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Paisaje de la arquitectura colonial americana
El nuevo mundo
El descubrimiento de América constituyó para Europa la realización de la utopía de construir un nuevo mundo, un nuevo orden, acorde con los sueños y las ambiciones soterradas y perseguidas por los regímenes de reinos y señoríos del viejo mundo.[cita requerida] Tal vez la evidencia más concreta de la realización de esta quimera fue la fundación y construcción de la ciudad colonial española en América.
A diferencia de las ciudades europeas de la época, que eran la amalgama de diversos estilos y de paradigmas e ideales diferentes y muchas veces opuestos (el románico, el medioevo, el gótico, el renacimiento, el barroco), las ciudades hispanoamericanas respondieron a preceptos homogeneizadores y ordenadores que fueron compilados y reposan en las leyes de indias y que expresaban cánones y principios que pretendían instaurar una forma de vida y unos mecanismos ordenadores del espacio público y privado.
La fundación de las ciudades coloniales de América latina era en si una ceremonia que mezclaba ritos religiosos, protocolos militares, actos políticos y prácticas urbanísticas. El fundador, casi siempre investido de rango militar y de autoridad real, reclamaba en nombre de Dios y del Rey el derecho de dar vida a una nueva villa, consagrada a un santo o a una advocación de la religión católica, que podía depender del lugar de su natalicio, de rendir tributo al rey o una autoridad superior o que estaba relacionada con la fecha y el santoral. De esa consagración dependía el nombre del asentamiento que combinaba el apelativo religioso y un nombre local, el cual procedía de la tribu o cacique de la región o el nombre del paraje sobre el que se edificaría la nueva urbe. De ahí los nombre de Santa Fe de Bogotá, Santiago de Cali, Nueva Segovia de San Esteban de Caloto o Nuestra Señora de la Asunción de Popayán.
El fundador, acompañado siempre de una orden religiosa, que actuaba como veedora de los derechos divinos y reales, y con el apoyo de los militares de rango que hacían parte de la expedición, se daban a la tarea de trazar y distribuir los predios: Una cuadra central vacía, que se constituía en plaza de armas y en sus cuatro costados se asignaban predios a las instituciones representativas del orden y la jerarquía colonial. Una cuadra para la construcción de la iglesia y respectivo claustro, una para la instalación del cabildo o representación de la autoridad de la corona, una para el fundador de la ciudad y la restante, repartida en predios iguales, para los miembros más notables de la expedición. Luego y de acuerdo al rango de cada quien, se iban asignado predios cuyo valor o importancia dependía de la cercanía de estos con la plaza de armas.
Previamente el fundador y sus lugartenientes habían verificado que en un borde del lugar elegido para el emplazamiento hubiera un río de aguas limpias que brinda el precioso líquido a la nueva villa, que la traza se alineara a los puntos cardinales: de oriente a occidente las carreras, de sur a norte las calles. Requisitos que una vez cumplidos, auguraban prosperidad y felicidad al nuevo poblado.
La traza urbana de la ciudad colonial proviene del damero usado por el campamento militar romano y tiene como componentes fundamentales y básicos La Plaza, La Calle Y La Casa.
La plaza
La plaza como espacio común y ceremonial, magnífico y limpio; era la unidad generadora de la nueva ciudad, en su marco se asentaban los edificios representativos de los poderes divinos y humanos: la iglesia, el gobierno local y el poder del rey. De la plaza, manzana vacía dentro de la retícula urbana, se desprendía el trazado ortogonal que generaba la ciudad colonial.
En el caso específico de Popayán, la plaza fundacional tiene al costado sur la catedral, en el norte estuvo la casa del fundador Sebastián de Belalcazar, en el oriental el cabildo y en el occidente las casas de los notables. Esta plaza se conservó hasta 1906, cuando fue construido sobre ella un parque de influencia francesa, que lleva el nombre del mártir Francisco Jóse de Caldas.
La calle
La calle era el elemento conector entre la plaza fundacional y las demás manzanas o cuadras que se subdividían generando los predios donde se construían los inmuebles de carácter privado. La calle como tal era un elemento urbano público, limpio de cualquier adorno que no fuera las fachadas de cada edificación. Y así se mantiene hasta hoy.
El ancho de las calles dependía mucho del clima del territorio, pues a climas cálidos calles angostas y a climas fríos calles amplias, siempre buscando el control del sol y su incidencia sobre el clima de las construcciones.
Estas calles estaban conformadas por las construcciones, paramentadas y austeras: las CASAS COLONIALES.
No hay que olvidar que durante ocho siglos, los árabes ocuparon el sur de la península ibérica y legaron principios arquitectónicos y urbanos que fueron traídos a América por los colonizadores españoles. Dice el adagio popular que “la casa del moro, por fuera de barro, por dentro de oro”.
Y ese oro no era otra cosa que los patios, arborizados, verdes, amplios; que brindaban luz, aire y vista a los interiores sobrios y racionales de la arquitectura colonial. Los solares de las edificaciones de nuestros sectores históricos son el primer vestigio del paisajismo en la América latina.
Para el colonizador español, mezclado e influido por el moro, el verde, el agua y el disfrute de estos era vital para la nueva forma de construir y habitar que traía en sus sueños. Y tenía un territorio rico y espléndido para lograrlo: climas primaverales y cálidos, tierras fértiles y tierras exageradamente exuberantes en vegetación. La mayoría de los recién llegados provenían de la Extremadura española, una comarca árida, seca y pobre en vegetación, escasa en agua y víctima de un paisaje pedregoso y desértico. América debió ser para ellos algo parecido al mayor oasis que habían visto en su vida y lo más cercano al paraíso terrenal del que tanto hablaba su religión. Una idea de este paroxismo experimentado por los conquistadores en el nuevo mundo frente a la naturaleza exuberante, lo narra en su trilogía de novelas William Ospina, cuando nos describe los viajes alucinantes de estos cristianos por valles y cordilleras en busca del país de la canela y el descubrimiento del río Amazonas.
Ese paisaje, opulento y maravilloso, es el que traslada el constructor de la colonia a los patios y solares de las casas, con la pilas de agua, esa agua tan escasa de donde venía y tan abundante en el nuevo mundo. Ese paisaje que se mantenía en todo el año, gracias a la primavera eterna del trópico. En los centros históricos que aún se conservan, se lee fácilmente los patios y los centro de manzanas arborizados, esos pulmones verdes y aireados que permitían una vida plácida y fresca, aún en las tierras más cálidas del Caribe americano. Por esto, es banal tratar de aplicar criterios contemporáneos al urbanismo y a la arquitectura colonial, que de forma natural y espontánea lograron una perfecta armonía entre la construcción y la naturaleza, sin tener que recurrir a artificios decorativos, que muchas veces un mal llamado paisajismo trata de introducir. Ni la plaza ni la calle requerían o incluían vegetación, esta, toda, estaba en el interior, donde era útil, necesaria y pertinente.
La casa fue entonces el gran receptáculo del verde, la unidad de vegetación de la ciudad colonial, y en Popayán estos patios y claustros conformaron los centros de manzana que conservan arborización y jardines y que son fundamentales como elementos ambientales del centro histórico.
De la ciudad colonial a la ciudad jardín
Para fundación de las ciudades coloniales, las leyes de indias contemplaban entre muchas otras cosas, un emplazamiento adecuado, que para su selección recomendaba estar cerca de un río limpio y cristalino, orientada adecuadamente frente a los vientos y el sol, pues el principio básico era construir ciudades que buscaran la felicidad de sus habitantes, principio urbano hoy olvidado.
Por más de tres siglo así se construyó América latina. Pero los cambios llegaron y el mayor fue el reclamo de libertad e independencia de los pueblos de América, inspirado en los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa y fomentado por la enemistad histórica del Imperio Británico hacia el reino de España.
Obtenida la independencia, en nuevo orden se vio reflejado en la ciudad: La plaza, aquella que sirvió de embrión, pero que también simbolizaba la opresión y la barbarie, fue transformada por decisión política y convertida en “parque”, concepto francés que se asimiló a la libertad y a la república. Las plazas duras y limpias, fueron arborizadas siguiendo trazados y diseños afrancesados y se entronizaron en ellas las estatuas de los próceres de la independencia; de ahí los parques: el de Bolívar, el de Santander, el de Nariño, el de Caldas.
El siglo XX encuentra ciudades en crecimiento y recibe la influencia de esos otros patronos de la independencia que son Inglaterra y los Estados Unidos y su novedoso concepto de la ciudad jardín, creado por el oficinista ingles Ebenezer Howard (1850 - 1928), que migró a Norteamérica.
En términos elementales la ciudad americana transforma la casa colonial, introvertida y autónoma en paisaje, en una casa compacta, que echa fuera su patio y su verde y lo exhibe y traslada al exterior, a la calle: el patio ahora es jardín y se comparte. La calle ahora es avenida, bulevar, alameda. Una nueva ciudad nace y obviamente una nueva sociedad la habita. Aciertos y desaciertos se dan: los especialistas llegan, proponen, construyen, modifican, imponen. El urbanismo surge y el paisajismo se hace concepto: nada de esto es malo. La única hipótesis que se pretende defender, es que de la ciudad colonial, de su racionalismo espontáneo hay mucho que aprender, porque antes de convertirse en ciencia la forma de hacer ciudades, se edificó un nuevo mundo, único e irrepetible, donde se hizo realidad el sueño de un nuevo orden, del que debemos sentirnos orgullosos, pues es tan nuestro como la mezcla de sangre, la fe compartida y la lengua que hablamos.
Bibliografía
- Carlos Martínez. Reseña urbanística sobre la fundación de Santafé en el Nuevo Reino de Granada.Bogotá, Litografía Colombia, 1973.
- Carlos Martínez . Apuntes sobre el urbanismo en el Nuevo reino de Granada . Bogotá, Banco de la República , 1967.
- Carlos Martínez . Bogotá. Sinopsis sobre su evolución urbana 1536-1900. Bogotá, ESCALA, 1983.
- PÉRGOLIS, JUAN CARLOS, UNIVERSIDAD CATÓLICA DE COLOMBIA, UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA; “LA PLAZA EL CENTRO DE LA CIUDAD” . Editorial Stoa Libris Ediciones, 2002 . Primera Edición, Bogotá DC, Colombia.
- Terán, Fernando de (1989). Introducción a El Sueño de un orden. La ciudad hispanoamericana. En: "El sueño de un orden. La ciudad hispanoamericna". Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas. MOPU, Madrid.
- MONTILLA VEGA, Álvaro. Vivir entre las Tiendas, la transmigración Urbana en Bogotá, 1986. Trabajo de grado (Arquitecto). Universidad de Los Andes. Facultad de Arquitectura. Disponible en el catálogo de la Biblioteca de la Universidad de Los Andes.