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Francisco de Berganza
Fray Francisco de Berganza y Arce, conocido como Padre Berganza (Santibáñez-Zarzaguda, Burgos, 10 de abril de 1663 - Madrid, 29 de abril de 1738) fue un religioso e historiador español y abad del monasterio benedictino de Cardeña.[1]
Biografía
En un principio se creyó que su nacimiento había tenido lugar en Gumiel de Izán hasta el encuentro de su partida de bautismo donde se aclaraba su procedencia de Santibáñez-Zarzaguda.[2]
Segundo hijo de los seis que tuvo el matrimonio formado por los hidalgos burgaleses Francisco de Berganza Martínez y Jacinta de Arce Tomás, cuyo abuelo paterno, Domingo de Berganza, fue administrador de las alcabalas y alcalde de hijosdalgo en las cancillerías de Granada y Valladolid, y su abuelo materno, escribano real y familiar de la Inquisición. Fue bautizado el 15 de abril de 1663 con el nombre de Matías, por el presbítero, tío de su madre, Jerónimo de Arce, y apadrinado por Domingo de Berganza y María de Arce.
Tomó el hábito benedictino en el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña el 5 de febrero de 1682 y profesó el 21 de marzo de 1683. Después de cursar los estudios eclesiásticos en los colegios de la Congregación de Valladolid, siguió la carrera del púlpito y fue predicador de los monasterios de San Benito de Valladolid (1693-1697), Santa María la Real de Nájera (1697-1701), Nuestra Señora la Antigua de Ávila (1701-1705), San Vicente de Salamanca (1705-1709) y San Martín de Madrid (1709-1713), siendo aquí y en Salamanca, al mismo tiempo, prior mayor. Fue desterrado por orden del Gobierno a su monasterio de Cardeña en 1711 “por haber hablado mal de los franceses” y mostrarse favorable a la dinastía austríaca, durante la Guerra de Sucesión. Asistió al capítulo general de 1713, donde le dieron exenciones de capitular y le aprobaron los doce años de predicación, y le otorgaron el título de predicador general de la Congregación. Y en el capítulo general de 1717 le concedieron doscientos ducados para la impresión de sus libros, aunque todavía en 1721 no los había percibido, porque los reclamó en dicho capítulo general y le fueron dados cinco mil reales. Fue también abad de su monasterio de Cardeña (1721-1725) y definidor general (1725-1729).
Tras más de veinticinco años de investigación archivística, publicó, en dos volúmenes, Antigüedades de España propugnadas en las noticias de sus Reyes y Condes de Castilla la Vieja, en la historia apologética de Rodrigo Díaz de Vivar, dicho el Cid Campeador y en la Corónica del Real Monasterio de San Pedro de Cardeña (Madrid, 1719 y 1721). En la primera parte, que dedicó a Joaquín de Guadalupe Ponce de León, duque de Arcos, refiere los orígenes de la Monarquía visigoda, la fundación del monasterio de Cardeña, la reconquista de España, trata de la judicatura y condado castellano con sus reyes sucesores, y de la figura y hechos del Cid, con abundantes noticias sobre la familia del héroe castellano. La segunda parte, que dedicó al abad general fray Benito Pañellas, contiene la apología de la reina doña Urraca, los sucesos de la historia de Castilla, la cronología de los abades de Cardeña y una memoria de los reyes y nobles sepultados en ese monasterio. Su historia llega hasta 1718. Este volumen segundo está provisto de un copioso apéndice documental, que incluye la historia del Silense y los cronicones de San Millán y Burgos, además de los Anales Compostelanos, el cronicón de Cardeña, la crónica de Alfonso VII, diversas oraciones y fórmulas litúrgicas para la administración de los sacramentos y otras cosas. El benedictino profesor de Salamanca, fray Manuel Navarro, en la aprobación del primer volumen, le elogia por sus estudios e investigaciones y por la sinceridad con que busca la verdad, mientras que el príncipe de los genealogistas españoles, Luis de Salazar y Castro, en el segundo volumen, le elogia por su erudición, su trabajo paciente y su honradez, y califica su obra de muy útil para el conocimiento de la historia de España.
Publicó también Ferreras convencido, con crítico desengaño en el tribunal de los doctos, con los chronicones corregidos que escribieron el rey don Alfonso III, dicho el Magno, Sampiro obispo de Astorga, Pelagio obispo de Oviedo, Isidoro obispo de Oviedo, Isidoro obispo Pacense, el anónimo Iriense [...] (Madrid, 1729), donde convence a Ferreras de algunos hechos históricos polémicos y lo hace con gran erudición, al tiempo que depura los errores gramaticales de los cronicones, cuyo texto crítico inserta íntegramente. A esta obra contestó Garci Ponce de la Cruz con otra titulada Berganza avergonzado. Desagravio de la vergüenza (Madrid, 1729).
Escribió además diversos sermones, algunos comentarios y respuestas a consultas, descollando entre todos su Dircurso canónico-monástico (1722), donde prueba la jurisdicción exenta del monasterio de Rezmondo, a raíz de una visita que el arzobispo de Burgos ordenó pasar a la iglesia de dicho monasterio. En sus escritos denuncia la presión de los seglares en favor de monjes particulares, que “desde un capítulo a otro llueven empeños de seglares sobre los supremos prelados, tan eficaces y poderosos que de muchos no se pueden evadir, con que las Religiones han llegado al estado de que los seglares tengan ya mucha mano en el gobierno de los monasterios, y que los cargos de literatura se repartan a su devoción, dexando a un lado a los que escogió Dios y adornó de prendas para que ilustrasen a la Religión y sirviesen a la Yglesia. De aquí tuvieron origen la multitud de plazas literarias y la multiplicación de exenciones”.
Aboga por la perpetuidad de los abades, aunque sabe que la mayor parte de los monjes son contrarios a ella, porque dice que así se cercenaría la ambición de los pretendientes, habría mejor doctrina, mayor conocimiento de los súbditos y éstos se mostrarían más sumisos y la administración iría mejor, al no cambiar tan frecuentemente de sistema. Asegura, además, que los abades temporales gastan la hacienda en regalos para obtener ascensos, y que los oficios no se reparten según la capacidad de los monjes, sino según la amistad o conveniencia.
Fue elegido abad general en el Capítulo General de Valladolid, el 17 de mayo de 1729, y bajo su presidencia el capítulo nombró a los padres Martín Sarmiento y Diego Mecolaeta para que ordenaran los archivos de los monasterios que lo necesitaran y pidieran.
Se estableció, asimismo, que en el colegio de San Juan Bautista de Poio (Pontevedra) hubiera dos cátedras más, una de Biblia y otra de Cánones; que en todos los colegios se dieran semanalmente dos lecciones de Teología moral, que los monasterios mandaran a Poio los libros repetidos, que el monasterio de San Pedro de Villanueva (Asturias) y otro a elección del general fueran casas de rigurosa observancia, y que se imprimiera el nuevo calendario litúrgico puesto al día. Acabado el capítulo, el 20 de julio de 1729, envió desde Cardeña, la carta circular llamada “carta acordada”, donde exhortaba a los superiores a la observancia de las reglas, constituciones y ceremonias, y del voto de clausura y la estabilidad, y en la que mandaba que se rezara el oficio divino con más pausa y para ello se nombrara un maestro de coro en cada monasterio. Manda a los abades asistir al coro, que los monjes no coman en sus celdas, que se dé a los huéspedes la misma comida que a la comunidad, para no escandalizar a los oyentes cuando los visitantes les contaran lo que les habían servido. Y asegura que no admitirá recomendaciones de seglares que no sean padres o hermanos de los monjes, y que éstos se moderen en escribir cartas, por el dispendio económico que suponen. Luego pasó por sí mismo, en compañía de su secretario fray Manuel de Contreras, la primera visita del cuatrienio a los monasterios.
Asimismo, durante su mandato obtuvo la declaración de la Inquisición de que la medalla y estampa de san Benito podían correr libremente en América, y de la Santa Congregación de Ritos logró que la Congregación pudiera conformarse en el rezo con el breviario casinense y que se incluyera en el Martirologio Romano la fiesta de los doscientos mártires de Cardeña.
Acabó su cargo de abad general en el capítulo general de 1733 y se retiró a San Martín de Madrid, donde murió repentinamente, dejando fama de amor a la pobreza, pues en su celda, dice el padre Feijoo, “nada tenía fuera de libros”. Verdaderamente fue hombre de gran talento y erudición, amante de la verdad y de la historia patria, magnánimo en todo, sin miras estrechas ni mezquinas pasiones, noble y desinteresado, que presentó sus impugnaciones, duras a veces, llenas de protestas, pero nutridas de argumentos fidedignos.
Obra
- Antigüedades de España propugnadas en las noticias de sus reyes, en la corónica del Real Monasterio de San Pedro de Cardeña, en historias, cronicones y otros instrumentos manuscritos que hasta ahora no han visto la luz pública, 2 vols. Madrid, Francisco del Hierro, 1719-1721.
- Ferreras convencido, Madrid, 1729. Obra en la que hace revisión de la historia de Juan Ferreras, tratando puntualmente y con gran erudición los hechos históricos controvertidos.
Referencias
- ↑ Dávila Jalón, 1964, p. 98.
- ↑ Dávila Jalón, 1964, p. 114.
Bibliografía
- Dávila Jalón, Valentín (1964). Espigando en la historia: Burgos y su provincia. Prensa Española.Digitalizado el 26 de mayo de 2011 por Universidad de California
Enlaces externos
- Francisco de Berganza y Arce por Ernesto Zaragoza Pascual en la Real Academia de la Historia.