Herejía

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Herejía

Proceso a Galileo Galilei por herejía, que culminó con su condena por la Inquisición romana en 1633.
Definición
Ámbito Teología, Derecho Canónico, Historia, Antropología
Etimología Del griego haireo (ἁιρέω, «elegir», «escoger»)
Religiones donde se aplica Cristianismo, Islam, Judaísmo, Budismo, Hinduismo, religiones amerindias
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La Herejía (del griego haíresis, «elección») es, en sentido amplio, toda creencia o doctrina que se opone de manera directa y pertinaz a los dogmas o enseñanzas fundamentales establecidos por una autoridad religiosa. Aunque el término es de origen cristiano, el fenómeno de la disidencia doctrinal sancionada como desviación existe en prácticamente todas las tradiciones religiosas del mundo, desde el islam hasta las religiones indígenas de América y África.[1]

Según el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, la herejía es, en relación con una doctrina religiosa, el «error sostenido con pertinacia».[2]

La persecución de la herejía ha dejado una huella profunda en las culturas de todo el mundo. En Occidente, el concepto se ha secularizado: el término «herejía» se emplea a menudo en sentido figurado para designar una opinión o actitud que contradice gravemente las creencias o normas establecidas en cualquier ámbito del conocimiento, o de pensadores políticos disidentes durante regímenes totalitarios.[3]

En el Cristianismo

Dentro del cristianismo, la herejía ha sido un concepto central desde los primeros concilios ecuménicos. El Derecho Canónico distingue entre herejía, apostasía (rechazo total de la fe) y cisma (separación de la autoridad eclesiástica sin negar dogmas).[4]

Herejías en la Iglesia Católica

El Código de Derecho Canónico define la herejía como «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma».[4]

Entre las herejías más relevantes de la historia del catolicismo se cuentan:

  • Catarismo o albigense: dualismo radical (bien espiritual vs. mal material). Fue perseguido mediante la Cruzada albigense (1209-1229) y la Inquisición medieval.

En el Protestantismo y el Calvinismo

Paradójicamente, las confesiones protestantes que habían surgido como disidentes del catolicismo desarrollaron sus propios mecanismos para perseguir la herejía interna. El caso más célebre en el ámbito hispánico es el de Miguel Servet (1511-1553), médico, teólogo y humanista aragonés. Servet negó la doctrina de la Santísima Trinidad y fue perseguido tanto por la Inquisición católica como por los protestantes. Tras huir de la cárcel en Viena, fue capturado en Ginebra, donde Juan Calvino (que había sido su corresponsal) lo denunció. Servet fue condenado por el consistorio protestante y quemado en la hoguera el 27 de octubre de 1553, una muestra de que el concepto de herejía trascendía las fronteras confesionales.[7][8]

Otros grupos, como los anabaptistas, fueron también perseguidos como herejes por luteranos, calvinistas y católicos por igual debido a su rechazo del bautismo infantil y su defensa del pacifismo radical.

La Inquisición francesa

El reino de Francia fue el escenario de una de las persecuciones de herejes más sistemáticas de la Edad Media. La llamada Inquisición medieval tuvo su origen y desarrollo principal en territorio francés, particularmente en el sur del país, donde el catarismo arraigó con fuerza.

El catarismo fue un movimiento dualista que alcanzó gran difusión en el Languedoc durante los siglos XII y XIII. Los cátaros sostenían la existencia de dos principios opuestos: un Dios del bien, creador del mundo espiritual, y un dios del mal, creador del mundo material. Esta doctrina se aproximaba al maniqueísmo antiguo y negaba la bondad de la creación material. Rechazaban los sacramentos católicos (especialmente el bautismo de niños y la eucaristía), la cruz (por ser un instrumento de tortura) y el matrimonio (por considerarlo un acto carnal pecaminoso), y practicaban un riguroso ascetismo que incluía el ayuno y la pobreza voluntaria.[9]

La "herejía" cátara se organizaba en dos niveles: los perfectos (o bons hommes), que habían recibido el consolamentum (el único sacramento válido para ellos, similar a una combinación de bautismo y ordenación) y vivían en estricta castidad y pobreza; y los creyentes (o croyants), que seguían una vida corriente pero veneraban a los perfectos y recibían de ellos el consolamentum en el lecho de muerte (endura). Esta estructura eclesial paralela fue considerada por la Iglesia Católica como una herejía especialmente peligrosa porque no solo negaba dogmas concretos, sino que creaba una contrainstitución con sus propios ritos y jerarquía.[9]

Ante el fracaso de la predicación para convertir a los cátaros, el Papa Inocencio III proclamó la Cruzada Albigense (1209-1229) contra los señores del sur que protegían a los herejes. Tras la conclusión de la cruzada, el Papa Gregorio IX estableció la Inquisición pontificia permanente en 1233, confiándola a la recién creada Orden de Predicadores (dominicos), que habían demostrado eficacia en la predicación antialbigense. Los inquisidores identificaron y juzgaron a los cátaros remanentes, lo que llevó a la desaparición del catarismo a finales del siglo XIV.[10]

Uno de los inquisidores franceses más conocidos fue Jacques Fournier, obispo de Pamiers (1318-1325) y más tarde Papa como Benedicto XII. Su registro inquisitorial, conservado en la actualidad, constituye una de las fuentes más detalladas sobre las creencias y la vida cotidiana de los últimos cátaros.[11]

Uno de los procesos por herejía más controvertidos de la historia fue el seguido contra la Orden del Temple (Caballeros Templarios) por orden del Rey Felipe IV de Francia, apodado «el Hermoso» (Philippe le Bel), quien gobernó entre 1285 y 1314.

En la madrugada del viernes 13 de octubre de 1307, Felipe IV ordenó el arresto de todos los templarios en territorio francés. Se les acusaba de herejía consistente en: negación de Cristo y escupir en la cruz durante las ceremonias de ingreso, adoración de un ídolo (presuntamente una cabeza llamada «Baphomet»), prácticas de sodomía, y absolución mutua de los pecados sin autoridad eclesiástica. El Rey nombró inquisidor a Guillermo de París, su confesor personal, para dirigir los interrogatorios.[12]

El Papa Clemente V, inicialmente contrario a la actuación del Rey por considerar que la herejía templaria no estaba probada, acabó cediendo a la presión real. En 1310, el arzobispo de Sens, Felipe de Marigny (hermano del consejero del Rey), juzgó a 54 templarios que habían retractado sus confesiones obtenidas bajo tortura, declarándolos herejes reincidentes (relapsi) y entregándolos al brazo secular. Fueron quemados en la hoguera extramuros de París. El último Gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay, fue quemado vivo en una isla del Sena en 1314.[12] El historiador Sean L. Field señala que este proceso supuso un intento sin precedentes de crear una «inquisición nacional francesa» bajo control real, utilizando la herejía como pretexto para la disolución de la orden y la incautación de sus bienes.[13]

En la misma época que el proceso a los Templarios, la Inquisición francesa actuó contra Margarita Porete (Marguerite Porete), una beguina —mujer piadosa que vivía en comunidad religiosa sin hacer votos perpetuos— autora del Espejo de las almas simples (Le Miroir des simples âmes). Su libro defendía una doctrina mística según la cual el alma puede alcanzar la unión con Dios prescindiendo de las virtudes, los sacramentos y la mediación de la Iglesia, llegando a un estado de «ánimo aniquilado» en el que la razón deja de regir. Esta enseñanza fue considerada por los teólogos de la Universidad de París como una herejía que negaba la necesidad de la gracia sacramental.[12]

El libro fue condenado por herejía y quemado en Valenciennes hacia 1306. Margarita fue arrestada en París en 1308 y, tras negarse a retractarse pese a ser advertida, fue relajada al brazo secular y quemada en la hoguera en la plaza pública de París el 1 de junio de 1310. Su proceso sirvió como caso de prueba para la condena de toda la literatura mística beguina en el Concilio de Vienne (1311-1312), que declaró heréticas varias proposiciones sobre la «vida del espíritu libre».[12]

La Inquisición francesa continuó su actividad durante los siglos XIV y XV. Uno de sus procesos más célebres fue el de Juana de Arco (1431), juzgada por un tribunal eclesiástico dominado por los ingleses en Ruan. Las acusaciones de herejía incluían: vestir hábito masculino (lo que se consideraba una violación de la ley divina según Deuteronomio 22:5), alegar revelaciones directas de santos (Santa Catalina, Santa Margarita y San Miguel) sin mediación eclesiástica, y afirmar estar enviada por Dios sin la autorización de la jerarquía. Estos cargos implicaban una negación implícita de la autoridad de la Iglesia para discernir los espíritus verdaderos de los falsos. Fue condenada a morir en la hoguera, sentencia ejecutada el 30 de mayo de 1431. Veinticinco años después, en 1456, un tribunal de revisión autorizado por el Papa Calixto III anuló la sentencia por vicios procesales, pero no se pronunció sobre la ortodoxia de sus revelaciones.[14]

La Inquisición española

La protección de la ortodoxia católica recayó principalmente en el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, fundado por los Reyes Católicos en 1478. A diferencia de otras inquisiciones europeas, la española estaba bajo el control directo de la Corona, lo que la convirtió en una herramienta de cohesión nacional. Su labor principal era detectar y juzgar la herejía, especialmente entre los conversos (judíos y musulmanes bautizados que pudieran haber recaído en sus antiguas creencias), así como frenar la expansión del protestantismo y perseguir a los alumbrados y otros místicos heterodoxos.[15]

El primer Inquisidor general fue fray Tomás de Torquemanda, dominico y confesor de Isabel la Católica, bajo cuyo mandato se consolidó la estructura del tribunal. Durante su ejercicio (1483-1498), la Inquisición procesó a miles de falsos conversos, aunque Torquemada siempre defendió la competencia exclusiva del tribunal en materia de herejía y se opuso a la intervención regia en asuntos de fe.[16]

El tribunal español juzgó por herejía a diversas corrientes:

  • Judaizantes: cristianos nuevos que seguían practicando el judaísmo en secreto. Fueron el objetivo principal de la Inquisición en sus primeros siglos. El caso más célebre fue el del Santo Niño de La Guardia (1491), un supuesto asesinato ritual que conmovió a la opinión pública y sirvió para justificar la expulsión de los judíos en 1492.[17]
  • Moriscos: musulmanes bautizados a la fuerza tras la rebelión de las Alpujarras (1568-1571) que conservaban sus prácticas islámicas. El arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, denunció en el III Concilio Provincial de Toledo (1582-1583) la persistencia de la herejía morisca.[18]
  • Protestantes: pese a la eficaz contención del luteranismo en España, hubo focos destacados. En Valladolid y Sevilla se descubrieron círculos protestantes en la década de 1550. El 21 de mayo de 1559 se celebró un auto de fe en Valladolid en presencia del Príncipe Felipe II (futuro rey) en el que fueron quemados varios luteranos, incluido el doctor Agustín de Cazalla, capellán de Carlos V.[19]
  • Alumbrados o dejados: movimiento místico surgido en Toledo y Guadalajara a principios del siglo XVI, que postulaba la oración interior y el abandono total en Dios, hasta el punto de prescindir de los sacramentos y las obras externas. Las dos figuras más representativas fueron María de Cazalla y Francisca Hernández, procesadas en la década de 1520. El fraile Pedro de Alcaraz fue quemado en 1524. El influjo de los alumbrados se dejó sentir en figuras como Ignacio de Loyola, que fue investigado por la Inquisición en Alcalá en 1527 bajo sospecha de alumbradismo.[20]
  • Hechicería y superstición: aunque la Inquisición española fue generalmente más indulgente con la brujería que sus homólogas del norte de Europa, persiguió ciertas prácticas supersticiosas cuando implicaban herejía, como la invocación de demonios o la profanación de objetos sagrados. El caso más famoso fue el de las brujas de Zugarramurdi (Navarra), juzgadas en 1610, con once condenadas a la hoguera.[21]

La Inquisición española mantuvo su actividad hasta el siglo XIX. Fue suprimida por primera vez por José Bonaparte en 1808, restaurada por Fernando VII en 1814 y abolida definitivamente en 1834.[22]

En el Islam

En el islam, el término análogo más cercano es bid‘ah (بدعة, «innovación»), que designa toda práctica o creencia introducida en la religión después de la muerte del profeta Mahoma y que carece de fundamento en el Corán o la sunnah. No todo bid‘ah es considerado herejía; los teólogos distinguen entre «innovación errónea» (bid‘ah ḍalālah) e «innovación guiada» (bid‘ah hidāyah).[23]

Un caso extremo es el takfīr, la práctica de declarar apóstata (kāfir) a otro musulmán, lo que en algunas interpretaciones conlleva la pena de muerte. Grupos como los jariyíes en el siglo VII fueron acusados de herejía por su extremismo y por aplicar el takfīr indiscriminadamente.

En Al-Ándalus

En la península ibérica durante la presencia musulmana (Al-Ándalus, 711-1492), la herejía islámica tuvo consecuencias mortales. Los mozárabes (cristianos que vivían bajo dominio musulmán) podían ser acusados de herejía si blasfemaban contra el profeta Mahoma. El caso más célebre es el de los mártires de Córdoba (años 850-859), un grupo de cristianos —entre ellos monjes del monasterio de San Zoilo y el propio Eulogio de Córdoba— que buscaron voluntariamente el martirio mediante la provocación pública contra el islam. Fueron ejecutados por las autoridades califales bajo acusación de herejía contra el islam. El movimiento fue duramente criticado por otros cristianos, como el abad Sansón, que consideraban esa búsqueda del martirio una forma de orgullo y desviación.[24][25]

También hubo herejías internas del islam en Al-Ándalus, como la de Ibn Masarra (883-931), filósofo cordobés cuyo pensamiento místico-filosófico fue considerado herético por los teólogos ortodoxos malikíes, viéndose obligado a retractarse.[26]

En el judaísmo

En el judaísmo, el concepto más próximo al de herejía es minut (מינוּת), término empleado en la literatura rabínica para designar doctrinas consideradas desviadas de la fe judía normativa. Los seguidores de tales doctrinas eran llamados mínim (מינים, «herejes» o «sectarios»). A diferencia de la concepción cristiana posterior de la herejía, en el judaísmo rabínico antiguo el término abarcaba una amplia variedad de grupos considerados peligrosos para la unidad religiosa de Israel, incluidos gnósticos, judeocristianos, dualistas y otros movimientos heterodoxos.[27]

El Talmud menciona repetidamente a los mínim, a quienes se excluía de determinadas prácticas religiosas y de la esperanza escatológica del «mundo venidero» (Olam Ha-Ba). En el tratado Sanedrín se afirma que «los mínim no tienen parte en el mundo futuro».[28] Asimismo, los rabinos desarrollaron mecanismos litúrgicos y jurídicos destinados a preservar la ortodoxia doctrinal y la cohesión comunitaria.

Entre estos mecanismos destacó la Birkat haMinim («bendición contra los herejes»), una adición a la oración central de la Amidá formulada probablemente a finales del siglo I d. C. en el entorno rabínico de Yavne. Su objetivo habría sido excluir de las sinagogas a grupos considerados desviados, especialmente a los judeocristianos que reconocían a Jesús de Nazaret como mesías.[29] Algunos estudiosos consideran que esta oración marcó una ruptura progresiva entre judaísmo rabínico y cristianismo primitivo.[30]

Durante la Edad Media, las acusaciones de herejía se dirigieron también contra corrientes filosóficas o místicas consideradas incompatibles con la tradición rabínica. Uno de los casos más conocidos fue el del filósofo judeo-neerlandés Baruch Spinoza (1632-1677), sometido a herem (excomunión) por la comunidad sefardí de Ámsterdam en 1656 debido a sus doctrinas racionalistas, su crítica de la autoridad divina de la Torá y su identificación de Dios con la naturaleza.[31]

Otros movimientos considerados heréticos o peligrosamente heterodoxos fueron el caraísmo, que rechazaba la autoridad del Talmud y defendía la exclusiva validez de la Escritura, y el sabataísmo, surgido en torno a la figura del falso mesías Sabbatai Zevi en el siglo XVII.[32]

En la tradición judía medieval, especialmente en autores como Maimónides, la definición de ortodoxia adquirió una formulación más precisa. Sus «Trece principios de la fe» establecieron doctrinas consideradas esenciales para pertenecer al judaísmo normativo, y su negación podía interpretarse como una forma de herejía.[33]

En las religiones de América prehispánica

Las civilizaciones americanas, como los aztecas (mexicas) y los incas, también desarrollaron conceptos de desviación religiosa, y aunque no existía un término equivalente exacto al de herejía en el sentido cristiano, no obstante, ciertas prácticas eran consideradas amenazas al orden religioso y social, y eran duramente castigadas.

Entre los aztecas

En el Imperio mexica, el culto a los dioses era obligatorio. La desviación más grave era el abandono de los rituales o la adopción de prácticas religiosas extranjeras no autorizadas. Los sacerdotes (tlamacazque) vigilaban el cumplimiento del culto a Huitzilopochtli, el dios tutelar. Los hechiceros (tlaciuhque o nahualle) que utilizaban su poder para fines personales o para dañar a la comunidad podían ser ejecutados. Según el Códice Florentino, compilado por el misionero Bernardino de Sahagún, los aztecas distinguían entre el sacerdocio legítimo y los falsos adivinos (tlaiximatini) que «hablan con el demonio y engañan al pueblo».[34]

Además, la adopción de deidades no mexicas, como ocurrió durante el reinado de Axayácatl con el culto a Huitzilopochtli impuesto sobre deidades locales, podía considerarse una herejía religiosa. Los conquistadores españoles, por su parte, interpretarían estas prácticas como «idolatría».[35]

Entre los incas

En el Imperio incaico, la religión oficial giraba en torno al culto solar de Inti, el dios creador Viracocha y el Sapa Inca como hijo del Sol. Los cronistas Felipe Guamán Poma de Ayala y Bernabé Cobo recogen que los incas perseguían las «huacas» (adoratorios) no autorizados y a los sacerdotes que enseñaban doctrinas contrarias al culto estatal. Las minorías étnicas sometidas al imperio debían aceptar al dios Inti como deidad principal, aunque a menudo se permitía el sincretismo. El inca Pachacútec (1418-1471) fue particularmente activo en reordenar el panteón y eliminar cultos considerados desviados, como ciertas prácticas de adivinación que atentaban contra la autoridad del Inca.[36]

La rebelión religiosa más significativa fue la del sacerdote y líder militar Manco Inca (1516-1544), quien, tras ser convertido al cristianismo por los españoles, fue acusado de herejía por abandonar la fe católica y retornar a los cultos andinos, siendo perseguido tanto por las autoridades virreinales como por sus propios seguidores que le consideraban un traidor a la tradición inca.[37]

En el Budismo y el Hinduismo

En el budismo, especialmente en la tradición mahāyāna, se considera herejía (mithyādṛṣṭi, «visión falsa») la negación de enseñanzas fundamentales como la ley del karma, el renacimiento o la iluminación de los budas. El emperador indio Aśoka (siglo III a.C.) expulsó a los monjes que sostenían doctrinas contrarias a la sangha ortodoxa.[38]

En el Tíbet, las disputas entre las diferentes escuelas (Gelug, Nyingma, Kagyu, Sakya) llevaron a acusaciones mutuas de herejía, con persecuciones ocasionales, como la que sufrió el rey Lang Darma (siglo IX) por parte de los monjes budistas al intentar restaurar la religión Bön.[39]

En el hinduismo, aunque no hay una autoridad doctrinal central, ciertos textos (dharmaśāstra) consideran herejía (nāstika, «el que no cree») la negación de la autoridad de los Vedas. Los sistemas filosóficos cārvāka (materialistas) y los ājīvika (fatalistas) fueron sistemáticamente rechazados como heréticos.[40]

Bibliografía

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Enlaces externos

Referencias

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