Terremoto de Venezuela de 1812

De Hispanopedia
Terremoto de Venezuela de 1812
7,7–8,0 Mw (estimaciones modernas)[1] en potencia de Magnitud de Momento (MW)

Terremoto de 1812, óleo de Tito Salas.
Parámetros
Fecha y hora 26 de marzo de 1812
Tipo Terremoto tectónico de subducción
Profundidad Desconocida
Consecuencias
Zonas afectadas Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida, El Tocuyo, San Carlos y otras localidades de la Capitanía General de Venezuela
Víctimas Entre 10 000 y 20 000 muertos (estimaciones)[2]
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El Terremoto de Venezuela de 1812 fue un devastador movimiento sísmico ocurrido el 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, que asoló gran parte de la Capitanía General de Venezuela.

El fenómeno afectó especialmente a las ciudades de Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras poblaciones del centro y occidente venezolano, causando la destrucción de numerosos edificios civiles y religiosos y la muerte de varios miles de personas. A la devastación inicial se añadieron nuevas pérdidas provocadas por una fuerte réplica ocurrida el 4 de abril, así como por los incendios, la falta de víveres y las enfermedades que siguieron al desastre.

El terremoto tuvo una profunda repercusión en la sociedad venezolana de la época y desempeñó un papel relevante en el desarrollo de la Guerra de Independencia de Venezuela, ya que fue interpretado por diversos sectores como una señal providencial en medio del conflicto tanto entre realistas, como independentistas.

Desarrollo del sismo

El terremoto se produjo el 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, aproximadamente a las 16:05 horas. El movimiento principal, que según los testimonios contemporáneos duró alrededor de medio minuto, provocó el derrumbe de numerosos edificios y dejó miles de víctimas sepultadas bajo los escombros.[3] Escenas semejantes se repitieron en diversas ciudades de la Capitanía General de Venezuela, especialmente en Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe y Mérida.[4]

En La Guaira, uno de los lugares más afectados, quedaron en pie muy pocas construcciones. Entre las excepciones citadas por las fuentes se encontraban la Casa de la Aduana y algunos tramos de las fortificaciones costeras.[3] El fenómeno sísmico pareció formar parte de un episodio regional más amplio, pues horas antes se habían registrado temblores en Santa Cruz de Mompox y, al día siguiente, en la isla de San Vicente, donde el volcán La Soufrière entró en erupción.[5]

La población reaccionó con una mezcla de temor, desconcierto y fervor religioso. Mientras numerosos vecinos trataban de rescatar a familiares y amigos atrapados bajo los escombros, otros se congregaban en plazas y espacios abiertos para rezar y pedir clemencia divina.[6] Diversos cronistas describieron procesiones penitenciales en las que hombres y mujeres abandonaban sus vestimentas habituales y recorrían las calles descalzos, portando cruces o reliquias religiosas, convencidos de que la catástrofe constituía un castigo providencial.[7]

La situación se agravó por las continuas réplicas que siguieron al terremoto principal.[8] Durante la noche del 26 de marzo se registraron varios movimientos sísmicos de intensidad considerable, aumentando el pánico entre los supervivientes y dificultando las labores de rescate.[9]

Las autoridades de la Primera República se reunieron de emergencia en la plaza situada frente a la Catedral de Santa Ana, desde donde decretaron medidas de emergencia para atender a los damnificados y mantener el orden público. Ese mismo día, el gobierno republicano declaró la ley marcial con el propósito de prevenir desórdenes y saqueos. Asimismo, ordenó la rápida eliminación de los cadáveres acumulados entre los escombros, ante el temor de que su descomposición provocara epidemias, de acuerdo con las creencias sanitarias predominantes de la época basadas en la teoría miasmática.[10]

Sin embargo, la magnitud de la catástrofe debilitó gravemente a la Primera República, cuyas dificultades militares y económicas se vieron agravadas por la destrucción causada por el terremoto. Los sectores realistas aprovecharon el desastre para presentar la independencia como una causa contraria a la voluntad divina, argumento que encontró eco entre parte de la población profundamente afectada por los acontecimientos..[11]

El clima de angustia colectiva tuvo también consecuencias sociales inmediatas. Según algunos testimonios, numerosas parejas que convivían sin matrimonio regularizaron su situación en los días posteriores al desastre, mientras que muchos padres reconocieron oficialmente a hijos nacidos fuera del matrimonio y varias familias acogieron a parientes anteriormente desatendidos.[12] Al mismo tiempo, numerosos habitantes abandonaron las ciudades devastadas para buscar refugio en haciendas, pueblos cercanos o zonas montañosas.[13]

El Mayor General John Studholme Hodgson, gobernador británico de Curazao, informó que las fortificaciones y almacenes de La Guaira habían sufrido graves daños. En una carta enviada pocos días después del terremoto relató que, al aproximarse al puerto, las autoridades locales le solicitaron que evitara efectuar salvas de artillería para no incrementar la alarma de la población. Hodgson también señalaba la presencia de grupos de soldados y esclavos que vagaban por la ciudad sin participar en las tareas de socorro, mientras las autoridades carecían de medios suficientes para imponer el orden.[nota 1]

Desde San Felipe, el comandante José Mires describió una devastación casi total de la localidad, con edificios reducidos a escombros, deslizamientos de terreno y otros fenómenos que los contemporáneos interpretaron como manifestaciones extraordinarias de la naturaleza.[14] En contraste, Puerto Cabello experimentó daños relativamente limitados en comparación con otras ciudades de la región.[nota 2]

Epicentro

Zonas más afectadas durante el terremoto de Venezuela en 1812.

Los primeros estudios científicos del evento fueron realizados por Melchor Centeno Grau en su libro Estudios Sismológicos (1940), quien planteó que el fenómeno fue tectónico y tuvo un carácter multifocal. Basado en los registros de los daños, creía que un epicentro estuvo en el Mar Caribe, entre el Archipiélago de Los Roques y la costa de La Guaira, y fue el que causó los daños en la capital y su puerto; otro entre San Felipe, Barquisimeto y El Tocuyo; y un tercero al sur del Lago de Maracaibo, en la Cordillera de los Andes, causante de la destrucción de Mérida.[15]

Günther Fiedler en su obra Áreas afectadas por terremotos en Venezuela de 1961, continúa la tesis de los tres focos y basándose en esta crea mapas que indican la intensidad de los temblores según la escala de Mercalli (aunque no explica cómo hizo los cálculos): la costa central al norte de Caracas tuvo una intensidad de IX a X y una magnitud de 6,3 en la escala de Richter; entre San Felipe y Barquisimeto una intensidad de X y una magnitud de 6,2; y, finalmente, al suroeste de Mérida, una intensidad de X y una magnitud de 7.[16] J. Grases en su reporte Investigaciones sobre sismos destructores que han afectado el centro y occidente de Venezuela (1980) recoge el estudio anterior, pero rebaja la intensidad en un grado en cada ubicación.[17]

Cluff y Hansen en su Seismicity and Seismic Geology of Northwestern Venezuela (1969) proponen otra teoría: sólo hubo un epicentro, cerca de Mérida, en el mismo lugar que Fiedler propuso su epicentro andino. Le asignan una intensidad de XI, y aseguran que fue el mayor terremoto de la historia venezolana, con una magnitud de 8. La ruptura superficial abarcó 350 km entre Mérida y San Felipe, aunque pudo llegar a Caracas, siguiendo la falla de Boconó, lo que pudo provocar un movimiento submarino que llevó a la destrucción de la capital.[17]

Rogelio Altez en el artículo Cronometrización extemporánea. Los Sismos del 26 de Marzo de 1812 en Caracas y Mérida (1998) propone que hubo dos terremotos: uno en Caracas a las 16:00 horas y otro en Mérida a las 17:00. Para esto se basa en los testimonios de la época, donde se afirma que las misas se estaban acabando en Mérida cuando ocurrió el evento y el obispo se retiraba caminando a su palacio desde la cercana catedral de San Francisco. Por entonces, las mismas eran a las 17:00 y los clérigos calculaban la hora basándose en la posición del sol. Al ser Jueves Santo sólo se podía celebrar una misa y esta no podía ser hasta después de las 16:00, y los registros indican que en Caracas las misas recién comenzaban para cuando ocurrió el temblor.[18] Esto también coincide con el hecho que en los Andes sólo Mérida fue dañada. Además, explica que muchos de los daños causados en San Felipe fueron fruto del desborde del río Yurubí, sucedido días más tarde, que Barquisimeto sufrió daños, pero no fue destruida, porque a la jornada siguiente fue tomada por Monteverde, y que los pueblos entre Barquisimeto y Mérida no reportaron destrucción de consideración.[19]

Por último, Laffaille y Rengifo sostienen que la destrucción de Mérida no fue tan grave como se llegó a creer, basados en testimonios de la época y los eventos sucedidos después,[20] con una intensidad de VII a VIII.[21] También que el epicentro debió estar al este de la villa[22] y no debió alcanzar una magnitud de 7 grados,[23] sino de apenas 5,4.[24]

Consecuencias

El hecho que ocurriera un Jueves Santo y que ciudades republicanas como Caracas, La Guaira, Mérida, El Tocuyo, San Felipe,[25] Maiquetía, Antímano, Chacao, Baruta y La Vega acaban destruidas,[26] que Barquisimeto, La Victoria y Valencia fueron afectadas en menor medida,[27].

En cambio, urbes monárquicas como Coro, Siquisique, La Vela, Carora, Maracaibo y Angostura salieron relativamente indemnes[25], sirvió como argumento a frailes y sacerdotes realistas para predicar que había sido un «castigo del cielo».[26] También señalaron que sucedía en el segundo aniversario de la deposición de Vicente Emparan, lo que convenció a muchos de ponerse en contra de los republicanos.[28]

Militarmente, el terremoto cambió completamente la dinámica de la guerra en Venezuela, lo que había sido un conflicto de baja intensidad (excepto la breve Campaña de Valencia) escaló por aquel hecho tan brutal como inesperado.[29] Con muchas unidades ya destruidas, otras empezaron a cambiar de bando y muchos pueblos mandaron voluntarios para que se unieran al capitán Domingo de Monteverde en su campaña de reconquista:[30] «y sus pueblos adyacentes quele llamaban á que entrasé á ocuparlos y restablecer en ellos la obediencia que siempre habían conservado en sus corazones al señor D. Fernando Séptimo [sic]».[nota 3]

La más alta jerarquía católica, como el Arzobispo Narciso Coll y Prat, insistiría en el castigo divino cuando las tropas españolas retomaran la ciudad de Caracas el 29 de julio.[30] Desde un primer momento, Monteverde se dio cuenta de que el desastre jugaba a su favor: «y a esto se agrega el asombro que ha causado á todos los vecinos las grandes desgracias que el terremoto del 26 ha causado en los pueblos que se manifiestan en la adjunta relacion. No dudo que la conquista de Venezuela sea hecha por el egército Coriano» [sic].[nota 4] El capitán monárquico pudo continuar su ofensiva y reclutar constantemente a locales mientras los ánimos entre los republicanos decaían.[28] En palabras de Hodgson:

En resumen, este es un golpe mortal para Miranda y sus secuaces, si los partidarios de Fernando VII no pierden tiempo en aprovecharse de la impresión producida en el ánimo del populacho por este calamitoso suceso, ocurrido el jueves santo, solemne día de fiesta, mientras todos estaban en la iglesia, lo cual le dio tales proporciones que en realidad fue horrible, e inspiró la creencia general de que se trata de un juicio del Todopoderoso que reprueba la deslealtad al soberano.[33]

Por la celebración religiosa, ese día muchas unidades estaban formadas en trajes de gala a las entradas de los templos o en sus cuarteles, en Barquisimeto gran parte de la unidad que iba a enfrentar a Monteverde acabó sepultada[34] y el coronel Diego Jalón fue herido.[35] El batallón Caracas, una unidad de línea, murió asfixiado o aplastado al derrumbarse su cuartel.[30]

Por aquel entonces, las arcas republicanas estaban agotadas. De los dos o tres millones de pesos que saquearon los revolucionarios de 1810 en Caracas, y otros trescientos mil de la tesorería de La Guaira, no quedaba casi nada, ya que mucho había sido robado para si mismos por los propios oficiales y soldados del bando independentista, y lo poco que quedó se había malgastado tratando de preparar la infructuosa Campaña de Coro. Al no poder sostener el esfuerzo bélico, en agosto las autoridades republicanas autorizaron la emisión descontrolada de papel moneda, llevando a una espiral inflacionaria que arruinó la economía.[36]

Víctimas

El historiador Francisco Javier Yanes dijo que el total de muertos fue de quince millares.[37] Sin embargo, las fuentes no se ponen de acuerdo.

Los viajeros franceses H. Poudenx y F. M. Mayer escriben sobre Caracas en los años 1811 a 1814, donde estimaron el número de fallecidos en veinte mil en todo el país[38], destacando la capital con ocho mil ,y La Guaira con dos mil quinientas.[39]

El capitán Thomas Forrest de la fragata inglesa HMS Cyane, indica que toda la mitad de Caracas se derrumbó, matando diez mil personas, y La Guaira, y todos los pueblos costeros hasta Puerto Cabello acabaron en el suelo; en total quince a veinte millares.[nota 5]

El político Antonio Muñoz Tébar[nota 6] afirmaba que en Caracas casi todos los templos se redujeron a escombros, dos tercios de las casas también y de las que seguían en pie todas estaban agrietadas, y que se perdieron 6000 a 7000 vidas. También que en La Guaira de las ochenta casas que habían solo quedaron dos en pie y murieron 4000 personas, en San Felipe más de la mitad de sus 7500 pobladores encontraron su fin, y en Mérida fallecieron muchos vecinos.[42] Hodgson estima el total de muertos en quince a veinte mil en la capital y su puerto.[33]

En Mérida inicialmente se creyó que padecieron 1500 personas, incluyendo su cuarto obispo, Santiago Hernández Milanés,[nota 7] pero muchas bajas de la guerra se confundieron con las del terremoto, incluso hubo rumores de hasta 5000 muertos, más que la población total de la ciudad en esa época; estimaciones modernas reducen el número a 800 víctimas.[44]

Las estimaciones totales más alcistas hablan de 26 000 muertos distribuidos por Caracas (10 000), La Guaira (3000), Mérida (5000), Barquisimeto (4000-5000) y San Felipe (3000). Muchos de los cadáveres estaban tan putrefactos al momento de ser rescatados de entre las ruinas que debieron quemarse en montones.[45]

Véase también

Notas

  1. Carta de John Studholme Hodgson a Fernando Miyares, Curazao, 31 de marzo de 1812.
  2. Carta de Joseph Félix Roscio a Narciso Coll y Prat, Puerto Cabello, 30 de marzo de 1812.
  3. Informe del ayuntamiento de Caracas, 3 de octubre de 1812, Caracas.[31]
  4. Carta de Domingo de Monteverde a José Ceballos, 29 de marzo de 1812, Carora.[32]
  5. Carta de Thomas Forrest al almirante James Stirling, 30 de marzo de 1812, Curazao.[40]
  6. Carta de Antonio Muñoz Tébar al arzobispo Narciso Coll y Prat, 4 de abril de 1812, Valencia.[41]
  7. Carta de Antonio Muñoz Tébar a Francisco de Miranda, 7 de abril de 1812, Valencia.[43]
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Referencias

  1. 3,0 3,1
  2. Laffaille, 2003, p. 111-112.
  3. Laffaille, 2003, p. 112-113.
  4. 17,0 17,1 Laffaille, 2003, p. 113.
  5. Laffaille, 2003, p. 113-114.
  6. Laffaille, 2003, p. 114.
  7. Laffaille, 2003, p. 116.
  8. Laffaille, 2003, p. 119.
  9. Laffaille, 2003, p. 117.
  10. Laffaille, 2003, p. 118.
  11. Laffaille, 2003, p. 121.
  12. 25,0 25,1 Laffaille, 2003, p. 108.
  13. 26,0 26,1 Laffaille, 2003, p. 110.
  14. Lecuna, 1950, p. xviii.
  15. 28,0 28,1 Poudenx, 1963, p. 46.
  16. Thibaud, 2003, p. 63.
  17. 30,0 30,1 30,2 Thibaud, 2003, p. 64.
  18. Thibaud, 2003, p. 147 (nota 64).
  19. De Urquinaona y Pardo, 1820, p. 70.
  20. 33,0 33,1 Parra Pérez, 1992, p. 426 (nota 39).
  21. Laffaille, 2003, p. 108-109.
  22. Parra Pérez, 1992, p. 426.
  23. Altez, 2006, p. 17.
  24. Yanes, 1943, p. 27.
  25. Mémoire pour servir à l'Histoire de la Révolution de la Capitainerie Générale de Caracas depuis l'abdication de Charles IV , jusqu'au mois d'Août 1814 (1815)
  26. Poudenx, 1963, p. 45.
  27. Parra Pérez, 1963, p. 426.
  28. De Urquinaona y Pardo, 1820, p. 70-72.
  29. De Urquinaona y Pardo, 1820, p. 70-71.
  30. Rojas, 1884, p. 516.
  31. Laffaille, 2003, p. 111.
  32. Mena Moreno, 1969, p. 184.

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Bibliografía