y sus aportaciones resultaron profundas y duraderas. Hacia 1960 se había interesado por la política y se afilió al Partido Demócrata. En 1965, el Alcalde de Denver Thomas Currigan lo nombró director del Cuerpo Juvenil de Barrio de la ciudad, y ejerció también como director de la oficina local de la guerra contra la pobreza.[19] Al cabo de un par de años, el proceso político lo desencantó y renunció al cargo para fundar Cruzada por la Justicia (Crusade for Justice) en 1966.[18] Fijó como objetivos principales de la organización la autodeterminación y el control comunitario de la vida chicana. La Cruzada creó escuelas, periódicos y otras entidades, participó en la política de Denver y presionó por mejores viviendas y oportunidades educativas para los chicanos de la ciudad.

Aunque ya había estado en el foco público por su trayectoria en el boxeo, en 1967 Gonzales atrajo de nuevo la atención nacional con su poema I Am Joaquín. El texto transformó la idea de lo chicano y sirvió de precedente para la afirmación cultural del grupo. El poema cuestionaba el papel que los chicanos desempeñaban dentro del sistema estadounidense y los llamaba a extraer fuerza del rechazo a la asimilación económica. En el pasaje más citado, el autor plantea una disyuntiva entre la victoria del espíritu acompañada del hambre física y una vida dentro de la neurosis social estadounidense, con el estómago lleno a costa de la esterilización del alma.[20]

Ese fragmento refleja la disposición de los chicanos a sacrificar el cuerpo por la regeneración del espíritu y dotó al chicanismo de un sentido de necesidad y de vigor. En la sección siguiente del poema, Gonzales presenta a Joaquín como parte de numerosos pueblos indígenas, entre ellos los mayas y los aztecas, pero también como Cortés y los españoles. Esa contradicción remite a la idea de la raza cósmica de José Vasconcelos. El autor construye así un elemento unificador entre los chicanos y a continuación los llama a levantarse contra la opresión anglosajona. El último término identitario que emplea en el poema es la palabra «chicano», con la que agrupa bajo una sola bandera a todos los que se reconocían en el texto.

Su influencia no terminó con la poesía. El 20 de marzo de 1969, la Cruzada por la Justicia respaldó la huelga estudiantil del instituto West High School de Denver, convocada contra el trato racista que recibía el alumnado chicano y contra la negativa del centro a apartar a un profesor de estudios sociales. La marcha derivó en enfrentamientos con la policía antidisturbios y en veintiséis detenciones, y las protestas se prolongaron cuatro días.[18] Ese mismo año convocó la primera Conferencia Nacional de Liberación de la Juventud Chicana, en la que se creó el conocido Plan de Aztlán. Ese documento se convirtió en el diseño del movimiento chicano y se basaba en el nacionalismo y en la autodeterminación. Gonzales concedió gran importancia a los lazos familiares y dedicó su vida entera, junto con su familia, a atender las necesidades de los chicanos de la comunidad de Denver.

César Chávez

César Chávez visita el Colegio Cesar Chavez, en Mount Angel (Oregón), en 1974.

César Chávez (31 de marzo de 1927-23 de abril de 1993) fue un activista de los derechos laborales de enorme influencia. En 1962, junto con Dolores Huerta, fundó la Asociación de Trabajadores Agrícolas (Farm Workers Association), que en la década de 1970 adoptó el nombre de Unión de Campesinos (United Farm Workers) y llegó a ser una de las organizaciones más importantes en la lucha por los derechos laborales de los jornaleros agrícolas.[21] Chávez tuvo a veces dificultades para conciliar su vínculo con el movimiento chicano y con el movimiento obrero. Sostenía que el movimiento obrero debía ir más allá de las fronteras raciales, pero su lucha giraba en torno a los trabajadores agrícolas, y los mexicano-estadounidenses formaban una parte enorme de ese colectivo. Esa realidad le impidió desligarse del movimiento chicano, y el público lo veía como un héroe chicano. Obtuvo atención nacional de forma constante mediante protestas, boicots, marchas y numerosas huelgas de hambre. Más destacado aún resultó el gran boicot organizado que la Unión de Campesinos, dirigida por Chávez, impuso a los productores de uva de California. El resultado fue la Ley de Relaciones Laborales Agrícolas de 1975, la primera norma que reconoció el derecho de negociación colectiva de los trabajadores agrícolas en California.[21] Se sintiera cómodo o no con esa situación, Chávez mantuvo un vínculo directo con el movimiento chicano por el simple número de trabajadores que se identificaban como chicanos. Llegó a comprenderlo y empleó imágenes simbólicas para conseguir apoyos: recordó los lazos con los antepasados y usó los símbolos religiosos, y programó protestas y boicots en fechas con carga simbólica para los mexicano-estadounidenses y su lucha por la justicia. Se le conoció por el uso de tácticas no violentas y se le sigue considerando uno de los activistas de derechos humanos más importantes del siglo xx en Estados Unidos.

José Ángel Gutiérrez

José Ángel Gutiérrez (Crystal City, Texas, 25 de octubre de 1944) es abogado y profesor emérito de ciencia política de la Universidad de Texas en Arlington.[22] Hijo de un médico mexicano-estadounidense, creció en una situación relativamente acomodada. Todo cambió cuando su padre murió, siendo él un niño de doce años: pasó a ser un mexicano más, y tanto la comunidad mexicana como la blanca empezaron a tratarlo de otra manera. Tomó conciencia muy joven de la opresión que sufrían los mexicano-estadounidenses, y esa experiencia marcó su dedicación de por vida a mejorar la situación del grupo. Tuvo un papel muy visible durante el movimiento chicano: en 1967 fue miembro fundador, en San Antonio, de la Organización Juvenil Mexicano-Estadounidense (Mexican American Youth Organization) y en 1970 cofundó el Partido de La Raza Unida, cuya presidencia nacional asumió en 1972.[22] La Raza Unida era una agrupación política mexicano-estadounidense que se organizó para apoyar a determinados candidatos en las elecciones de Texas, California y otros estados del suroeste. Rodolfo Gonzales ayudó más tarde a crear una sección del partido en Denver. Bajo la dirección de Gutiérrez, La Raza Unida organizó numerosas marchas de protesta y boicots, y practicó con notable éxito la democracia participativa. El partido logró reunir votos y ocupar varios cargos locales para mejorar la posición de los chicanos. Gutiérrez distribuyó varias publicaciones de amplia difusión, entre ellas un pequeño libro de bolsillo mal impreso titulado A Gringo Manual on How to Handle Mexicans. Repartía su obra por cualquier medio a su alcance y a veces vendía ejemplares desde el maletero de su coche. Contribuyó de manera notable a la posición de los chicanos en el ámbito educativo y también en el político.

Reies López Tijerina

Reies López Tijerina (1926-2015) fue el líder más controvertido del movimiento chicano en las décadas de 1960 y 1970, y también el más simbólico. José Ángel Gutiérrez afirmó que Tijerina despertó la ilusión de todos los que participaban en el movimiento chicano y los convenció de sus vínculos con la tierra estadounidense. Tijerina llamó la atención sobre el desprecio absoluto del gobierno de Estados Unidos hacia las mercedes de tierras mexicanas, es decir, las concesiones de tierra otorgadas en época mexicana que en teoría estaban protegidas por el tratado de Guadalupe Hidalgo.[23] En 1963 fundó la Alianza Federal de Mercedes, y cuando la vía judicial no logró devolver las tierras al pueblo mexicano-estadounidense recurrió a medidas más drásticas.[16] El grupo buscaba idealizar la herencia mexicana y celebraba también los lazos ancestrales con Mesoamérica. Dos hechos posteriores le dieron un lugar permanente en la memoria del movimiento chicano. El primero fue la ocupación del anfiteatro Echo, dentro del Bosque nacional Carson, en octubre de 1966: los miembros de la Alianza declararon el terreno República de San Joaquín, retuvieron a dos guardas forestales y varios de ellos acabaron procesados.[16] El segundo fue el asalto armado al juzgado del condado de Río Arriba, en Tierra Amarilla, el 5 de junio de 1967, en el que el grupo intentó detener por su cuenta al fiscal del distrito.[23] Puede que ninguno de los dos tuviera efectos inmediatos profundos, pero ambos resultaron muy simbólicos y contribuyeron a revitalizar el movimiento chicano. Sus acciones llevaron a los chicanos a creer de verdad en aquello por lo que luchaba el movimiento, sobre todo después de que su encarcelamiento lo convirtiera en una especie de mártir. Su legado resultó importante para la imagen del movimiento chicano.

Dolores Huerta

Dolores Huerta (1930) es una feminista chicana que trabajó directamente con César Chávez y fue una dirigente destacada de la Unión de Campesinos. Comenzó su labor como activista en 1955, cuando ayudó a Fred Ross a poner en marcha la sección de Stockton de la Organización de Servicio Comunitario (Community Service Organization), que luchaba por mejoras económicas para la población hispana.[21] Según el National Women's History Museum, esa organización combatió la segregación y la brutalidad policial, encabezó campañas de registro de votantes, reclamó mejores servicios públicos y promovió la aprobación de nuevas leyes.[24] Huerta empezó su activismo en el ámbito local, pero en la década de 1960 ya había creado la Asociación de Trabajadores Agrícolas (Agricultural Workers Association). En esas organizaciones conoció a César Chávez, activista y dirigente sindical como ella.[24] Después ambos fundaron juntos el sindicato que acabaría siendo la Unión de Campesinos y pronto atrajeron la atención nacional hacia su lucha por los derechos laborales. Huerta desempeñó un papel decisivo en la ejecución de los planes de la organización y fue su primera negociadora de contratos.[21] Recorrió el país para dar conferencias en universidades y en comunidades chicanas, y sirvió de modelo para las chicanas de todo Estados Unidos. Su papel destacado en el movimiento ayudó a inspirar a una nueva generación de mujeres que sufrían la opresión y no habían advertido que sus problemas estaban muy extendidos. Huerta fue una de las primeras activistas chicanas de renombre y se convirtió en un símbolo para las mujeres mexicano-estadounidenses de todo el país.

Mirta Vidal

Mirta Vidal nació en Argentina y emigró a Estados Unidos en su juventud. Residió en Nueva York, donde dirigió el trabajo chicano y latino de la Alianza de Jóvenes Socialistas (Young Socialist Alliance), la organización juvenil del Partido Socialista de los Trabajadores. Se solidarizó con el movimiento chicano y escribió diversas críticas sobre él. Partía de un enfoque interseccional y se la recuerda sobre todo por sus críticas al movimiento chicano y al feminismo anglosajón. La posición, las necesidades y los objetivos de las chicanas quedaban bastante desatendidos, pese a que las raíces del movimiento chicano y del movimiento de las chicanas eran idénticas. En «Women: New Voice of La Raza», publicado en la International Socialist Review en octubre de 1971, Vidal reprocha el uso del machismo en el hogar y dentro del movimiento chicano, y lo equipara al término inglés male chauvinism. Sostiene que el trabajo de las mujeres chicanas se debilita y se diluye. Subraya además que las chicanas sufren la opresión en varios planos a la vez: como mujeres, como chicanas y como trabajadoras de clase baja. Vidal aborda también la exclusión de las chicanas del feminismo mayoritario y del movimiento chicano. Al sentirse apartadas del feminismo mayoritario por sus vínculos con el movimiento chicano, y desalentadas por los chicanos, que consideraban la liberación de la mujer «cosa de anglos»,[25] las chicanas se unieron para afrontar su lucha particular. Vidal afirma que las mujeres chicanas necesitan participar tanto en el movimiento de liberación de la mujer como en el movimiento chicano para alcanzar la liberación plena.[26] Su texto ofrece un ejemplo de lo que se conoce como interseccionalidad, un concepto importante dentro del feminismo. Elma Barrera organizó la primera conferencia nacional de chicanas, la Conferencia de Mujeres por la Raza, que se celebró en el centro de la Asociación Cristiana Femenina de Magnolia Park, en Houston, del 28 al 30 de mayo de 1971 y reunió a unas seiscientas mujeres procedentes de veintitrés estados. De sus talleres salieron dos resoluciones, tituladas «Sex and the Chicana» y «Marriage-Chicana Style», que reclamaban la organización comunitaria y el derecho de las mujeres a controlar su propio cuerpo.[27] En una declaración posterior, hecha en una conferencia nacional sobre el aborto celebrada en Nueva York en julio de ese mismo año, Barrera se enfrentó a los hombres de la Iglesia y a los del hogar y reclamó abortos libres y legales, así como anticonceptivos, para la comunidad chicana y bajo control de las propias chicanas. Los textos aprobados defendían además que las madres cambiaran su papel en el hogar y educaran a sus hijos de una manera que transformara los roles y las conductas de género tradicionales. Las chicanas siguieron reuniéndose y lograron cierta inclusión tanto en el movimiento chicano como en el feminista.[27]

El arte chicano durante y después del movimiento

Mural del Parque Chicano, en el barrio de Barrio Logan (San Diego, California).

Los murales, las novelas, los periódicos, las esculturas y las pinturas que los chicanos crearon durante la década de 1960 dieron forma al chicanismo y dotaron a este grupo recién constituido de cientos de años de historia. El activismo político y el orgullo cultural impulsaron esa nueva expresión artística, que numerosos intelectuales ven como un renacimiento cultural chicano. El arte chicano se apoyaba en ideologías firmes, entre ellas la comunidad, el activismo y los lazos con los antepasados. El papel del movimiento artístico en la formación de la ideología chicana fue muy importante. Fue un movimiento basado en la afirmación cultural, y la expresión artística fue la mejor manera que encontraron los chicanos para celebrar su herencia y su libertad.

Con el paso del tiempo, el arte chicano siguió transformándose y adoptó la forma de la comunidad en torno a la cual giraba. Muchos artistas chicanos se centraron en representar «el barrio» y buscaron conectar con su público al mostrar sus luchas de cada día. La estructura comunitaria siguió siendo esencial y se crearon numerosas galerías que apoyaban a la juventud de las zonas chicanas. El grafiti se convirtió también en un reflejo esencial del arte chicano en los vecindarios chicanos. En la obra Phantom Sightings: Art After the Chicano Movement, Rita Gonzalez, Howard Fox y Chon Noriega detallan las numerosas transformaciones del arte chicano y el debate que las acompaña. A medida que el movimiento perdió parte de su vigor, los intelectuales empezaron a discutir qué podía considerarse arte chicano. En ese debate se sostenía que el arte no podía ser mayoritario en ningún sentido y que debía ir contra las nociones artísticas europeas clásicas. Nadie llegó a una conclusión sobre las particularidades del arte chicano, y se consideran arte chicano la mayoría de las formas que defienden la cultura, la comunidad o los lazos con Mesoamérica.

Véase también

Referencias

  1. ↑ 1,0 1,1 1,2 1,3 García, Mario T. (12 de mayo de 2015). The Chicano Generation: Testimonios of the Movement (en inglés). University of California Press. p. 4. ISBN 978-0-520-28602-3. Consultado el 11 de agosto de 2026. 
  2. ↑ Navarro, Armando (14 de julio de 2005). Mexicano Political Experience in Occupied Aztlan: Struggles and Change (en inglés). Rowman Altamira. p. 319. ISBN 978-0-7591-1474-6. Consultado el 11 de agosto de 2026. 
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Bibliografía

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Lectura adicional

  • Acuña, Rodolfo F. Occupied America: A History of Chicanos (en inglés). Pearson. 
  • García, Ignacio M. (1997). Chicanismo: The Forging of a Militant Ethos Among Mexican Americans (en inglés). Tucson: University of Arizona Press. ISBN 978-0-8165-1788-6. OCLC 36705669. 
  • Rosales, F. Arturo (1996). Chicano! The History of the Mexican American Civil Rights Movement (en inglés). Houston: Arte Público Press. 
  • Serrano Nájera, José Luis (2026). Confronting Colonial Legacies: Chicana/o Indigeneity and Solidarity with Indigenous Peoples (en inglés). Tucson: University of Arizona Press. 
  • Villar Raso, Manuel; Herrera-Sobek, María (2001). «A Spanish Novelist's Perspective on Chicano/a Literature». Journal of Modern Literature (en inglés) (Indiana University Press) 25 (1): 17-34. JSTOR 3831864. doi:10.1353/jml.2001.0022.