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Diego Corrientes Mateos

Diego Corriente Mateos (Utrera, provincia de Sevilla, 20 de agosto de 1757-Sevilla, 30 de marzo de 1781) fue un bandolero español del siglo XVIII.[1]
Biografía
Diego Corrientes Mateos nació en Utrera el 20 de agosto de 1757 en una familia de campesinos.
Se echó al campo con 19 años, robando caballos que llevaba de contrabando a Portugal a través de una bien organizada ruta de postas y allí los vendía. Se convirtió en una leyenda popular debido a su generosidad con los más pobres. Le robaba a los ricos y repartía entre los pobres algo de lo robado, de manera que esto hacía que subiera la estima que de él tenían en los alrededores.
«Diego Corriente yo soy aquel que a nadie temía aquel que en Andalucía por los caminos andaba el que a los ricos robaba y a los pobres socorría», como rezaba la copla del famoso drama de José María Gutiérrez de Alba (1850).
Enemistad con el oidor Francisco de Bruna y Ahumada
Su implacable perseguidor, el juez Francisco de Bruna y Ahumada, le describió como «de dos varas de cuerpo, blanco, rubio, ojos pardos, grandes patillas de pelo, algo picado de viruelas y una señal de corte en el lado derecho de la nariz».
La fama de valiente y de generoso despertó una extensa oleada de admiración hacia el bandolero y esta popularidad hirió el orgullo de Francisco de Bruna, quien era caballero del Orden de Calatrava, del Consejo de su Majestad, Oidor Decano de la Real Audiencia, su Regente interino, Honorario del Supremo Consejo y Cámara de Castilla, Alcaide de los Rales Alcázares, y un largo etcétera de cargos que le proporcionaban una influencia suprema en Sevilla.
Existen diversos testimonios de un legendario encuentro entre el bandido y el juez en una tarde de abril de 1780, cuando Bruna regresaba a Sevilla en un coche de caballos y se topó con el bandido que, apuntándole con sus pistolas, le dijo: «No s'asuste usía. Diego Corriente roba a los ricos, socorre a los probes y no mata a naide. A usía lo han engañao si l'han dicho otra cosa. Lo que Diego jase, cuando llega er caso, es demostrarle ar Señó der Gran Poé qu'está en la Audencia, que él no teme más que ar Señó der Gran Poé que está en San Lorenzo». Y poniendo su pie sobre la portezuela del coche, obligó a Bruna a abotonarle el botín derecho.
Francisco de Bruna ordenó en 1780 su captura por «salteamiento de caminos, asociación con otros, uso de armas blancas y de fuego, y otros graves excesos, insultos a las Haciendas y cortijos y otros graves excesos por los cuales se ha constituido en la clase de Ladrón Famoso», condenándolo «a que sea arrastrado, ahorcado y hecho quartos», ofreciendo diez mil reales a quien lo entregara vivo o muerto.
Huida a Portugal, captura y ajusticiamiento
Ese mismo año Diego Corrientes huyó a Portugal para evitar el acoso constante de las autoridades. Allí fue apresado primeramente en Covilha, pero logró escapar tras negociar con los guardianes portugueses. Sin embargo, tras ser traicionado por una mujer celosa, fue capturado de nuevo en la entonces localidad portuguesa de Olivenza por el gobernador de Sevilla y una compañía portuguesa al mando del capitán Arias.
Poco tiempo después, el conde de Floridablanca intervino para hacer cumplir el tratado de extradición de 1778 acordado entre ambos países, consiguiendo que fuera trasladado a Sevilla. Allí fue juzgado y condenado a morir en la horca, a pesar de no haber cometido ningún delito de sangre, con tan solo 24 años de edad. Fue ajusticiado en la plaza de San Francisco el 30 de marzo, Viernes Santo, mientras las cofradías de la época hacían sus recorridos por la ciudad, rompiendo de esta manera con los más básicos principios religiosos y humanitarios, e incluso con la misma ley escrita. Con el ahorcamiento del joven bandolero se incumplió una antigua ley de la época de Alfonso X el Sabio, que aún se encuentra en vigor, por la que se prohibía ejecutar la pena de muerte en Viernes Santo.
Posteriormente, su cadáver fue descuartizado, y enviadas partes de su cuerpo a cada una de las provincias en las que había actuado. Su cabeza quedó en Sevilla para, días más tarde, recibir sepultura en la iglesia de San Roque, donde apareció a finales del siglo XX, durante unas operaciones de restauración del templo, con un garfio clavado en el cráneo, como se solía hacer con las cabezas de los ajusticiados.
Referencias
- ↑ Web Museo Bandolero. «Diego Corriente Mateos».