Acorazado

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El Acorazado Pelayo (1888) precursor de los acorazados modernos

Un Acorazado es un buque de guerra de gran tonelaje, fuertemente blindado y artillado con una batería principal compuesta por cañones de gran calibre. Los acorazados son más grandes y están mejor armados y blindados que los cruceros y los destructores. Fueron los barcos de guerra más grandes de las flotas, representantes de la cúspide del poder naval de una nación, entre 1875 y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Su finalidad era lograr la supremacía marítima, pero con la potenciación del poder aéreo y el desarrollo de misiles guiados sus grandes cañones dejaron de ser determinantes para la superioridad naval y los acorazados cayeron en desuso.

El diseño de los acorazados evolucionó para estar siempre en vanguardia con la incorporación y la adaptación de los avances tecnológicos. El término «acorazado» comenzó a usarse en la década de 1880 para definir un tipo de buque de guerra blindado con placas metálicas, los ironclad,[1] que hoy son conocidos por los historiadores navales como acorazados pre-dreadnought. En 1906 la botadura del acorazado británico HMS Dreadnought inició una revolución en el diseño de este tipo de buques, y los acorazados inspirados por este barco comenzaron a llamarse dreadnoughts.

Los acorazados fueron un símbolo de dominio naval y de sentimiento nacional, y durante décadas también un factor importante tanto en la diplomacia como en la estrategia militar.[2] A fines del siglo XIX y principios del XX tuvo lugar una carrera de armamento naval con la construcción de acorazados, que acabaría siendo una de las causas de la Primera Guerra Mundial. En el transcurso de este conflicto la Batalla de Jutlandia supuso el mayor choque de flotas de batalla compuestas por acorazados. Los tratados navales de las décadas de 1920 y 1930 limitaron el número de acorazados, pero no acabaron con la evolución en su diseño. Los poderes del Eje y los Aliados desplegaron tanto acorazados antiguos como de reciente construcción durante la Segunda Guerra Mundial.

La valía de los acorazados ha sido cuestionada, incluso en su período de apogeo.[3] A pesar de los inmensos recursos empleados en la creación de acorazados y de su enorme potencia de fuego y blindaje, hubo muy pocos enfrentamientos entre ellos y demostraron ser cada vez más vulnerables a naves y armas más pequeñas y baratas: primero los torpedos y las minas marinas, y después los aviones y misiles guiados.[4] La creciente distancia de los enfrentamientos navales llevó a que los portaaviones remplazaran a los acorazados como buques principales de combate durante la Segunda Guerra Mundial, y el último acorazado, el británico HMS Vanguard, fue botado en 1944. La armada de los Estados Unidos mantuvo en servicio varios acorazados durante la Guerra Fría para funciones de soporte artillero y los últimos de estos, el USS Wisconsin y el USS Missouri,[5] fueron dados de baja en 1991 y 1992, respectivamente.[6][7]

Historia

El Acorazado Pelayo en Génova en 1892

El Acorazado Pelayo, que se considera como el precursor de los modernos acorazados, fue botado el 5 de febrero de 1887 en los astilleros franceses de La Seyne-sur-Mer. [8][9] Entre otros avances tecnológicos, contaba con baterías montadas en barbetas abiertas sobre plataformas giratorias blindadas, a diferencia de las tradicionales pesadas torres de artillería cerradas.

Otra importante novedad fue la incorporación al navío de una estación de telegrafía sin hilos, siendo la primera unidad de la armada que utilizaron este sistema, en aquel entonces revolucionario. A pesar de su superioridad técnica el Pelayo apenas pudo combatir en ningún combate naval. Durante la Guerra hispano-estadounidense, cuando se dirigía a auxiliar a la flota española en Filipinas, fue retenido durante un largo periodo de tiempo en Suez por las autoridades egipcias obedeciendo a presiones británicas, y cuando finalmente pudo regresar a la Península el curso de la guerra ya estaba decidido.

Años más tarde, el término «acorazado» fue oficialmente adoptado por la Armada británica en su reclasificación de 1892. En esa década el diseño de acorazados iba adquiriendo características similares a las que había dictado el diseño del acorazado Pelayo. Eran buques sin velas, fuertemente blindados y con baterías heterogéneas de cañones en torretas. La clase típica desplazaba entre 15 000 y 17 000 toneladas, alcanzaba una velocidad de 16 nudos (30 km/h) y portaba un armamento principal de cuatro cañones de 305 mm en dos torretas, una a proa y otra a popa, y una batería secundaria de diversos calibres dispuesta hacia el centro del buque, en torno a la superestructura.[1]

Los cañones de 305 mm de disparo lento fueron las armas principales para el combate acorazado contra acorazado. Las baterías secundaria e intermedia tenían dos roles. Contra grandes buques se empleaba una lluvia de fuego de las rápidas armas secundarias para infligir daños a las superestructuras y distraer a los artilleros enemigos, algo útil contra barcos más pequeños como los cruceros. Los cañones más pequeños, de menos de 5,5 kg, estaban reservados para proteger al acorazado de la amenaza de ataques con torpedos por parte de destructores y buques torpederos.[10]

El Acorazado USS Texas, construido en 1892, fue el primer acorazado de la armada de los Estados Unidos.

Los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX asistieron a una escalada en la construcción de acorazados. En Alemania, las reformas impulsadas por Alfred von Tirpitz en 1890 y 1898 autorizaron una flota de treinta y ocho acorazados, una amenaza muy seria para el equilibrio de poder naval británico.[2] Aunque el Reino Unido respondió con más acorazados, la supremacía británica se había debilitado considerablemente.

En esa época continuaron las innovaciones técnicas y mejoraron las torretas, las planchas de blindaje y las máquinas de vapor, además de la introducción de tubos lanzatorpedos. Algunos diseños experimentaron con baterías intermedias enteramente compuestas por cañones de 203 mm superpuestas a la principal de 305 mm. Los resultados fueron muy pobres, pues los efectos del retroceso y las explosiones de las armas primarias dejaban inutilizables las baterías de 203 mm, a lo que se sumaba la incapacidad de emplear el armamento primario y secundario contra diferentes objetivos, algo que provocaba serias limitaciones tácticas. El ahorro de peso conseguido con estos diseños, razón clave para su implementación, no compensaba la dificultad de su puesta en práctica.[11]

En 1906 la Real Armada Británica botó el HMS Dreadnought. Este buque aventajó a todos los acorazados existentes al combinar una batería uniforme de diez cañones de 305 mm con un poderoso blindaje de protección y una velocidad sin precedentes, lo que obligó a las armadas de todo el mundo a evaluar de nuevo sus programas de construcción de acorazados.

El Satsuma japonés, cuyo diseño preliminar contemplaba una batería homogénea de cañones de 305 mm.

Aunque la Armada Imperial Japonesa había botado ya en 1904 un acorazado con una batería principal de poderosos cañones, el Satsuma, y este concepto de dotar a los buques con numerosos cañones de gran potencia se llevaba barajando varios años, todavía no se había puesto a prueba en combate. Los nuevos acorazados espolearon una nueva carrera de armamento naval en todo el mundo y especialmente entre el Reino Unido y Alemania porque esta nueva clase de buques se convirtió en un elemento decisivo de poder militar.[12]

Primera Guerra Mundial

Acorazados de la Flota de Alta Mar alemana en 1917.

La intervención de acorazados durante la Primera Guerra Mundial fue marginal, ya que los grandes combates de la conflagración global, en Francia y Rusia, fueron terrestres, y la llamada campaña del Atlántico fue una lucha desigual entre los submarinos U-boot alemanes y los barcos mercantes británicos.[13]

Gracias a factores geográficos, la Armada británica pudo mantener bloqueada en el Mar del Norte a la ya entonces poderosa Flota de Alta Mar alemana, pues los estrechos y canales que daban salida al Atlántico estaban cerrados por fuerzas británicas.[14] Ante la superioridad numérica de los acorazados británicos, la estrategia alemana fue intentar provocar combates favorables a su situación, como obligar a combatir en solitario a la Gran Flota o atraer a los británicos a las costas alemanas, donde los campos de minas, buques torpederos y submarinos germanos podrían equilibrar la balanza.[15]

La Gran Flota británica en 1914.

En los dos primeros años de la I Guerra Mundial tan solo se produjeron pequeñas escaramuzas entre cruceros de batallas, las batallas de la Bahía Heligoland (1914) y del Banco Dogger (1915), así como algunos ataques alemanes a las costas británicas. Sin embargo, el 31 de mayo de 1916 un nuevo intento alemán de atraer algunas unidades de la armada británica acabó en un gran choque entre ambas flotas en la Batalla de Jutlandia.[16] A pesar de que tras varias horas de combate los británicos habían perdido más barcos y hombres, la flota alemana tuvo que retirarse ante la evidente superioridad numérica de su contendiente.[17]

En el resto de teatros de batalla no hubo grandes combates decisivos, pues en el Mar Negro la pugna entre los acorazados rusos y turcos no pasó de escaramuzas. En el Mar Báltico las acciones se limitaron a los ataques a convoyes mercantes y la colocación de campos de minas, y el único combate significativo entre escuadrones de acorazados fue la batalla del estrecho de Muhu, en la que los rusos perdieron un acorazado. El Mar Adriático fue en cierto sentido un espejo del mar del Norte: la flota austrohúngara de acorazados permaneció embotellada por el bloqueo franco-británico. Por último, en el Mediterráneo la acción más destacada realizada por acorazados fue el asalto anfibio a Galípoli.[18]

Hundimiento del SMS Szent István el 10 de junio de 1918 tras ser torpedeado por una lancha torpedera italiana.

Esta guerra puso de manifiesto la vulnerabilidad de los acorazados ante unidades más baratas. En septiembre de 1914 la amenaza potencial a los grandes buques que representaban los submarinos alemanes fue confirmada por los exitosos ataques a los cruceros británicos, caso del hundimiento de tres cruceros acorazados británicos por parte del submarino U-9 en menos de una hora. Las minas marinas también probaron su peligro un mes después, cuando el nuevo acorazado británico Audacious chocó contra una y se hundió. Para fines de octubre los británicos habían cambiado sus estrategias y tácticas en el mar del Norte con la intención de reducir el riesgo de ataques de U-boot.[19] El plan alemán en la Batalla de Jutlandia se basó en parte en los ataques de submarinos a las unidades británicas, y el repliegue germano ante la mayor potencia de fuego del enemigo resultó exitoso gracias a que los cruceros y destructores se aproximaron a los acorazados británicos y les obligaron a alejarse para evitar los torpedos.[20] El peligro de los ataques de submarinos a los acorazados y las bajas sufridas en los cruceros aumentaron la preocupación en la Real Armada británica por la vulnerabilidad de los acorazados.

Por su parte, la Flota de Alta Mar alemana decidió no emprender acciones ofensivas contra los británicos sin la asistencia de submarinos, y una vez que estos fueron requeridos para aumentar los ataques al comercio, la flota hubo de permanecer en puerto todo lo que restaba de guerra.[21] En otros escenarios también se demostró la efectividad de unidades menores en el daño o destrucción de acorazados: el SMS Szent István de la armada austrohúngara fue hundido por lanchas torpederas italianas en junio de 1918 y su buque gemelo, el SMS Viribus Unitis, fue hundido por buzos. Los buques capitales aliados que se perdieron en Galípoli fueron hundidos por minas y torpedos, mientras que el pre-dreadnought turco Messudieh fue capturado en el estrecho de los Dardanelos por un submarino británico.[22]

Período de entreguerras

Alemania no tuvo acorazados durante muchos años. El armisticio con Alemania firmado tras el fin de la Primera Guerra Mundial requería que toda su Flota de Alta Mar fuera desarmada e internada en un puerto neutral. Ante la dificultad de encontrar tal puerto neutral, los barcos pasaron a la custodia británica y fueron llevados al fondeadero de Scapa Flow, en las islas Orcadas. Aunque el Tratado de Versalles estipulaba que los buques debían ser entregados a los británicos, la mayor parte de ellos fueron echados a pique en Scapa Flow por sus propios tripulantes el día 21 de junio de 1919, poco antes de que Alemania firmara el tratado de paz. El tratado también limitaba el tamaño de la armada germana y le impedía la construcción o posesión de cualquier gran buque de guerra.[23]

Dibujo del acorazado británico HMS Nelson, puesto en servicio en 1927.

En el período de entreguerras los acorazados estuvieron sujetos a estrictas limitaciones internacionales destinadas a evitar otra costosa carrera de armamento.[24] Aunque los vencedores de la guerra no estaban limitados por ningún tratado, la mayor parte de las grandes potencias marítimas permanecieron paralizadas tras la conflagración. Ante la perspectiva de una carrera de armamentos navales contra el Reino Unido y Japón, que además habría llevado a una posible guerra en el océano Pacífico, los Estados Unidos estaban dispuestos a concluir el Tratado Naval de Washington de 1922. Este tratado limitaba el número y tamaño de los acorazados que podían poseer las grandes naciones y requería al Reino Unido aceptar la paridad con los EE. UU. y abandonar su alianza con Japón.[25] Al tratado de Washington siguieron otros tratados navales, como la Primera Conferencia Naval de Ginebra (1927), el Primer Tratado Naval de Londres (1930), la Segunda Conferencia Naval de Ginebra (1932) y finalmente el Segundo Tratado Naval de Londres (1936), todos destinados a establecer límites al tamaño de los buques capitales. Estos acuerdos quedaron efectivamente obsoletos el 1 de septiembre de 1939 con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero la clasificación de buques que habían acordado permaneció vigente.[26]

Los tratados también inhibían el desarrollo limitando el desplazamiento máximo de los buques, por lo que proyectos como los acorazados clase N3 británicos, el primero de la clase South Dakota estadounidense y de la clase Kii japonesa (todos los cuales tendían a ser más grandes, mejor armados y blindados) nunca pasaron de la mesa de dibujo. Los buques que fueron botados durante este período fueron conocidos como «acorazados del tratado». Los límites impuestos por los tratados llevaron a que se botaran menos acorazados en las dos décadas que transcurrieron desde una guerra a otra (1919-1939) que desde 1905 a 1914.[27]

Ascenso del poder aéreo

Ya en 1914 el almirante británico Percy Scott predijo que los acorazados perderían toda su relevancia por culpa de la aviación militar.[28] A fines de la Primera Guerra Mundial los aviones habían adoptado satisfactoriamente el torpedo como arma,[29] y en 1921 el general italiano y teórico del aire Giulio Douhet completó un influyente tratado sobre bombardeo estratégico titulado El comando del Aire, en el que preveía el dominio del poder aéreo sobre las unidades navales.

Las pruebas de bombardeo que hundieron el SMS Ostfriesland (1909) en septiembre de 1921.

En los años 1920 el general Billy Mitchell, del Cuerpo Aéreo del Ejército de los Estados Unidos, creyendo que las fuerzas aéreas habían dejado obsoletas todas las armadas del mundo, afirmó ante el Congreso de los EE. UU. que «se pueden construir y operar mil aviones bombarderos por el precio de un acorazado» y que un escuadrón de esos bombarderos podía hundir un acorazado, haciendo más eficiente el uso de los fondos gubernamentales.[30] Esto enfureció a la armada de los EE. UU., a pesar de lo cual se le permitió a Mitchell realizar una serie de cuidadosas pruebas con la armada y bombarderos del cuerpo de Marines. En 1921 bombardeó y hundió numerosos barcos, incluido el «insumergible» acorazado alemán de la Primera Guerra Mundial Ostfriesland y el pre-dreadnought americano Alabama.[31]

Aunque Mitchell había requerido «condiciones de tiempo de guerra», los barcos que hundió estaban obsoletos, inmóviles, sin defensas y sin control de daños. Además, el hundimiento del Ostfriesland fue acompañado de la violación de un acuerdo que habría permitido a los ingenieros de la armada examinar los efectos de varias municiones, pues los aviadores de Mitchell hicieron caso omiso de lo acordado y hundieron el buque en cuestión de minutos en un ataque coordinado. Mitchell luego declaró de cara a los titulares periodísticos: «Ningún navío de superficie puede existir allí donde pueden atacarle fuerza aéreas que actúan desde bases en tierra». Aunque lejos de ser concluyentes, las pruebas de Mitchell fueron relevantes porque puso un paso por detrás a los defensores del acorazado frente a la aviación naval.[2] El contralmirante William A. Moffett utilizó la opinión pública contra Mitchell para avanzar hacia la expansión del naciente programa de portaaviones de la armada norteamericana.[32]

Rearme

Las armadas del Reino Unido, EE. UU. y el Imperio del Japón ampliaron y modernizaron extensivamente sus acorazados de la época de la Primera Guerra Mundial durante la década de 1930. Entre las nuevas características estuvieron el incremento de la altura y estabilidad de las torres de los telémetros (para el control de tiro), más blindaje (especialmente en las torretas) y armas antiaéreas adicionales. Algunos barcos británicos recibieron una gran superestructura en forma de bloque, apodada «Castillo de la Reina Ana», caso del Queen Elizabeth y el Warspite, y que también fue usada en las torres de mando de los acorazados rápidos clase King George V. Se le añadieron bulgues antitorpedo tanto para mejorar la flotabilidad y contrarrestar el aumento de peso como para conseguir protección submarina contra minas y torpedos. Los japoneses reconstruyeron todos sus acorazados y cruceros de batalla con distintivas estructuras en forma de pagoda, y el Hiei fue dotado con una torre más moderna que influiría en los nuevos acorazados clase Yamato. También se le añadieron bulgues y un conjunto de tubos de acero para mejorar la protección submarina y vertical en la línea de flotación. En Estados Unidos experimentaron con mástiles de jaula y más tarde con mástiles en forma de trípode, aunque después del ataque a Pearl Harbor algunos de los barcos más dañados, como el West Virginia y el California, se reconstruyeron de manera similar a sus contemporáneos clase Iowa con los mástiles torre. El radar, efectivo más allá del contacto visual, en la oscuridad y con mal tiempo, fue introducido como complemento del control de tiro.[33]

El acorazado alemán Bismarck.

Incluso con la amenaza de guerra de nuevo a fines de los años 1930 la construcción de acorazados no alcanzó la importancia que había tenido en los años previos al primer conflicto global. La posición estratégica había cambiado y el patrón en la construcción impuesto por los tratados navales llevaron a la reducción de la capacidad constructiva de los astilleros de todo el mundo.[27]

En la Alemania nazi el ambicioso Plan Z de rearme naval fue abandonado en favor de una estrategia de guerra submarina complementada con el uso de cruceros de batalla y los acorazados clase Bismarck como corsarios del comercio. En el Reino Unido la necesidad más apremiante era la defensa aérea y la escolta de convoyes para salvaguardar a la población de los bombardeos y la hambruna, y los planes de rearme naval consistieron en la construcción de cinco acorazados clase King George V. Fue en el Mediterráneo donde las armadas estuvieron más comprometidas con la guerra de acorazados. Francia tenía previsto construir seis acorazados de las clases Dunkerque y Richelieu, e Italia dos buques clase Littorio. Ninguna marina militar optó por construir portaaviones, y la armada norteamericana solo destinó unos fondos limitados hasta la clase South Dakota. Japón también dio prioridad a los portaaviones, aunque por otra parte comenzó a trabajar en los enormes acorazados clase Yamato, el tercero de los cuales, Shinano, fue reconvertido en portaaviones y el cuarto cancelado.[4]

Guerra Civil española

El acorazado español Alfonso XIII (1915) en una foto de principios de la década de 1920.

Al estallar la Guerra Civil española la Armada española contaba tan solo con dos acorazados modernos, el España y el Jaime I. El España, originalmente llamado Alfonso XIII, estaba entonces en la reserva en la base naval de Ferrol y cayó en manos de los Nacionalistas en julio de 1936. La tripulación del Jaime I mató a sus oficiales, se amotinó y se unió a la Armada republicana. Con ello, cada bando de la guerra contaba con un acorazado, aunque la armada republicana en general carecía de oficiales experimentados. Los acorazados españoles se limitaron principalmente a bloquearse mutuamente, escoltar convoyes y realizar bombardeos de costa, y raramente se vieron implicados en combate contra otras unidades de superficie.[34]

En abril de 1937 el España chocó contra una mina marina colocada por fuerzas amigas y se hundió con escasa pérdida de vidas. En mayo de 1937 el Jaime I fue dañado por ataques aéreos nacionalistas, y se vio obligado a volver a puerto para ser reparado, donde recibió nuevos impactos de bombas lanzadas por aviones. Se decidió por ello remolcarlo a un puerto más seguro, pero durante el trayecto el acorazado sufrió una explosión interna que mató a 300 personas y causó su pérdida total. En el bloqueo de no intervención de la guerra civil participaron varios buques capitales alemanes e italianos. El 29 de mayo de 1937 dos aviones republicanos bombardearon el acorazado de bolsillo alemán Deutschland en Ibiza, causándole graves daños y numerosos muertos. Su buque gemelo Admiral Scheer tomó represalias bombardeando el puerto de Almería, donde provocó cuantiosos destrozos. El llamado incidente del Deutschland significó el fin del apoyo italiano y alemán a la no-intervención.[35]

Segunda Guerra Mundial

El acorazado alemán Scharnhorst. Junto a su buque gemelo Gneisenau hundió el portaaviones británico Glorious el 8 de junio de 1940 frente a las costas de Noruega.

El acorazado alemán Schleswig-Holstein, un obsoleto pre-dreadnought, realizó los primeros disparos de la Segunda Guerra Mundial en el bombardeo de la fortaleza polaca de Westerplatte en la madrugada del 1 de septiembre de 1939[36] y la firma de la rendición del Imperio del Japón en dicho conflicto se produjo a bordo del acorazado estadounidense Missouri. Entre estos dos eventos había quedado muy claro que los portaaviones eran los nuevos buques principales de las flotas y que los acorazados habían sido relegados a un rol secundario.

Los acorazados jugaron papeles importantes en grandes combates en los teatros de guerra del Atlántico, el Pacífico y el Mediterráneo. En el Atlántico los alemanes usaron sus acorazados como solitarios corsarios del comercio,[37] mientras que los combates entre buques de guerra tuvieron poca importancia estratégica. La batalla del Atlántico se libró entre destructores o fragatas y submarinos, y la mayoría de enfrentamientos decisivos entre las flotas en el Pacífico fueron determinados por los portaaviones.[38]

En el primer año de la guerra los buques acorazados desafiaron la predicción de que serían los aviones los que dominaran la guerra naval. Los acorazados alemanes Scharnhorst y Gneisenau sorprendieron y hundieron al portaaviones británico Glorious frente a las costas occidentales de Noruega en junio de 1940,[39] acción que, sin embargo, fue la última ocasión en que un portaaviones de la flota era hundido por artillería de superficie. En el ataque a Mers el-Kebir, en julio de 1940, acorazados británicos abrieron fuego con sus cañones principales contra los acorazados franceses leales al gobierno de Vichy anclados en el puerto de Mazalquivir, Argelia, y después persiguieron con portaaviones a los buques franceses que consiguieron huir.

El acorazado USS Pennsylvania encabezando una formación de buques de guerra estadounidenses en el golfo de Lingayen, en Filipinas, en enero de 1945.

En el resto de la guerra se vieron muchas demostraciones de la madurez del portaaviones como arma naval estratégica y su potencial contra los acorazados. El ataque aéreo británico a la base naval italiana de Tarento hundió un acorazado y dañó dos más, y los mismos aviones torpederos Swordfish que llevaron a cabo esta acción fueron decisivos en la caza y hundimiento del acorazado corsario alemán Bismarck.

El 7 de diciembre de 1941, el Imperio del Japón lanzó un ataque sorpresa a la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en el archipiélago pacífico de Hawái. En muy poco tiempo, cinco de los ocho acorazados estadounidenses presentes en el puerto fueron hundidos y el resto dañados. Sin embargo, los portaaviones de la flota americana estaban en el mar y evitaron ser detectados, y fueron estos barcos los que más tarde se ocuparon de la lucha y cambiaron el curso de la guerra en el Pacífico. El hundimiento del acorazado británico Prince of Wales y su escolta, el crucero de batalla Repulse, por parte de aviones bombarderos y torpederos nipones el 10 de diciembre de 1941 demostró la vulnerabilidad de los acorazados frente a fuerzas aéreas mientras estaban en el mar sin suficiente cobertura aérea, demostrando finalmente el argumento esgrimido por Mitchell en 1921.[40]

En muchas de las primeras batallas cruciales del Pacífico, como en el Mar del Coral y Midway, los acorazados estuvieron ausentes o eclipsados por la estrategia de los portaaviones de lanzar oleadas de aviones para atacar a cientos de km de distancia. En las últimas batallas del Pacífico, los acorazados llevaron a cabo primordialmente bombardeos de costa en apoyo de desembarcos anfibios y también proveyeron defensa antiaérea como escoltas de portaaviones. Incluso los acorazados más grandes y poderosos jamás construidos, los clase Yamato japoneses, armados con nueve cañones de 460 mm y diseñados como arma estratégica principal, nunca tuvieron la oportunidad de demostrar su potencial en una batalla decisiva, como las que figuraban en los planes japoneses previos a la guerra.[41]

El último enfrentamiento de acorazados de la historia fue la batalla del estrecho de Surigao el 25 de octubre de 1944, en la que un grupo de acorazados norteamericanos técnica y numéricamente superiores destrozó un grupo de acorazados japoneses con los disparos de sus cañones después de que estos hubieran sido devastados por el ataque de torpedos lanzados desde destructores. Todos los acorazados norteamericanos presentes en este combate, menos uno, habían sido hundidos en Pearl Harbor y luego reflotados y reparados. Cuando el Mississippi disparó su última salva ese día se hizo el último ataque de un acorazado contra otro buque de guerra, y sin saberlo estaba «disparando un saludo funeral a una era de la guerra naval que llegaba a su final».[42] Unos seis meses después el poderoso acorazado japonés Yamato era enviado a su última y suicida misión contra fuerzas de los EE. UU. y hundido por un masivo ataque aéreo lanzado desde portaaviones estadounidenses.

Guerra Fría

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, muchas armadas mantuvieron sus acorazados, aunque ya no eran activos militares estratégicamente dominantes. De hecho, pronto se hizo evidente que ya no merecía la pena el elevado coste de su construcción y mantenimiento, por lo que tras el conflicto mundial solo fue puesto en servicio un nuevo acorazado, el británico HMS Vanguard en 1946. Durante la guerra había quedado demostrado que los combates de acorazado contra acorazado, como en el Golfo de Leyte o el hundimiento del Hood, eran la excepción en lugar de la regla, y que el papel de los combates aéreos se incrementaría aún más, haciendo irrelevante el armamento de grandes cañones. El blindaje de los acorazados también quedó en nada contra los ataques nucleares, pues los destructores soviéticos clase Kildin y los submarinos clase Whiskey podían disparar misiles tácticos con un alcance de 100 km o más. A fines de la década de 1950, muchos tipos menores de buques que antes no ofrecían oposición digna de mención, ahora eran capaces de eliminar poderosos acorazados.

Los acorazados restantes encontraron variados roles. El USS Arkansas y el Nagato fueron hundidos durante las pruebas nucleares de la Operación Crossroads en 1946. Ambos buques se mostraron resistentes a las explosiones nucleares en la superficie, pero vulnerables a las submarinas.[43] El italiano Giulio Cesare fue capturado por los soviéticos, que lo repararon y renombraron Novorossiysk, pero acabó hundido el 29 de octubre de 1955 en el mar Negro tras chocar con una mina marina plantada por los alemanes. Los dos acorazados clase Andrea Doria fueron desguazados en 1956,[44] mismo final que tuvieron los franceses Lorraine, en 1954, Richelieu, en 1968,[45] y Jean Bart, en 1970.[46] Los cuatro buques británicos clase King George V supervivientes fueron desguazados en 1957,[47] y el Vanguard en 1960.[48] El resto de acorazados británicos habían sido vendidos o desguazados ya en 1949.[49] El Petropavlovsk soviético también fue desguazado en 1953, y el Sevastopol y el Oktyabrskaya Revolutsiya en 1957.[50] El Minas Gerais de Brasil resultó desguazado en Génova en 1953[51] y su gemelo São Paulo acabó hundido en el Atlántico en 1951 durante una tormenta cuando viajaba a Italia para afrontar el mismo destino.[51]

Argentina mantuvo sus dos acorazados de la clase Rivadavia ARA Rivadavia y ARA Moreno hasta el año 1956 y Chile el Almirante Latorre (ex HMS Canadá) hasta 1959.[52] El crucero de batalla turco Yavuz, antiguo Goeben alemán, fue desguazado en 1976 después de que su venta para regresar a Alemania fuera rechazada. Suecia tenía varios pequeños acorazados para defensa costera, uno de los cuales, el Gustav V, sobrevivió hasta 1970.[53] Los soviéticos desmontaron varios acorazados incompletos en los años 1950 cuando los planes para construir varios cruceros de batalla clase Stalingrado fueron abandonados tras la muerte de Stalin.[54] Tres viejos acorazados alemanes acabaron de igual modo: el Hessen fue capturado por la Unión Soviética, renombrado Tsel y desguazado en 1960, el Schleswig-Holstein recibió el nombre ruso Borodino y usado como buque objetivo hasta los años 60, mismo destino que tuvo el Schlesien, desguazado entre 1952 y 1957.[55]

El acorazado estadounidense USS Missouri lanza un misil Tomahawk durante la Operación Tormenta del Desierto.

Los acorazados estadounidenses clase Iowa se ganaron una nueva vida en la armada norteamericana como buques de soporte artillero, pues con la ayuda del radar y el fuego controlado por ordenador, sus obuses podían ser dirigidos con precisión milimétrica hacia su objetivo. Estados Unidos puso de nuevo en servicio los cuatro clase Iowa para la guerra de Corea y el New Jersey para la de Vietnam. Este último acorazado fue empleado primordialmente para el bombardeo de costa y llegó a disparar 6000 obuses de sus cañones de 406 mm y unos 14 000 de los de 127 mm durante su servicio en primera línea,[56] siete veces más que los que disparó en la Segunda Guerra Mundial.[57]

Como parte del empeño de John Lehman, secretario de la Armada de los Estados Unidos, de construir una armada de 600 buques en la década de 1980, y en respuesta a la puesta en servicio del crucero de batalla soviético Kirov, los Estados Unidos volvieron a reactivar los cuatro clase Iowa. Los acorazados sirvieron en varias ocasiones como buques de apoyo en grupos de combate de portaaviones y lideraron sus propios grupos de combate. Todos fueron modernizados para lanzar misiles Tomahawk, arma que el New Jersey empleó para bombardear Líbano en 1983 y 1984, mientras que el Missouri y el Wisconsin abrieron fuego con sus baterías de 406 mm contra objetivos en tierra y misiles enemigos en el transcurso de la Operación Tormenta del Desierto en 1991. El Wisconsin sirvió como buque de comando de ataque con Tomahawk para el Golfo Pérsico y dirigió la secuencia de lanzamientos que marcaron el inicio de la Tormenta del Desierto, en la que disparó un total de veinticuatro Tomahawk en los dos primeros días de la campaña. En esta misión la principal amenaza para los acorazados fueron los misiles iraquíes tierra-tierra basados en la costa, pues el Missouri recibió el impacto de dos misiles Silkworm, además de uno cercano y otro que fue interceptado por el destructor británico HMS Gloucester.[58]

Los cuatro clase Iowa fueron dados de baja a comienzos de la década de 1990, lo que los convirtió en los últimos acorazados en servicio activo. El Iowa y el Wisconsin fueron mantenidos hasta 2006 para poder entrar rápidamente en servicio como buques de soporte artillero, a la espera del desarrollo de un navío superior para este rol.[59] Sin embargo, el cuerpo de Marines de los EE. UU. cree que el actual soporte artillero naval y programa de misiles no será capaz de proveer un adecuado fuego de apoyo para un asalto anfibio o las operaciones en tierra.[60]

Siglo XXI

El Texas (1912) estadounidense es el único acorazado superviviente que data de la época del revolucionario HMS Dreadnought.

Con la baja de los últimos buques clase Iowa estadounidenses, ningún acorazado está en servicio en la actualidad en ninguna armada del mundo. Sin embargo, varios se conservan como barcos museo, tanto a flote como en dique seco. La mayoría se hallan en los Estados Unidos: USS Massachusetts, North Carolina, Alabama, Iowa, New Jersey, Missouri, Wisconsin y Texas. El Missouri y el New Jersey son ahora barcos museo en Pearl Harbor y Camden, respectivamente. El Wisconsin fue retirado del Registro de Navíos de la armada norteamericana en 2006 y ahora se conserva como museo en Norfolk (Virginia),[61] y el Texas, el primero en ser convertido en museo, se halla en el sitio histórico de San Jacinto en La Porte (Texas). El North Carolina se puede visitar en Wilmington y el Alabama en Mobile. El único acorazado no estadounidense del siglo XX que se puede visitar es el pre-dreadnought Mikasa japonés, preservado en Yokosuka.

Véase también

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Listas relacionadas

Referencias

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Bibliografía

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