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La maternidad en la Guerra Civil Española

Durante la guerra civil española, la maternidad adquirió un significado político vinculado al papel de la mujer como apoyo al Estado. Esta asociación no surgió entonces: en España, desde mucho antes, maternidad y feminidad se habían ido fusionando hasta presentarse casi como una misma identidad.
Desde una visión basada en el determinismo biológico, se consideraba que el lugar natural de la mujer era el hogar y que su función principal era la de esposa, madre y ama de casa. Esta idea fue respaldada por las principales instituciones del país, dominadas por hombres, entre ellas el Gobierno y la Iglesia católica.
El papel de la maternidad también estuvo presente en los debates sobre la educación de las mujeres. Desde la izquierda, se defendía que la formación femenina era necesaria para avanzar hacia la emancipación de las mujeres. Desde la derecha, en cambio, se consideraba que la educación debía servir principalmente para preparar a niñas y jóvenes para su futura función como madres.
Durante la dictadura de Primo de Rivera apenas se produjeron cambios significativos en esta visión, aunque el determinismo biológico ganó más peso como argumento para justificar el papel tradicional de la mujer.
La Segunda República española permitió que las mujeres accedieran a la esfera pública. Además, les concedió por primera vez derechos importantes, como el voto, el divorcio y el acceso a la educación superior.
En este contexto, la maternidad se convirtió en un asunto político. En algunos sectores, las mujeres (y especialmente las madres) que no se ajustaban a las normas tradicionales de género comenzaron a sufrir hostilidad. Para los sectores nacionalistas, los derechos conquistados por las mujeres eran vistos como una señal de “degeneración” de España y como una amenaza para la familia tradicional.
Como reacción, se crearon organizaciones destinadas a defender una idea conservadora de la maternidad española. Al mismo tiempo, aumentó la violencia pública contra mujeres y madres que apoyaban a los trabajadores en huelga.
La guerra civil española intensificó todavía más la politización de la maternidad, aunque sin romper del todo con su visión tradicional. La feminidad seguía definiéndose, en gran medida, a través de la maternidad.
En las zonas rurales, la vida de muchas madres pudo mantenerse relativamente al margen de la política. Sin embargo, la guerra también alteró profundamente la estructura familiar en algunos lugares por la desaparición de los hombres (alistados, muertos, detenidos o escondidos). En otros casos, los hombres que permanecían en casa tuvieron que adoptar comportamientos considerados menos “masculinos” para sobrevivir.
La guerra también transformó los roles de género. Muchas mujeres se incorporaron al frente, mientras que numerosas madres tuvieron que trabajar fuera del hogar para sostener a sus familias y contribuir al esfuerzo bélico.
El final de la guerra dio paso al franquismo y supuso el regreso a una concepción tradicional de la maternidad, estrechamente vinculada al catolicismo español.
Esta visión fue reforzada mediante leyes que situaban a las mujeres bajo la autoridad de sus padres o de sus maridos, limitando su autonomía personal y legal. La educación de niñas y mujeres volvió a orientarse principalmente hacia el cuidado del hogar, la obediencia familiar y la preparación para ser esposas y madres según el modelo impuesto por el régimen.
Definición de maternidad
La definición de maternidad desde la época anterior a la Segunda República hasta el período franquista es que la feminidad es maternidad, y la maternidad era feminidad.[1][2][3] Esta definición de maternidad como feminidad rara vez fue cuestionada y permaneció como parte del statu quo español que se remontaba a un período anterior de la España católica.[4]
Preludio de la Segunda República (1800–1922)
Definición de maternidad
A finales del siglo XIX, muchos hombres consideraban que las mujeres, especialmente las madres, eran seres frágiles, condicionados por su propio cuerpo y expuestos a enfermedades y sufrimientos relacionados con la menstruación, el embarazo y la menopausia.[3]
Según los principales líderes de opinión masculinos en España, esas supuestas limitaciones físicas justificaban que las mujeres permanecieran en el hogar y cumplieran con lo que se entendía como su deber natural: la reproducción.[3]
De este modo, el orden social se explicaba a partir de un supuesto orden biológico basado en las diferencias sexuales. Estas ideas contaban con el respaldo de médicos varones, tanto en España como en otros países europeos. En consecuencia, la maternidad se definía desde una perspectiva de determinismo biológico.[3]
Educación
La situación cultural de España hizo que, durante mucho tiempo, la mayoría de las mujeres fueran analfabetas. En 1900, la tasa de alfabetización femenina era de apenas el 10 %. El acceso de las mujeres a la universidad también era muy limitado. Entre 1800 y 1910, el número de mujeres españolas con títulos universitarios conocidos fue prácticamente inexistente, con María Goyri como una de las pocas excepciones destacadas.[5]
Esta realidad comenzó a cambiar lentamente en las décadas siguientes. En 1930, la alfabetización femenina alcanzó el 62 %, y en la educación primaria la presencia de niñas y niños se acercaba ya a una proporción equilibrada.[5][6]
La maternidad empezó a ocupar un lugar importante en los debates sobre la educación femenina en España a partir de la década de 1860. Empezó a discutirse qué papel debía tener la educación en la vida de las mujeres y si debía servir para ampliar sus oportunidades o para reforzar su función tradicional dentro del hogar.[3][5]
Defensoras de los derechos de la mujer, como Concepción Arenal, sostenían que las mujeres tenían la misma capacidad intelectual que los hombres. Arenal, que llegó a hacerse pasar por hombre para poder estudiar Derecho en la década de 1860, argumentaba que la desigualdad no se debía a una falta de inteligencia, sino a la falta de acceso a la educación. Según esta perspectiva, educar a las mujeres podía abrirles nuevas posibilidades más allá del ámbito doméstico.[3]
Emilia Pardo Bazán fue otra voz destacada de este periodo. Desde una posición feminista, defendió un mayor acceso de las mujeres a la educación y difundió sus ideas en publicaciones como la revista londinense Fortnightly Review y la revista española Nuevo Teatro Crítico. [3]
Sin embargo, muchos dirigentes masculinos defendían la educación femenina desde una perspectiva muy distinta. Para ellos, formar a las mujeres no tenía como objetivo su emancipación, sino fortalecer el Estado. Consideraban que una mujer educada sería una mejor esposa y madre, capaz de criar y sostener a la siguiente generación de líderes masculinos.[3][5]
Parto
En el siglo XIX, la tasa de natalidad en España era de 44 nacimientos por cada mil habitantes. La atención al parto estaba regulada: las comadronas debían recibir autorización oficial antes de obtener la licencia para ejercer. Además, tras dar a luz, en algunos casos se recomendaba o exigía que las mujeres permanecieran en reposo en cama durante un tiempo.[7]
En 1870, Francisca Iracheta publicó el primer libro sobre obstetricia escrito por una mujer en España. La obra estaba pensada para la formación de futuras comadronas y utilizaba un formato de preguntas y respuestas. También incluía ilustraciones de la pelvis para facilitar el aprendizaje.[8]
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, las tasas de mortalidad infantil seguían siendo muy elevadas. En ese mismo contexto, muchos niños nacían fuera del matrimonio en España.[6]
Organizaciones
Agrupación de Trabajadores
La Agrupación de Trabajadores fue creada en 1891 por Teresa Claramunt como una organización laboral vinculada a sus ideales feministas. Poco después de su fundación, comenzó a organizar reuniones públicas para defender los derechos de las mujeres trabajadoras.[9]
La organización denunciaba que la sociedad castigaba a las mujeres por partida doble. Por un lado, se esperaba que trabajaran fuera del hogar para contribuir al sustento familiar. Por otro, seguían siendo responsables de las tareas domésticas y del cuidado de la familia.[9]
Sin embargo, la Agrupación no logró un éxito significativo en sus objetivos. Muchas mujeres trabajadoras no consideraban necesario estar representadas por un sindicato, lo que limitó el alcance y la influencia de la organización.[9]
Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)
Definición de maternidad
Motherhood can not be a pretext for curtailing women's rights and aspirations, because after the hardest period of gestation, it remains in full capacity for both; to say that the woman, being a mother, can not be any more, it is as absurd as if the man, as a father, were established limits and restrictions on his intellectuality and privileges. (...) The woman wants to be treated, not tolerated; wants to be the same, not inferior. —-- Amparo Poch y Gascón in The Voice of Aragon on 28 November 1928
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Maternidad y feminismo fue publicado en 1926 por Gregorio Marañón, una de las figuras médicas más destacadas de la época. En ella se definía a hombres y mujeres a partir de sus supuestas funciones biológicas. Utilizaba argumentos científicos para justificar que el papel principal de la mujer debía ser la maternidad. Según él, las mujeres se caracterizaban por un metabolismo anabólico, es decir, por una tendencia a sintetizar y acumular sustancias de forma pasiva.[10]
Marañón relacionaba esta idea con el proceso reproductivo. Para él, la supuesta pasividad del óvulo durante la fecundación y su necesidad de anidar en el útero durante el embarazo servían para explicar que las mujeres debían ocupar también una posición pasiva en la sociedad. Desde esta perspectiva, su lugar natural era el hogar, donde debían dedicarse principalmente al cuidado de los hijos.[3][10]
Esta interpretación fue retomada por Antonio Vallejo-Nájera en su obra Eugenesia de la Hispanidad, publicada en 1937. Vallejo-Nájera también defendía que esta concepción de la mujer y de la maternidad era esencial para garantizar la continuidad del Estado.[11]
Feminismo
En los años previos a la Segunda República y a la Guerra Civil, muchas mujeres de clase media y alta se acercaron al feminismo como resultado de su entorno familiar y educativo. En algunos casos, esta conciencia feminista surgió en internados, donde la distancia respecto a sus familias reducía la influencia directa de sus padres sobre sus ideas políticas. En otros, fueron sus propios padres quienes las animaron a pensar de forma crítica y a interesarse por la política. También hubo mujeres que desarrollaron una conciencia feminista precisamente como reacción a una educación pensada para reforzar las normas tradicionales de género.[12]
La orientación política de la familia también influyó en este proceso. En las familias de izquierdas, era más habitual que las hijas asumieran ideas feministas como resultado de una influencia activa y favorable a la participación política. En cambio, en las familias de derechas, algunas mujeres llegaron al feminismo como respuesta a normas de género más rígidas, que podían provocar conflictos o rupturas dentro del ámbito familiar.[12]
Educación
Para muchas figuras masculinas destacadas de este periodo, lo importante no era que niñas y mujeres recibieran una educación amplia o profunda. Lo fundamental era que esa educación las preparara para servir a sus maridos y para convertirse en buenas madres. Desde esta perspectiva, la formación femenina no se concebía como una herramienta de autonomía o desarrollo personal, sino como un medio para reforzar su papel tradicional dentro del matrimonio, la familia y el hogar.[3]
Segunda República Española (1931 - 1937)

Uno de los cambios más importantes que trajo la Segunda República para las mujeres fue su incorporación formal y masiva a la esfera pública. Durante este periodo, las mujeres obtuvieron por primera vez una serie de derechos fundamentales, entre ellos el derecho al voto, el derecho al divorcio y un mayor acceso a la educación superior.[13]
Elecciones en la Segunda República

Tras la finalización de la monarquía española en 1931 y el fin de la dictadura de Primo de Rivera se formó la Segunda República. Bajo la república se celebraron tres elecciones antes de ser reemplazada por la dictadura de Franco.[14][12]
Algunos sectores de la derecha apoyaron el sufragio femenino porque creían que les beneficiaría políticamente. Esta idea pareció confirmarse en las elecciones de 1933, cuando el voto de las mujeres reforzó a las candidaturas conservadoras y contribuyó a la llegada al poder de un gobierno de derechas.[12][3]
Ese apoyo se basaba en una visión tradicional de la maternidad española: las mujeres debían estar subordinadas a los hombres, los hombres a la Iglesia católica, y esta podía influir en el voto femenino. Por este motivo, figuras de la izquierda como Victoria Kent y Margarita Nelken y Mansbergen se opusieron al sufragio femenino, al temer que favoreciera a la derecha.[3][15][16]
Elecciones de febrero de 1936
Durante las elecciones, se distribuyeron panfletos en Sevilla que advertían a las mujeres que una victoria republicana de izquierda resultaría en que el gobierno les arrebatara a sus hijos de sus hogares y destruyera sus familias. Otros panfletos distribuidos por la derecha durante las elecciones advertían que la izquierda transferiría las empresas a la propiedad colectiva de las mujeres. [17]
Actitudes hacia las mujeres que no se ajustan a las normas
Para las celebraciones del Primero de Mayo de 1936, el Partido Comunista de España intentó proyectarse como una de las fuerzas políticas dominantes del país mediante la movilización de sus militantes en Madrid. En ese contexto, logró organizar a cientos de mujeres comunistas y socialistas, que participaron en una marcha con el puño en alto, detrás de grandes pancartas de Lenin y Stalin, mientras coreaban: «¡Hijos sí, maridos no!».[18]
La escena resultó especialmente irritante para sectores masculinos de la derecha nacionalista, incluidos algunos militares como el General Primo de Rivera, que escribió sobre el incidente en una carta. Para ellos, aquella consigna y aquella presencia pública de mujeres movilizadas suponían un desafío injustificado a los roles de género tradicionales en España.[19]
Derechos de las mujeres
La realidad económica hizo comprender a la mujer, completamente ajena al ingenuo placer de la vida primitiva, que el hogar la excluía de todas las tareas productivas y de todas las obras públicas que otorgaban el derecho a la subsistencia. Esta le llegaba a través del hombre, a quien ella prestaba sus servicios privados, incluidos los sexuales; y él se defendía en su nueva posición procurando fortalecer los vínculos que lo unían a la mujer. —-- Amparo Poch y Gascón in Mujeres Libres, Number 3 in the July 1936 edition.
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La igualdad jurídica de las mujeres fue rechazada por amplios sectores de la derecha española, que la interpretaban como una señal de degeneración del país y como una amenaza para la familia tradicional. Esta tensión en torno a los derechos femeninos formó parte del rechazo más amplio a la Segunda República y fue una de las razones que alimentaron la oposición de estos sectores al régimen republicano. [20]
Organizaciones
Sección Femenina de la Falange Española

La Sección Femenina de la Falange Española fue fundada en 1934 como organización auxiliar femenina de la Falange por Pilar Primo de Rivera.[6][21][22][23][24]
Inspiradas en el fascismo italiano de Mussolini, ambas organizaciones tenían una visión misógina de la sociedad y defendían la construcción de un orden orgánico y revolucionario basado en los valores tradicionales españoles. Para ello, consideraban fundamentales tres pilares: la familia, el municipio y el sindicato. A partir de los roles de género promovidos por la Iglesia católica, buscaban imponer esos valores a las mujeres dentro del hogar.[24]
Aunque movilizaba políticamente a las mujeres, la Sección Femenina no puede considerarse una organización feminista, ya que su objetivo era formar mujeres dóciles y subordinadas en la vida cívica.[23] Fue la principal organización política femenina del nacionalismo español: en 1934 contaba con unas 300 afiliadas, pero en 1939 superó en número de miembros al partido masculino, con más de medio millón de mujeres integradas en sus filas.[6][21][22][23][24]
Acción Católica de la Mujer
Las mujeres de Acción Católica de la Mujer (ACM) desafiaron algunas leyes de la Segunda República que restringían las ceremonias católicas y las actividades religiosas en el espacio público, como las procesiones. A menudo se colocaban al frente de estas celebraciones para defender su derecho a practicar una versión más conservadora del catolicismo.[25]
Las madres también continuaron matriculando a sus hijos en centros de educación católica y apoyando este modelo educativo, pese a los intentos del Gobierno por limitarlo.[25]
Sin embargo, a pesar de esta actividad política, los líderes masculinos de la Iglesia católica y de los sectores conservadores intentaron reducir el perfil político de la ACM durante la Segunda República. En su lugar, animaron a sus dirigentes a centrarse en la labor caritativa y en la ayuda a las familias trabajadoras.[25]
Con ese objetivo, los líderes conservadores impulsaron con éxito la fusión de Acción Católica de la Mujer (ACM) con la Unión de Damas del Sagrado Corazón en 1934. La nueva organización recibió el nombre de Confederación de Mujeres Católicas de España (CMCE). Como consecuencia de esta fusión, el número de afiliadas descendió de 118.000 en 1928 a 61.354. Además, las dirigentes más activas políticamente abandonaron la nueva CMCE. La organización resultante animó de forma explícita a las mujeres a reducir su participación política y a limitar su presencia pública a una o dos manifestaciones al año como máximo.[25]
Educación
La Segunda República se propuso ampliar la educación de las mujeres, una idea que en aquel contexto era considerada radical por muchos sectores reaccionarios, que se opusieron a ella. Sin embargo, otros apoyaron esta medida al entender la educación femenina como una herramienta clave para que las mujeres pudieran transmitir los valores republicanos a sus hijos.[21]
Parto
Durante la Segunda República se introdujo por primera vez la atención pública a la maternidad ofrecida por el Estado. Las mujeres también accedieron por primera vez a métodos anticonceptivos y, en la última etapa republicana, al aborto durante los tres primeros meses de embarazo. Además, se permitió el divorcio de mutuo acuerdo y la ley dejó de distinguir entre hijos legítimos e ilegítimos.[26][27]
Amparo Poch y Gascón desempeñó un papel fundamental como profesional de la medicina durante la Segunda República en Madrid. Publicó la Cartilla de Consejos a las Madres en diciembre de 1931. Fundó la Clínica Médica Puente de Vallecas en Madrid en mayo de 1934. Centrándose en la mejora de la higiene en los centros médicos y animando a las mujeres a modificar sus hábitos durante el embarazo, su labor contribuyó a reducir la mortalidad infantil en toda la ciudad para 1936. Su trabajo sobre la mortalidad infantil continuó durante la Guerra Civil.[28]
Interacciones previas a la guerra con la Guardia Civil y la Falange.

A finales de 1931, los trabajadores de una fábrica de calzado en el pueblo de Arnedo, cerca de Logroño, fueron despedidos por pertenecer a la Unión General de Trabajadores (UGT). Los vecinos decidieron protestar frente al ayuntamiento y la Guardia Civil les disparó sin motivo aparente. Cuatro mujeres, un niño y un trabajador murieron, mientras que otros treinta resultaron heridos.[29]
Los falangistas buscaban perpetrar ataques que provocaran represalias republicanas en 1935 y 1939. Uno de estos ataques tuvo lugar el 9 de marzo de 1936 en Granada, durante una huelga obrera. Un grupo de falangistas leales disparó contra los trabajadores y sus familias, que protestaban con ellos. Entre los heridos había muchas mujeres y niños. La izquierda de la ciudad respondió de inmediato convocando una huelga general, y los ciudadanos incendiaron las oficinas de la Falange, Acción Popular, las oficinas del periódico Ideal y dos iglesias. [29]
Revolución de Octubre de 1934

Las mujeres desempeñaron un papel importante, aunque muchas veces en segundo plano, en uno de los primeros grandes conflictos de la Segunda República: la insurrección de Asturias. En este episodio, las milicias obreras llegaron a tomar el control de las minas asturianas. Aunque la acción había sido concebida inicialmente como una huelga nacional, solo llegó a desarrollarse de forma efectiva en Asturias.[30][25]
Algunas mujeres participaron en labores de propaganda, mientras que otras prestaron asistencia a los mineros. Tras la represión de la insurrección por parte del Gobierno, con la intervención de legionarios marroquíes, unas 30.000 personas fueron encarceladas y alrededor de 1.000 murieron. Muchas de las personas detenidas eran mujeres. Además tuvieron un papel activo en la defensa de sus maridos y familiares varones encarcelados, tratando de conseguir su liberación.[30]
Durante la huelga de los mineros asturianos, el Gobierno de la Segunda República respondió con el arresto de miles de mineros y el cierre de sus centros obreros. Ante esta situación, muchas mujeres se movilizaron para apoyar a los huelguistas y a los encarcelados: reclamaron su liberación y aceptaron trabajos remunerados para sostener a sus familias.[25]
Sin embargo, la dirección masculina del Partido Comunista de España (PCE) intentó asignar a las mujeres funciones consideradas más acordes con su género y con el marco legal cada vez más conservador de la República. En este contexto, el Comité de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo pasó a llamarse Comité Pro-Infancia Obrera. El objetivo del PCE, y también su efecto práctico, fue limitar la participación activa de las mujeres en las protestas laborales.[31]
Durante el conflicto asturiano se registraron algunos casos de violencia protagonizada por mujeres. Estos episodios alimentaron la paranoia de la derecha, que temía que las mujeres intentaran arrebatar el poder a los hombres mediante la violencia. Sin embargo, ni la izquierda ni la derecha presentaron a estas mujeres como heroínas, y muchos hombres buscaron limitar su capacidad de acción política.[25]
Las mujeres también participaron en la construcción de barricadas, la reparación de ropa y las protestas callejeras. Para muchas de ellas, esta fue la primera vez que intervinieron en la vida pública sin la compañía de un hombre, aunque en numerosos casos lo hicieron en nombre de familiares varones encarcelados.[32]
Guerra civil española (1936–1939)

Definición de maternidad
En este periodo, la maternidad adquirió un carácter abiertamente político. En el bando republicano surgió el concepto de «maternidad combativa», que presentaba a las madres como mujeres dispuestas a sacrificar heroicamente a sus hijos por los ideales republicanos y a animarlos a entregar su vida por esa causa. A diferencia de las definiciones nacionalistas de la maternidad, la visión republicana concedía a las mujeres cierta autonomía respecto a sus maridos o a los padres de sus hijos.[33]
Esta interpretación fue respaldada por figuras como Dolores Ibárruri, que comparó la maternidad con la figura de María y la Pasión de Cristo. Sin embargo, aunque el discurso republicano ofrecía a las mujeres un papel más activo y autónomo, seguía manteniendo una idea básica de la feminidad definida principalmente a través de la maternidad.[34]
Rol en la familia
Las madres vivieron experiencias muy diversas durante la Guerra Civil, según sus circunstancias personales y el territorio en el que se encontraran. En las zonas rurales, muchas se mantuvieron al margen de la política, con independencia del bando que controlara su lugar de residencia. Esta falta de participación no siempre respondía a una elección ideológica, sino también a sus condiciones materiales: muchas tenían poco acceso a los recursos necesarios para intervenir en la vida política y, en numerosos casos, ni siquiera contaban con los medios básicos para garantizar su propia subsistencia.[35]
Durante la guerra, muchas madres intentaron mantener cierta normalidad, tanto en familias republicanas como nacionalistas, continuando con la educación doméstica de sus hijos. Esta formación incluía conocimientos sobre el agua, la agricultura y la religión. También se transmitían normas cotidianas, como el dicho: «Después de comer, no leas ni una sola letra», ya que se creía que la lectura dificultaba la digestión; en las zonas rurales, además, las madres solían animar a sus hijos a dormir la siesta después de las comidas. La disciplina también formaba parte de esa educación social, y muchas madres recurrían a bofetadas o golpes para reforzarla.[35]
Las canciones tenían un papel importante en la vida rural femenina, pues cantar se asociaba con la felicidad de la mujer, pero para las madres también servían para transmitir valores sociales a sus hijos, incluidos mensajes sobre los roles de género y la importancia de la apariencia externa. Durante la guerra, muchas madres hicieron grandes esfuerzos para alimentar a sus hijos en tiempos de escasez: podían desplazarse a otros pueblos para conseguir raciones cuando las de su localidad eran insuficientes, o incluso dejar de comer ellas mismas para que sus hijos recibieran porciones mayores.[35]
Para muchas madres de las zonas rurales, participar en política era prácticamente imposible debido a la carga de trabajo doméstico y de supervivencia. Tenían que hacer jabón, trabajar en el campo a causa del racionamiento nacional, conseguir agua en pozos, lagos o ríos (ya que la mayoría de los hogares carecía de agua corriente), lavar la ropa de toda la familia desplazándose hasta una fuente de agua y preparar la comida cuando había alimentos disponibles. Además, como la mayoría de las casas no contaba con cocinas modernas, debían cocinar a fuego abierto usando heno y leña como combustible.[35]
La guerra también alteró la estructura social de la familia. Las dificultades para conseguir alimentos y el miedo a la persecución política hicieron que la capacidad de las madres para obtener y preparar comida, al mismo tiempo que se mantenían políticamente invisibles, las situara en la práctica como cabezas del hogar. El silencio se convirtió en una virtud, porque cualquier palabra o acción considerada inapropiada podía provocar la muerte a manos de las fuerzas nacionalistas. Como las mujeres tenían menos probabilidades de ser acosadas que los hombres, pasaban más tiempo fuera de casa, lo que podía generar tensiones en el ámbito privado al desafiar la idea tradicional de masculinidad y convertir el hogar en dominio de la madre. Este cambio, por el que muchas mujeres asumieron la jefatura familiar, continuó después de la Guerra Civil tanto en familias republicanas como nacionalistas.[35]
Las madres republicanas tuvieron que enfrentarse a definiciones contradictorias de la maternidad y, al mismo tiempo, a la certeza cada vez mayor de que el bando republicano podía perder la guerra. Ante esa situación, sus opciones fueron limitadas.[33]
Algunas intentaron transmitir valores republicanos a sus hijos, convencidas de que la República acabaría regresando. Otras, por el contrario, ocultaron sus propias simpatías republicanas y evitaron que sus hijos participaran en actividades vinculadas al partido, con el objetivo de protegerlos de posibles represalias bajo un futuro gobierno franquista.[33]
Roles de género
La guerra civil española rompió algunos roles de género tradicionales en el bando republicano, al permitir que las mujeres lucharan abiertamente en el campo de batalla, algo poco habitual en la Europa del Siglo XX. También redujo la influencia de la Iglesia católica en la definición de esos roles dentro del territorio republicano. Sin embargo, esta ruptura no supuso una igualdad real en el empleo ni eliminó las tareas domésticas como responsabilidad principal de las mujeres. Lejos del frente, quienes apoyaban a la causa republicana seguían encargándose de cocinar para los soldados, lavar sus uniformes, cuidar a los niños y ocuparse de las viviendas. Incluso entre las mujeres vinculadas a la CNT, que en algunos casos se liberaron parcialmente de esos roles, persistía la expectativa de que sirvieran a los combatientes varones en funciones tradicionales.[5][36][37]
En la política republicana, las mujeres que lograron mayor éxito fueron, en general, aquellas que no desafiaron de forma abierta las normas de género ni amenazaron a sus compañeros varones, como ocurrió con Dolores Ibárruri.[34][38]En cambio, figuras como Margarita Nelken y Mansbergen generaban incomodidad entre algunos hombres por su forma de expresar el género y ocupar el espacio político.[12]
Representaciones de las mujeres en los medios de comunicación

La propaganda nacionalista reforzó la imagen de la mujer castiza: modesta, pura, asexual, abnegada y tradicional. Su papel consistía en sostener a la familia española desde el hogar mediante el trabajo doméstico y la maternidad, manteniéndose alejada del frente y sin abandonar nunca a los suyos para participar en el combate. Esta figura se presentaba como la antítesis de la combatiente republicana. Mientras la mujer nacionalista era representada como madre doméstica y garante del orden familiar, las milicianas republicanas eran descritas, en ocasiones, como madres que acudían al frente para luchar por sus familias.[20][39]
Mujeres civiles en el frente interno
La victoria... será forjada por el sacrificio de esos hijos que con tanta dificultad disteis a luz y en quienes habéis depositado tanta esperanza. Esta sangre, que fluye con tanta generosidad, es vuestra; es la sangre de las más generosas de nuestras mujeres. —Propaganda comunista dirigida a las mujeres republicanas durante la Guerra Civil española.
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Muchas mujeres pobres, analfabetas y desempleadas se vieron arrastradas a la batalla ideológica de la Guerra Civil y a la violencia que la acompañó por fuerzas que escapaban a su control. Algunas de ellas, principalmente vinculadas a la izquierda, intentaron recuperar cierto control sobre sus vidas participando activamente en la violencia que se desarrollaba a su alrededor.[40] A la hora de decidir quién tenía razón y quién no, muchas recurrieron a su propio juicio moral, construido a lo largo de toda una vida. Sus decisiones no respondieron tanto a una radicalización política ni a una moral basada en la ideología, sino a criterios personales sobre lo que consideraban justo o injusto. [41]
Las mujeres y los niños situados en la retaguardia fueron utilizados por todos los bandos como recurso propagandístico para intentar obtener apoyo a sus respectivas facciones durante la Guerra Civil, tanto dentro de España como en el extranjero.[42][43] Los nacionalistas apelaban con frecuencia a los católicos de otros países, denunciando los bombardeos republicanos contra mujeres en zonas civiles y afirmando que más de 300.000 mujeres y niños habían muerto. Esta estrategia tuvo un éxito limitado en Estados Unidos, donde los católicos también estaban preocupados por los bombardeos contra mujeres y niños cometidos por ambos bandos.[42]
Durante la ofensiva republicana contra Teruel, ciudad controlada por los nacionalistas, entre diciembre de 1937 y febrero de 1938, las brigadas sobre el terreno intentaron cumplir el llamamiento de Indalecio Prieto de proteger a la población civil, especialmente a mujeres y niños. En algunos casos, detenían los bombardeos contra edificios cuando quienes estaban dentro dejaban claro que eran mujeres y niños no combatientes. Sin embargo, la dureza de la ofensiva y de la vida en el frente hizo que muchos civiles carecieran de casi todo. A menudo, las mujeres arriesgaban la vida para saquear edificios recién bombardeados, buscando muebles que pudieran quemar para derretir nieve, obtener agua, cocinar y calentarse. Durante el mes que duró la batalla, muchas mujeres de ambos bandos murieron de hambre en la ciudad.[44]
Mujeres nacionalistas en el frente nacionalista

Las activistas falangistas solían organizarse en grupos, sobre todo según su edad. Las más jóvenes participaban con frecuencia en organizaciones femeninas nacionalistas y trabajaban fuera del hogar para contribuir a los objetivos del bando nacional. En cambio, las activistas nacionalistas de mayor edad defendían que las mujeres debían mantenerse alejadas de la vida pública y servir a la causa desde el hogar.[20] En las zonas rurales las mujeres nacionalistas solían disfrutar de más margen de movimiento que sus equivalentes urbanas: podían salir de casa, estuvieran casadas o no, para realizar las tareas cotidianas necesarias, sin que apenas nadie lo cuestionara.[45] Aunque las fuerzas nacionalistas sostenían que las mujeres debían permanecer en el hogar, la realidad de la guerra las obligó muchas veces a trabajar fuera de él, en fábricas y otros negocios. Sin embargo, las publicaciones nacionalistas continuaron animándolas a quedarse en casa al servicio de la familia y desaconsejaban actividades consideradas frívolas por los dirigentes masculinos, como ir de compras, acudir al cine o participar en otras formas de ocio.[20][22]
Mujeres republicanas tras las líneas nacionalistas

Detrás de las líneas nacionalistas, a todas las mujeres se les prohibía usar pantalones. En su lugar, debían usar faldas largas y las camisas, igualmente con mangas largas.[46] La violación era tan común que muchas mujeres embarazadas desconocían la paternidad de sus hijos.[33] La violación, junto con el asesinato y la tortura, eran herramientas frecuentes utilizadas por las fuerzas nacionalistas para infundir terror en las mujeres y mantenerlas bajo control.[43]
Tras la toma de Constantina por las fuerzas sublevadas el 7 de agosto, estas emprendieron represalias por el fusilamiento de prisioneros nacionales a manos de anarquistas. Mujeres que habían enviudado recientemente, o cuyos maridos servían en la Legión, fueron víctimas de violaciones colectivas en un episodio de violencia alentado por el alcohol suministrado por bodegas locales. El 10 de agosto se celebraron juicios sin garantías, en los que numerosas mujeres fueron condenadas a muerte por motivos como haber exhibido banderas republicanas, haber expresado admiración por el presidente Roosevelt o haber criticado a sus empleadores. Entre las ejecutadas se encontraban dos jóvenes embarazadas.[47]
Veinte mujeres, presuntamente simpatizantes republicanas, fueron sacadas de una maternidad en Toledo y ejecutadas. Según el relato citado, soldados del bando sublevado arrojaron sus cuerpos a un pozo cercano y desfilaron después por una localidad próxima con prendas íntimas de las mujeres asesinadas colgadas de sus fusiles.[48]
España franquista (1938–1973)
Definición de maternidad
Tras el fin de la Segunda República, la propaganda franquista trató de neutralizar las concepciones sobre la feminidad asociadas al periodo republicano, en las que la identidad femenina podía vincularse a la emancipación y no quedaba limitada a la maternidad biológica. El régimen promovió, en cambio, un ideal de mujer y madre como «ángel del hogar»: valiente, modesta, moral y abnegada. La mujer fue presentada como una realidad diferenciada del varón, definida por una concepción naturalizada del sexo en la que su función principal era la procreación. Esta visión contó con el respaldo de la Iglesia católica y de la Sección Femenina, que consideraban la maternidad un elemento esencial para el sostenimiento moral y social del Estado. Dicha concepción de la maternidad se mantuvo prácticamente inalterada hasta el final del régimen.[49][3][50]
Identidades como mujeres y madres
En términos generales, el final de la Guerra Civil supuso una doble pérdida para las mujeres republicanas. Por un lado, significó la desaparición del limitado poder político y de las nuevas formas de identidad femenina que habían comenzado a consolidarse durante la Segunda República; por otro, implicó su relegación al ámbito doméstico.[51]
Para algunas mujeres republicanas, el exilio transformó profundamente la manera de entender la maternidad. Aunque eran madres, muchas construyeron su identidad en torno al activismo político, relegando la maternidad a un lugar secundario frente al compromiso con sus objetivos ideológicos. Tras la guerra, estas prioridades cambiaron.[52]
Para muchas mujeres y madres de la España rural, la represión asociada a la Guerra Civil y la necesidad de asumir el sostenimiento de sus familias favorecieron la aparición de vínculos de solidaridad entre ellas. Este contexto contribuyó a que desarrollaran una forma específica de identidad femenina, apenas presente en el medio rural español antes de la guerra.[35]
Rol en la familia
La maternidad se convirtió en una de las principales funciones sociales atribuidas a las mujeres en la España franquista. Sin embargo, el régimen solo promovía ese papel entre aquellas mujeres consideradas afines a su ideología política. En numerosos casos, los hijos de madres republicanas o vinculadas a la izquierda fueron separados de ellas con el objetivo de impedir la transmisión de sus ideas políticas.[35][33][27]
Una ley aprobada el 30 de marzo de 1940 permitió que las mujeres republicanas encarceladas permanecieran con sus hijos en prisión hasta que estos cumplieran tres años. A partir de esa edad, los menores podían quedar bajo tutela del Estado, con el propósito de impedir la transmisión de ideas republicanas. Entre 1944 y 1954, 30.960 niños fueron separados de sus madres republicanas. A muchos de ellos se les impidió mantener contacto con sus familias y fueron internados en centros administrados por Auxilio Social. Tras salir de prisión, muchas madres continuaron sometidas a vigilancia para comprobar si se ajustaban al modelo de maternidad definido por el régimen. En ese contexto, numerosas mujeres perdieron la custodia de sus hijos.[33][27]
Durante este periodo, muchas mujeres republicanas tenían a sus esposos, hijos, padres u otros familiares encarcelados, lo que hizo que su papel como madres y cuidadoras se organizara en torno al apoyo a los presos. En muchos casos, estas mujeres formaron redes de solidaridad entre sí y desarrollaron distintas formas de ayuda, como conseguir libros para los reclusos, recaudar fondos, reclamar mejores condiciones penitenciarias o promover campañas en favor de su liberación.[50]
Las madres republicanas exiliadas afrontaron su condición de objetivo específico del régimen franquista mediante la creación en Francia de la Unión de Mujeres Españolas (UME). La organización buscaba legitimar la actividad política de las madres dentro de un marco más amplio de conciencia femenina. La UME publicó la revista Mujeres Antifascistas Españolas, que servía de vínculo entre las republicanas en el exilio y las que permanecían en España, incluidas algunas encarceladas. La publicación reivindicaba el papel de las mujeres como combatientes de primera línea y sostenía que la experiencia de la maternidad otorgaba a sus voces una especial autoridad para denunciar la represión y las condiciones impuestas por el régimen franquista. Esta posición contrastaba con la de algunas comunistas españolas en el exilio, que defendían que las madres ocuparan un papel menos visible y apoyaran la actividad política de mujeres y hombres solteros, considerados más aptos para asumir una mayor exposición pública en la lucha contra Franco. En ese sentido, dichas posiciones reproducían una concepción más tradicional de la maternidad, próxima a la promovida por el propio franquismo.[33]
Roles de género
El final de la Guerra Civil y la victoria del bando sublevado supusieron la restauración de los roles de género tradicionales en España. Entre otras consecuencias, se rechazó la participación de las mujeres en funciones de combate dentro del ejército. Cuando existieron ciertos márgenes de flexibilidad en esos roles, estos se dieron sobre todo en el ámbito laboral, especialmente en situaciones en las que la necesidad económica obligaba a las mujeres a trabajar fuera del hogar. Aunque el trabajo femenino extradoméstico fue tolerado en determinados casos, las opciones disponibles continuaron limitadas a ocupaciones consideradas tradicionalmente femeninas, como la enfermería, los comedores sociales o los orfanatos. Además, las mujeres casadas seguían sometidas a la autoridad de sus maridos, de quienes debían obtener permiso para realizar determinadas actividades fuera del hogar. En este sentido, la Guerra Civil supuso una pérdida significativa para muchas mujeres republicanas.[5][49][51]
Para algunas mujeres en España, el franquismo no supuso una ruptura clara respecto a su experiencia durante la Segunda República. Muchas no habían percibido el periodo republicano ni la Guerra Civil como etapas de empoderamiento, especialmente en zonas donde la estructura familiar apenas se vio alterada y el hogar no llegó a adoptar formas matrifocales, con la madre como principal figura de autoridad. Esta continuidad fue especialmente visible en áreas conservadoras del País Vasco, donde persistió durante el franquismo un modelo familiar patriarcal basado en roles de género rígidos: el hombre como cabeza de familia y la mujer como madre subordinada al ámbito doméstico.[50]
Con el restablecimiento de normas de género más estrictas, muchas mujeres que habían accedido a empleos considerados aceptables antes y durante la Guerra Civil encontraron mayores dificultades para trabajar en la posguerra. Las maestras que habían ejercido en escuelas republicanas, por ejemplo, a menudo quedaron excluidas del empleo docente.[53]
Estas normas fueron reforzadas por la Sección Femenina de Falange. Para acceder a determinadas oportunidades laborales, educativas o de viaje, las mujeres debían realizar cursos de cocina, costura, cuidado infantil y formación sobre el papel social asignado a la mujer. Quienes no los cursaban o no los superaban podían ver denegado el acceso a dichas oportunidades.[53]
Educación
Durante la posguerra, las escuelas vinculadas a Falange que impartían enseñanza a niñas orientaron buena parte de su formación hacia el ámbito doméstico. En los primeros cursos se enseñaba a las alumnas a mantener el orden en el hogar y en su entorno inmediato, así como a contribuir a la armonía, el equilibrio y la serenidad de la vida familiar. La instrucción incluía también normas de comportamiento social, como la conveniencia del silencio, la forma de mantener conversaciones adecuadas según el interlocutor y las conductas consideradas aceptables o inapropiadas para las mujeres en público, desde la risa hasta gestos como estornudar o manifestar dolor. Este tipo de enseñanzas se mantuvo hasta finales de la década de 1950.[3]
Feminismo

La Sección Femenina de Falange presentó el feminismo como una forma de depravación moral, asociándolo con el consumo de drogas y otros males sociales.[53] Frente a ello, promovió un modelo oficial de feminidad basado en figuras como Isabel la Católica y Teresa de Jesús, presentadas como referentes para las mujeres españolas. Estos símbolos, ya utilizados por mujeres franquistas durante la Guerra Civil, servían para reforzar la idea de que el papel femenino debía centrarse en la maternidad y en una vida doméstica marcada por la religiosidad. [33]
Derechos de las mujeres
Los pilares ideológicos de la «Nueva España» franquista fueron el nacionalsindicalismo y el nacionalcatolicismo.[36] Tras la Guerra Civil, la situación jurídica de las mujeres volvió en muchos aspectos a los principios recogidos en el Código Civil de 1889, inspirado en el modelo napoleónico.[53][26] En marzo de 1938, Franco derogó la legislación sobre matrimonio civil y divorcio aprobada durante la Segunda República.[36] [26]
La posguerra supuso también el retorno de un marco legal que, en la práctica, situaba a las mujeres bajo tutela masculina. Para trabajar fuera del hogar, muchas dependían de la autorización de sus maridos, padres o hermanos.[53][35][1] No fue hasta finales de la década de 1950 y comienzos de la de 1960, en un contexto de necesidad de mano de obra, cuando se introdujeron reformas que ampliaron de forma limitada las oportunidades laborales femeninas fuera del ámbito doméstico. Las leyes aprobadas en 1958 y 1961 abrieron esa posibilidad, aunque de manera restringida.[53]
Durante el franquismo se produjo un importante retroceso en los derechos civiles y jurídicos de las mujeres. Su capacidad legal quedó severamente restringida, hasta el punto de que necesitaban autorización masculina para realizar actividades como solicitar un empleo, abrir una cuenta bancaria o viajar. La legislación franquista también mantuvo disposiciones discriminatorias en materia familiar y penal, entre ellas normas que atenuaban la responsabilidad de los maridos en determinados casos de violencia contra sus esposas por adulterio. Asimismo, el acceso de las madres a determinadas prestaciones estatales quedaba condicionado a que estuvieran legalmente casadas y a que sus hijos fueran considerados legítimos.[54][1][55]
Véase también
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