Las medias de los flamencos

De Hispanopedia
Las medias de los flamencos
de Horacio Quiroga
Género Cuento infantil
Idioma Español
País Uruguay
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Las medias de los flamencos es un cuento del escritor uruguayo Horacio Quiroga, publicado por primera vez en Cuentos de la selva, en 1918.[1]

El cuento intenta promover valores como aceptarse a unos mismos tal y como somos, además de hacer comprender que las decisiones que tomamos pueden traer consecuencias tanto positivas como negativas.

Resumen

El cuento narra como las víboras de coral organizaron una fiesta, e invitaron a los sapos, los yacarés, los peces y los flamencos. Todos iban vestidos muy elegantes y hermosos a la fiesta, menos los flamencos que iban con su blanca y desnuda piel, que provocaba que les dijeran que estaban locos y que no existían ese tipo de colores de medias, por lo que parecían ridículos. Un tatú al escuchar sus problemas decidió hacerles una pequeña broma, y les dijo que su cuñada la lechuza podía conseguirles todas las medias que quisieran. Los flamencos muy agradecidos fueron a buscar a la lechuza.

La lechuza les dio unas hermosas medias, pero les advirtió que no podían dejar de moverse en la fiesta si no querían acabar de mala forma. Los flamencos un poco confundidos y embobados le hicieron caso, aunque no entendían porque les decían eso. Al llegar a la fiesta todos estaban asombrados al ver las hermosas medias de los flamencos, pero las víboras de coral desconfiaban un poco, así que decidieron ir a ver de que estaban hechas esas hermosas medias que llevaban puestas los flamencos. Pero como los flamencos no paraban de moverse, las víboras no podían ver de que material estaban hechas las medias, hasta que al final, de tanto bailar, uno de los flamencos cayó al suelo, y las víboras corrieron a verlo. Se encontraron con que las medias no estaban hechas de tela o lana sino de cueros de víboras de coral, por lo que creyeron que los flamencos habían matado a sus hermanas, y las atacaron.

Los flamencos corrieron al agua por el dolor que sentían en sus piernas. Sus patas quedaron coloradas y doloridas por el veneno de las víboras de coral, y desde entonces tienen que meterlas en el agua para calmar el ardor de las mordidas de las víboras.

Personajes

Principales

  • Los flamencos: protagonistas de la historia, como no eran permitidos ir al baile fueron a los almacenes en busca de medias coloradas, blancas y negras.
  • Las víboras: villanas del cuento, anfitrionas de la fiesta, que les dan su merecido a los flamencos por matar a sus hermanas y les dejan las patas coloradas por su veneno.
  • El tatú: personaje menor que se encuentra con los flamencos y les dice que la lechuza tiene las medias que pedían los flamencos.
  • La lechuza: cazaba víboras de coral y le entregó a los flamencos las medias coloradas, blancas y negras. Les dio una recomendación para que las víboras de coral se enamoren de los flamencos: bailar sin parar usando las medias.

Secundarios

  • Los vendedores: hombres que trabajan en los almacenes. Los flamencos les piden medias coloradas, blancas y negras, pero los echan por locos.
  • Ranas: durante la fiesta se pegaban escamas de pescado, y de lamparita tenían, una luciérnaga que se balanceaba.
  • Yacarés: al inicio del cuento se menciona que para adornarse bien llevaban en el pescuezo (cuello) un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos.
  • Peces: aparecen en dos ocasiones: primero aparecen al inicio aplaudiendo por las actuaciones, y luego al final, devorados por burlarse de los flamencos, que ya tenían las patas coloradas.

Texto completo

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Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegade escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgando como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tięnen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentina, los flamencos se morían de envidia.

Un flamenco dijo entonces:

—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.

—¡Tán-tán!— pegaron con las patas.

—¿Quién es?— respondió el almacenero.

—-Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

—No, no hay— contestó el almacenero.

—¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.

Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

—¡Tán - tán!— Tiene medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

—¡Cómo dice? Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos.—¿Quiénes son?

—Somos los flamencos— respondieron ellos.

Y el hombre dijo:

—Entonces son con seguridad flamencos locos.

Fueron entonces a otro almacén.

—¡Tán - tán!— Tiene medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero gritó:

—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.

Entonces un tatú que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:

—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:

—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponenos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

—-¡Con mucho gusto! — respondió la lechuza. — Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.

Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.

—Aquí están las medias— les dijo la lechuza. —No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bíen qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral como medias, metiendo las patas dentro de los cueros que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también, tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.

Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.

Efectivanmente, un minuto después un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.

—No son medias!— gritaron las víboras. —¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!

Al oir esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola ala. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaban las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro, sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de su traje de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido, eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y sienmpre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.

A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no piden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

Referencias

  1. Horacio Quiroga (1918). Cuentos de la selva (1ra. edición). Soc. Coop. Ltda., Buenos Aires. 

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