Cristiano viejo

De Hispanopedia

Cristiano viejo es un concepto ideológico que pretendía designar al segmento mayoritario de la población de España y Portugal durante todo el Antiguo Régimen (Baja Edad Media y Edad Moderna), en contraposición al de cristiano nuevo (al que se suponía ascendencia de conversos recientes. Aunque no confería ningún tipo de privilegio estamental, sí que era una condición social prestigiosa, y un orgullo que lo era más por estar fuera del alcance de muchos ricos y que a la mayor parte de los pobres se les suponía por nacimiento. Combinación de elementos etnicistas y religiosos, sería lo más cercano a la conciencia nacional que podría encontrarse en la Monarquía Hispánica en esos siglos, anteriores al nacionalismo.

En la definición del DRAE la palabra clave es "conocida", pues la percepción social ("fama"),[1] y no la verdadera ascendencia, era lo que determinaba la posición social. La manifestación burocrática del concepto de cristiano viejo, más que entenderse como tener ascendencia cristiana «por los cuatro costados» desde tiempo inmemorial (fuera esto real o imaginario), en la práctica solía reducirse a remontarse a los padres y los cuatro abuelos, exigida (con el nombre de averiguación o información de limpieza de sangre)[2] para el ingreso en algunas instituciones y profesiones que habían adoptado los Estatutos de limpieza de sangre.[3]

Es preciso señalar que los Estatutos de limpieza de sangre nunca formaron parte del derecho público español, como tampoco figuraron en ningún cuerpo de derecho público. Tan solo un reducido número de instituciones los habían adoptado, lo que desmiente la idea propugnada por la Leyenda Negra anti-española de que existía una especie de legislación implantada tanto a nivel nacional, como en los territorios de ultramar, que discriminaba a aquellos ciudadanos que no cumplían determinados requisitos de limpieza de sangre. Los Reyes Católicos nunca establecieron ningún tipo de disposición legal de discriminación contra los conversos, solo contra aquellos que habían sido penitenciados por la Inquisición, conversos o no.[4]

La burla de semejantes pretensiones era habitual en muchos autores clásicos, como el propio Cervantes, en el Retablo de las maravillas, donde añade como requisito para poder ver el inexistente artefacto, que además de cristianos viejos debían ser «nobles», entendiendo esto no como pertenecientes al estamento nobiliario, sino como de esclarecido nacimiento, o sea, de padre y madre conocido.[5] La propia Inquisición, aunque exigía la limpieza de sangre para sus miembros inferiores (los familiares), no estaba libre de sospecha de estar compuesta por muchos cristianos nuevos que se protegían o compensaban su condición con el llamado «celo del converso».

Origen histórico

Nace como consecuencia de la Reconquista, fundamentalmente a partir del momento en que los territorios ocupados por los reinos cristianos están densamente poblados (siglos XI, XII y XIII: primero los valles del Ebro y Tajo, y luego el del Guadalquivir y la zona de Levante).

A partir de la crisis del siglo XIV, a pesar de que se frena la reconquista, las tensiones sociales se acentúan, en perjuicio de la minoría judía: pogromos de 1391, que producen muchas conversiones forzadas, y la aparición de una minoría judeoconversa (designados despectivamente como marranos), que a su vez fue objeto de persecución, sobre todo desde la revuelta de Pedro Sarmiento en Toledo (1449); sin olvidar a los mudéjares (nombre que se da a los musulmanes en los reinos cristianos), protagonistas de grandes revueltas ya en el siglo XIII.

Utilización social

Frente a esos grupos de población, e incluso frente a los mozárabes (cristianos que se habían sometido al dominio musulmán en el siglo VIII), la población mayoritaria reivindica o imagina descender de los pobladores cristianos de los territorios del norte (franja cantábrica y pirenaica), libres de dominio musulmán y protagonistas de Reconquista y Repoblación, en ambos casos dotados de un elaborado componente ideológico justificativo, que justifica al mismo tiempo tanto el predominio cristiano sobre los otros segmentos poblacionales definidos tanto étnica como religiosamente, como el consenso social y la identificación de intereses entre la clase dominante (estamentos privilegiados de nobleza y clero) y la mayoría de la población (esencialmente el campesinado).

Más aún, pertenecer a una clase inferior no era demérito para la demostración de cristiano viejo, sino todo lo contrario, pues era lugar común acusar a cualquier persona enriquecida de serlo precisamente por los negocios y «granjerías» que en el imaginario social se asociaban a la minoría judía o conversa (el pecado de usura prohibía a cristianos, y también a musulmanes, el préstamo con interés, y el concepto de lucro se condenaba teológicamente).

En ese sentido Sancho Panza en Don Quijote de la Mancha dice:

"Yo no estoy preñado de nadie, ni soy hombre que me dejaría empreñar, del rey que fuese, y, aunque pobre, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores, y cada uno es hijo de sus obras; y debajo de ser hombre puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor, que le falte a quien dallas" [6]

Referencias

  1. Real Academia Española. «fama». Diccionario de la lengua española (23.ª edición).  "pública voz y fama: [utilízase] para dar a entender que algo se tiene corrientemente por cierto y verdadero en virtud de asegurarlo casi todos."
  2. Elvia Acosta Zamora: Informaciones de legitimidad, limpieza y buenas costumbres [1]
  3. «La condición de cristiano viejo debía ser acreditada con siete partidas de bautismo: las correspondientes al aspirante, sus padres y sus cuatro abuelos» (en este caso en la abogacía) online/55/55 006.htm (enlace roto disponible en Internet Archive; véase el historial, la primera versión y la última)..
  4. Kamen, 2011, p. 227.
  5. El texto completo accesible en:[2]
  6. Don Quijote, Primera parte, Capítulo XLVII Centro Virtual Cervantes.