Milicias de la CNT

De Hispanopedia
Milicias de la CNT
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Bandera de la CNT-FAI
País España
Fidelidad Bandera de España Segunda República española
Tipo Milicia popular
Parte de Ejército Popular de la República
Guerras y batallas
Guerra civil española
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Las milicias de la CNT, también llamadas milicias confederales, fueron un movimiento de milicia popular organizado durante la Guerra civil española por las organizaciones dominantes del anarquismo de España: la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Federación Anarquista Ibérica (FAI).

Estas milicias tuvieron un importante papel en la revolución social española de 1936. No fueron las únicas, ya que en esta revolución jugaron un papel menor (aunque importante en la guerra) otras milicias pertenecientes a otras organizaciones, partidos y sindicatos (como las del Partido Obrero de Unificación Marxista, las del Partido Sindicalista o las de la Unión General de Trabajadores (España) en varios lugares).

Tras el Golpe de Estado en España de julio de 1936 se formaron, en las zonas que permanecieron fieles a la Segunda República Española, grupos armados de voluntarios civiles organizados por los partidos políticos y los sindicatos, que se unieron a los restos de las unidades regulares del ejército y las fuerzas de seguridad estatales.

La formación típica de estas milicias fue la Columna. Las fuerzas de ambos contendientes en la guerra (sublevados y republicanos) utilizaron esta formación durante los primeros compases de la guerra. Conforme iba avanzando la guerra las milicias se fueron transformando progresivamente en ejércitos compactos, coordinados y con un mando único.

Los Comités de Defensa de la CNT

El origen de las milicias de la CNT en la guerra civil española está en los Comités de Defensa. Estos comités eran la organización militar clandestina de la CNT, financiada por los sindicatos y su acción estaba subordinada a estos. Su antecedente histórico son los diferentes grupos de acción, como Los Solidarios, que lucharon contra el pistolerismo de la patronal entre 1917 y 1923.

Las funciones esenciales de los comités de defensa eran dos: armas e intendencia, en el sentido amplio de la palabra. Los comités de defensa podían considerarse como la continuidad, reorganización y extensión de los grupos de acción y autodefensa armada de los años del pistolerismo (1917-1923).[1]

No fueron la única milicia clandestina existente durante la República. El Partido Comunista había formado las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas a partir de 1934. En el Bando Sublevado los Requetés (milicias carlistas) llegaron a organizar desfiles paramilitares en algunas ciudades, como en Sevilla el 15 de abril de 1934. Las fuerzas de la falange intentaron imitar la estrategia de la tensión utilizada por Mussolini en Italia. En tiempos de una gran violencia política casi todas las fuerzas políticas tenían milicias paramilitares.

Los Comités de Defensa fueron sustituidos, en agosto, por las Patrullas de Control que actuaban a las órdenes del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña. Los comités de defensa fueron reactivados en mayo de 1937.

Comité Central de Milicias Antifascistas

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Frente de Aragón.

El 19 de julio de 1936 en Barcelona, la guarnición militar contaba con unos seis mil hombres, frente a los casi dos mil de la guardia de asalto y los doscientos Mozos de Escuadra. La Guardia Civil, que nadie sabía con certeza por el lado que se decantaría, contaba con unos tres mil. La CNT-FAI disponía de unos veinte mil militantes (entre unos 200.000 afiliados), organizados en Comités de Defensa de Barriada. Se comprometía, en la comisión de enlace de la CNT con la Generalidad de Cataluña y los militares leales, a parar a los golpistas con sólo mil militantes armados.

Hubo una doble transformación de esos cuadros de defensa. La de las Milicias Populares, que definieron en los primeros días el frente de Aragón, instaurando la colectivización de las tierras en los pueblos aragoneses ocupados; y la de los comités revolucionarios que, en cada barrio de Barcelona, y en cada pueblo de Cataluña, impusieron un "nuevo orden revolucionario". Su origen común en los cuadros de defensa hizo que milicias confederales y comités revolucionarios estuviesen siempre muy unidos e interrelacionados. Esos comités locales, en algunos pueblos, eran fruto de la relación de fuerzas existentes en cada localidad, y en ocasiones eran órganos meramente frentepopulistas, sin ninguna aspiración revolucionaria.

Los comités revolucionarios ejercían una importante tarea administrativa, muy variada, que iba desde la emisión de vales, bonos de comida, emisión de salvoconductos, pases, celebración de bodas, abastecimiento y mantenimiento de hospitales, hasta la incautación de alimentos, muebles y edificios, financiación de «escuelas modernas» y ateneos populares gestionados por las Juventudes Libertarias, pagos a milicianos, o a sus familiares, etcétera.

El 21 de julio, un Pleno de sindicatos Locales y Comarcales de la CNT renuncia a la toma del poder, entendida como "dictadura" de los líderes anarquistas, y no como imposición, coordinación y extensión del poder que los comités revolucionarios ya ejercían en la calle. Se decide aceptar la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMA), un organismo en el que participaban todas las organizaciones antifascistas.

A partir de este momento, es el CCMA y no la CNT-FAI quien dirige las operaciones militares en Cataluña y, desde allí, el frente de Aragón. El 24 parten las dos primeras columnas anarquistas, al mando de Durruti y Ortiz. En esos mismos días se formaron además columnas del PSUC y del POUM. En dos meses, el comité consiguió organizar a 20.000 milicianos que se repartían en un frente de 300 kilómetros. Los mencionados comités de defensa dejan de operar en Barcelona ya que, o bien sus miembros están en los comités de barriada organizando la revolución, o bien estaban en los frentes de guerra. Hasta mayo de 1937 permanecieron inactivos.

Entre el 21 de julio y mediados de agosto de 1936 se constituyen las Patrullas de Control como "policía revolucionaria" dependiente del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMA). La mitad aproximada de los 700 patrulleros tenía carnet de la CNT, o eran de la FAI; la otra mitad estaba afiliada al resto de organizaciones componentes del CCMA: POUM, Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) y PSUC, fundamentalmente. Sólo cuatro delegados de sección, sobre los once existentes, eran de la CNT: los de Pueblo Nuevo, Sants, San Andrés (llamado Armonía durante la guerra) y Clot; otros cuatro eran de ERC, tres del PSUC y ninguno del POUM. Las Patrullas de Control dependían del Comité de Investigación del CCMA, dirigido por Aurelio Fernández (FAI) y Salvador González (PSUC).

Lo que estaba ocurriendo en Barcelona tenía una importancia trascendental para la CNT de toda España ya que era en esta ciudad donde tenía más afiliados, sus mejores cuadros militantes, y su organización más potente y veterana. Era pues en Barcelona donde las decisiones que tomara la CNT iban a afectar el curso futuro de toda la CNT del país.

Las columnas

Las guerrillas castellanas de la Guerra de Sucesión Española (1701-1715) y la guerra de guerrillas en la frontera luso-extremeña entre 1641 y 1668 pudieron ser ejemplos tempranos de la utilización de columnas en conflictos armados.

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Defensa de la torre del convento de San Agustín, obra de César Álvarez Dumont, que muestra guerrilleros españoles combatiendo durante el asedio de Zaragoza durante la Invasión Napoleónica de España.

Durante la Invasión Napoleónica de España se formaron columnas como conglomerados que agrupaban diversas fuerzas militares regulares o de civiles y servicios de una escala modesta. Las columnas por su movilidad y autonomía constituyeron una forma básica de organización para la guerra de guerrillas.[2]

La milicia nacional las utilizó extensivamente a lo largo de su existencia en el siglo XIX.

Origen de la columna como formación en la guerra civil

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Milicianos anarquistas de la Columna Ascaso, antes de partir al Frente de Aragón en el verano de 1936.

En la Guerra civil española surgen formaciones militares irregulares formadas por voluntarios armados mezclados en la mayor parte de los casos con soldados y otros integrantes de las fuerzas de seguridad del estado. Esta situación se da en los dos bandos. Por ejemplo, en el Bando sublevado las tropas de requetés, falangistas y militares se conformaron en columnas hasta mediados de septiembre cuando fueron reorganizadas en batallones y brigadas.

En el Bando republicano igualmente se forman milicias desde los primeros días. Por ejemplo en Asturias los militantes socialistas formaron la llamada Columna Minera el día 18 de julio, que supuestamente llegaría a Madrid para contrarrestar el golpe de Estado en curso. Sin embargo, al llegar a Benavente, provincia de Zamora, dio la vuelta cuando se recibieron noticias de que los militares, al mando del coronel Aranda, se habían sublevado en Oviedo. También hubo otra Columna Minera que partió de Huelva que intentó sofocar el levantamiento en Sevilla. Fue traicionada por la Guardia Civil que le preparó una emboscada en Camas.

Archivo:C.N.T. 19 julio 1936 .jpg
Póster propagandístico de la CNT, animando a combatir en la guerra civil española.

Otra columna con parecida suerte sería la que se organizó en Valencia a instancias de la Junta Delegada del Gobierno (representante del gobierno de la República en Valencia). Ésta entró en una disputa por el poder con el Comité Ejecutivo Popular, que gobernaba Valencia en los días posteriores al levantamiento, y con el comité de huelga UGT-CNT de Valencia. La Junta desoyó las advertencias de los otros dos organismos y envió a Teruel una columna de unos 500 guardias civiles y unos 200 milicianos voluntarios. Cuando se encontraban cerca de Teruel, los guardias ejecutaron a los milicianos y se pasaron al enemigo. Estos guardias constituyeron durante los primeros días la base militar de Teruel, hasta que recibieron refuerzos.[3]

Para la toma de Albacete, en principio controlada por la Guardia Civil, salieron dos columnas de soldados, guardias de asalto y milicianos de Alicante, Cartagena y Murcia que rápidamente tomaron Almansa y Hellín. A lo largo de su trayecto se les iban uniendo milicianos y huidos de las localidades que controlaban los rebeldes. La mañana del 25 de julio confluyeron cerca de Albacete y con apoyo de la aviación se enfrentaron con los sublevados, conquistando la ciudad al anochecer.[4]

En el caos de los primeros días de guerra también habría que situar una columna enviada por las autoridades militares de San Sebastián, que luego se sublevaría. Esta parte el día 21 por la mañana, a las órdenes del comandante Pérez Garmendia, hacia Vitoria con la intención de tomarla. La columna recibe la noticia de la sublevación de la guarnición donostiarra en Mondragón. Ante la situación creada, Pérez Garmendia decide suspender el avance sobre la capital alavesa y regresar a Éibar, a donde vuelve con los 30 guardias civiles del puesto de Mondragón y un alférez del mismo cuerpo. En la villa se concentran las autoridades de la provincia con el gobernador civil al frente. A éste le acompaña el teniente coronel Bengoa, máximo responsable de la Guardia Civil en el Territorio.

En Éibar se organiza la marcha para reconquistar San Sebastián. Para ello, proveniente de Bilbao, llega una columna de refuerzo al mando del alférez de la Guardia de Asalto Justo Rodríguez Ribas, formada por: «tres coches blindados con 23 fusileros; dos autobuses con 44 fusileros; un coche mortero de asalto con cuatro guardias, otro coche de asalto con 30 guardias y varios vehículos con 57 fusileros con dinamita; una ambulancia sanitaria con cuatro enfermeros, un médico un conductor y dos practicantes de Asalto. Llevaban también un coche de enlace, servido por cuatro milicianos. En total se componía la columna de 166 hombres municionados con granadas, morteros, cajas de proyectiles y abundante dinamita».[5]

Se puede decir que hasta octubre de 1936 las milicias de ambos bandos eran columnas comandadas por militares o bien por conocidos militantes de partidos y sindicatos afectos a cualquiera de los dos bandos. En el Bando republicano a los militares se les solía adjuntar un militante de izquierdas a modo de Comisario político debido a la gran desconfianza que generaban los militares españoles durante los primeros meses de la guerra. La función del comisariado político era doble, por un lado tratando de mantener alta la moral de las tropas, y por el otro vigilando las acciones de los elementos militares.

Organización

Las columnas de los anarquistas se organizaban bajo principios asamblearios y las decisiones se tomaban a través de la democracia directa, evitándose de esta forma las jerarquías de mando. Las milicias del POUM —un partido marxista revolucionario marcadamente antiestalinista y que a lo largo de la guerra se fue convirtiendo en aliado táctico de los anarquistas— se organizaban de una forma semejante.

Hay que hacer notar que muchos de los líderes anarquistas en la guerra habían sido comprometidos antimilitaristas, llegando incluso (por ejemplo, Durruti) a tener que huir del país para no hacer el Servicio Militar. Este antimilitarismo impregnaba el discurso de muchos grupos anarquistas, y sin embargo contrastaba con el espíritu revolucionario que igualmente se desprendía del anarquismo ibérico.

La unidad de combate más sencilla eran veinticinco individuos que formaban un grupo o pelotón, con un delegado de grupo elegido por democracia directa y revocable en todo momento. Cuatro grupos formaban una centuria con un delegado de centuria y cinco centurias una agrupación o batallón con su correspondiente delegado. La suma de las agrupaciones existentes daba lugar a la columna.

Un Comité de Guerra asesorado por un consejo técnico-militar coordinaba las operaciones de la columna. Al frente del Comité de Guerra se encontraba el delegado general de la columna. Todos los delegados de todos los escalafones carecían de privilegios y de mando jerárquico.

Consejo Técnico-militar. Estaba constituido por los militares (oficiales) que había en la Columna. Su representante era el comandante Pérez Farras, y la misión de este consejo era asesorar al Comité de Guerra. No disponía de privilegio alguno ni jerarquía de mando.

Grupos Autónomos. El Grupo Internacional (franceses, alemanes, italianos, marroquíes, ingleses y americanos) , que llegó a contar con unos 400 hombres. Su delegado general, enlazando con el Comité de Guerra, era el capitán de artillería francés llamado Berthomieu, que morirá en septiembre en una acción de guerra.

Grupos Guerrilleros. Misión línea enemiga. Los formaban: 'Los Hijos de la Noche', 'La Banda Negra', 'Los Dinamiteros', 'Los Metalúrgicos' y otros. |Abel Paz}}

El consejo técnico-militar de la Columna Durruti fue al principio el comandante Pérez Farràs pero fue rápidamente sustituido por el sargento José Manzana. El delegado del Grupo Internacional se llamaba Louis Berthomieu, y morirá el 16 de octubre en la batalla de Perdiguera. Los grupos o pelotones eran flexibles pudiendo variar el número de milicianos encuadrados en ellos y por lo tanto la cantidad de grupos incluidos en cada centuria:

La unidad básica era el grupo, formado generalmente por diez hombres; cada grupo elegía un delegado, cuyas funciones eran parecidas a las de un suboficial del grado más bajo, pero sin la autoridad equivalente. Diez grupos formaban una centuria, que también elegía su propio delegado, y cierto número de centurias formaba una columna, a cuya cabeza había un comité de guerra.
Carlos Semprún-Maura

El sistema favorecía la rápida formación de unidades:[6]

En La Serrada se apean los hombres de los camiones. Mora habla brevemente a los compañeros. Luego, de acuerdo con los delegados, del Comité de Defensa, ordena la formación de grupos, centurias y batallones: 'Cada veinte hombres formarán un pelotón que eligirá un delegado. Cinco pelotones forman una centuria. Cinco centurias un batallón...'

Las centurias se componían de alrededor de cien individuos.

Batallones de la CNT

Las milicias de la CNT funcionaron en forma de columnas sobre todo en Cataluña y en Valencia. En estos casos para operar mejor se subdividían en Agrupaciones o Divisiones, que equivalían a los batallones en Aragón y en Valencia respectivamente. Cuando llegó la militarización de las columnas primero pasaron a ser Brigadas Mixtas, y las catalanas, que eran más numerosas, directamente Divisiones.

Frentes del Centro

Milicianos durante la Batalla de Teruel.
Archivo:Republican Soldiers in the Church of Sigüenza, Guadalajara - Google Art Project.jpg
Milicianos combatiendo desde el tejado de una iglesia en Sigüenza, Guadalajara.

En otras zonas la forma de organización de las milicias tomó la de los batallones. Entre las columnas madrileñas ya hemos visto que existían varios batallones como el «España Libre», los batallones «Espartacus» (cuatro batallones con milicianos cenetistas llegados desde Alicante, Murcia y Cartagena; formarían la 77.ª Brigada Mixta), los batallones madrileños «Mora», «Ferrer», «Orobón Fernández», «Juvenil Libertario» o los batallones «Sigüenza» y «Toledo», que combatían en ambas localidades. Además los cenetistas a título individual a menudo integrarían otras columnas republicanas, como la Columna Mangada que contaba con numerosos cenetistas. La CNT del Centro llegó a organizar hasta 23.000 milicianos en diciembre de 1936, rivalizando con los números del Quinto Regimiento.[7]

Frentes del Sur

En Extremadura se formaría el Batallón Pío Sopena, a las órdenes de Olegario Pachón. En Bujalance, Córdoba, se organiza a finales de septiembre la Columna Andalucía-Extremadura a partir de los restos de las diferentes centurias y columnas milicianas de la CNT andaluza como la «Centuria de los Gavilanes» de Bujalance, el Batallón «Arcas» y el Batallón «Zimmerman» de Sevilla, el Batallón «Pancho Villa» procedente de Jaén, Castro del Río y Baena, el «Batallón de Alcoy» creado por milicianos levantinos que ya habían operado en la fallida toma Córdoba el 20 de agosto de 1936 y posteriormente en Cerro Muriano; el Batallón «Fermín Salvochea» formado el 20 de agosto en Almodóvar del Río cuyos miembros eran de esta localidad y de Villaviciosa. Estará a cargo de los hermanos Juan, Francisco y Sebastián Rodríguez Muñoz llamados «Los Jubiles», anarquistas de Bujalance.

En Málaga también hubo batallones cenetistas. Fueron los batallones «Juan Arcas», «Pedro López», «Ascaso n.º 1», «Ascaso n.º 2», «Raya», «Makhno», «Andrés Naranjo», «Sebastian Fauré», «Libertad» y «Fermín Salvochea».[8] En este frente predominaron siempre los cenetistas.

Frentes del Norte

Mapa de la Batalla del Ebro.

En los frentes del norte el sistema de batallones se asentó desde septiembre-octubre de 1936. Tras operar durante los primeros meses en columnas mixtas (en tanto a que eran columnas compuestas por milicianos diferentes ideologías a veces dirigidos por un militar republicano), se crearon batallones separados por ideología. Este fue el caso de Asturias en donde se crearon los siguientes batallones en octubre:

  • CNT n.º 1. Al mando de Miguélez.
  • CNT n.º 2. Al mando de Onofre García Tirador. Con base en Villaviciosa.
  • CNT n.º 3. Al mando de Víctor Álvarez.
  • CNT n.º 4. Al mando de Celestino Fernández.
  • CNT n.º 5. Al mando de Higinio Carrocera.
  • CNT n.º 6. Al mando de Faustino Rodríguez.
  • CNT n.º 7. Al mando de Mario Cuesta.
  • CNT n.º 8. De las Juventudes Libertarias. A cargo estaba Marcelino Álvarez.
  • CNT n.º 9. Al mando de José García.
  • Batallón Galicia. Compuesto por huidos gallegos de la CNT. Con bases en Avilés y Colloto. A cargo estaba José Penido Iglesias.

Las milicias asturianas tenían en septiembre alrededor de 10 000 milicianos. Un tercio, aproximadamente, anarquistas. Sin embargo cuando se reclutaron las quintas y se crearon los batallones, a la CNT le correspondieron muchos menos mandos de los que le tocarían por número. Sería una tónica en toda la guerra. Muchas veces por rechazo al militarismo los anarquistas renunciaban a tomar el control de batallones, dejando vía libre a que se les impusieran mandos republicanos o comunistas.[9] De los 52 batallones asturianos (31.000 combatientes), la CNT tiene 9, y el Partido Sindicalista 1 (que estaba compuesto por militantes de la CNT que simpatizaban con ese partido). En febrero de 1937 se añadirían 22 batallones más (hasta completar 75) a las fuerzas asturianas.

En el País Vasco la CNT fue siempre una fuerza minoritaria. Pero al igual que sucedió en Madrid tuvieron un crecimiento espectacular a raíz de la guerra. A pesar de contar con menos de 3.000 afiliados en mayo de 1936, en muy pocos meses tiene 35.000 afiliados y a finales de 1936 movilizaba a unos 6.000 milicianos.[10] Tuvo los siguientes batallones:

  • Batallón Isaac Puente. Nº11 de las milicias vascas. Al mando de Enrique Araujo.
  • Batallón Sacco-Vanzetti. Nº12 de las milicias vascas. Al mando de Juan Rivera.
  • Batallón Bakunin. Nº65 de las milicias vascas. Al mando de Luciano Mateos.
  • Batallón Celta. Nº30 de milicias vascas. Al mando de Manuel Mata.
  • Batallón Durruti. Nº51 de milicias vascas. Al mando de Roberto Lago.
  • Batallón Malatesta. Nº36 de milicias vascas. Al mando de Jesús Eskauriaza.
  • Batallón Internacional. Batallón de reserva compuesto por la mitad de anarquistas y la mitad de milicianos de otras ideologías.
  • Batallón 1.º de Ingenieros Manuel Andrés. Batallón de ingenieros.

En Santander las fuerzas de la CNT se solían encuadrar en los batallones mixtos. No obstante se formaron también algunos batallones cenetistas como el Batallón Libertad y el batallón CNT-FAI. La mayoría de los anarquistas, curiosamente, estaban afiliados a los sindicatos de la UGT.[9]

Los "tiznaos"

Ante la escasez de medios y materiales para el combate, se recurrió a proteger con planchas de acero de diferentes grosores algunos vehículos pesados como camiones, autobuses o maquinaría agrícola que empezaron a ser conocidos informalmente como "tiznaos" por sus dispares colores de camuflaje. El blindaje de estos vehículos acorazados improvisados no solía ser muy eficaz pues las planchas de acero estaban desigualmente unidas, o no tenían el grosor suficiente, al extremo que en algunas pocas ocasiones los "tiznaos" incluían colchones como medida de protección. Sucedía también que a veces, al querer instalar a los vehículos planchas de un mayor grosor para aumentar la protección, se perjudicaba la maniobrabilidad y la velocidad del vehículo. Debido a las deficiencias en blindaje o manejo, los "tiznaos" más improvisados eran puestos fuera de combate rápidamente. Aquellos que habían sido construidos con más cuidado y contando con mejores medios técnicos duraban más, llegando algunos a sobrevivir a los tres años de la guerra.[11]

Era común que los "tiznaos" estuviesen llenos de pintadas con el nombre de la columna a la que pertenecían y las siglas de algún partido, sindicato, u organización obrera a la cual se adherían los milicianos que los usaban.

Militarización de las milicias

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Dinamiteros republicanos en Carabanchel durante el Asedio de Madrid, junio de 1937.

Ya durante la Guerra y hasta nuestros días ha sido un asunto polémico sobre el que se ha debatido acaloradamente, incluso dentro de las propias filas cenetistas. Entre las voces más autorizadas que se alzaron en contra de la militarización y la formación de un ejército tradicional destacó la de Durruti, que en el verano de 1936 afirmó lo siguiente:

«Pienso –y todo cuanto está sucediendo a nuestro alrededor confirma mi pensamiento– que una milicia obrera no puede ser dirigida según las reglas clásicas del Ejército. Considero pues, que la disciplina, la coordinación y la realización de un plan, son cosas indispensables. Pero todo eso no se puede interpretar según los criterios que estaban en uso en el mundo que estamos destruyendo. Tenemos que construir sobre bases nuevas. Según yo, y según mis compañeros, la solidaridad entre los hombres es el mejor incentivo para despertar la responsabilidad individual que sabe aceptar la disciplina como un acto de autodisciplina.


»Se nos impone la guerra, y la lucha que debe regirla difiere de la táctica con que hemos conducido la que acabamos de ganar, pero la finalidad de nuestro combate es el triunfo de la revolución. Esto significa no solamente la victoria sobre el enemigo, sino que ella debe obtenerse por un cambio radical del hombre. Para que ese cambio se opere es preciso que el hombre aprenda a vivir y conducirse como un hombre libre, aprendizaje en el que se desarrollan sus facultades de responsabilidad y de personalidad como dueño de sus propios actos. El obrero en el trabajo no solamente cambia las formas de la materia, sino que también, a través de esa tarea, se modifica a sí mismo. El combatiente no es otra cosa que un obrero utilizando el fusil como instrumento, y sus actos deben tender al mismo fin que el obrero. En la lucha no se puede comportar como un soldado que le mandan, sino como un hombre consciente que conoce la trascendencia de su acto. Ya sé que obtener esto no es fácil, pero también sé que lo que no se obtiene por el razonamiento no se obtiene tampoco por la fuerza. Si nuestro aparato militar de la revolución tiene que sostenerse por el miedo, ocurrirá que no habremos cambiado nada, salvo el color del miedo. Es solamente liberándose del miedo que la sociedad podrá edificarse en la libertad».
Buenaventura Durruti

Cipriano Mera, en cambio, acaba asumiendo una opinión plenamente favorable a la "militarización":

"Todo lo ocurrido me reafirmaba en la idea de que no era posible hacer frente al ejército enemigo si no contábamos con otro ejército igualmente organizado y donde imperase una férrea disciplina. Ya no se trataba de luchas callejeras, en las que el entusiasmo podía suplir la falta de preparación; tampoco era cosa de simples escaramuzas, en las que cada uno podía hacer lo que se le antojara. Se trataba de una guerra, de una verdadera guerra, y por lo tanto era imprescindible organizarse debidamente, con unidades militarizadas, con mandos capaces de planear las operaciones o de hacer a las del enemigo con las ménores pérdidas de hombres y de material posibles. Y, sobre todo, se imponía en todos nosotros el acatamiento de la disciplina. No había otro camino para poder ganar una guerra que se nos había impuesto".


"Siempre creí - y lo he repetido varias veces- que no existía fuerza mayor que la autodisciplina en los hombres libres y que el compromiso adquirido entre todos cuantos se sentían movidos por un ideal era superior a cualquiera otra consideración. Lo vivido me estaba percatando, en plena guerra, que las convicciones, las grandes ideas, pueden inspirar grandes hechos y actos heroicos, orientar toda una vida con una ejemplaridad digna de encomio; mas no era eso suficiente para obtener la cohesión operacional necesaria en los frentes de batalla, para efectuar una coordinación de valores y hacer posible un planteamiento lógico de las leyes inexorables de la guerra, tanto por lo que concierne al ataque como a la defensa. Nuestra improvisación, nuestro libre albedrío, lo habíamos pagado con demasiadas vidas de compañeros, y era de necesidad, para reducir la sangría, cambiar radicalmente en nuestra conducta, ya que no en nuestras ideas"
Cipriano Mera

La organización asamblearia de las milicias causó numerosos problemas, puesto que la indisciplina era frecuente (a veces camuflada de "autodisciplina"), así como los motines y las deserciones. En las batallas más duras, donde los ejércitos sublevados demostraban poseer más y mejores medios, las desbandadas no eran infrecuentes. Situaciones como las anteriores obligaban a los líderes militares a estar atentos de sus soldados, teniendo en no pocos casos que ponerse a la cabeza en los ataques si querían ser seguidos, por lo que muchos de los personajes más capaces cayeron en el frente[12] Argumentos como los anteriores fueron planteados cuando las milicias anarquistas discutían su militarización.

La militarización de las milicias confederales se llevó a cabo en contra de la voluntad de muchos de sus integrantes desde el otoño de 1936 -con el gobierno de Largo Caballero y su Decreto de militarización de las Milicias Populares, y la aprobación de los miembros de la CNT con carteras gubernamentales-, hasta entrado 1937, periodo en el que no faltaron numerosos conflictos en torno al asunto. Un conocido ejemplo fue el del fundador de la Columna de Hierro, José Pellicer, el cual se opuso a los cenetistas que habían decidido colaborar con el gobierno que decretaba la militarización. Y es que los sucesivos decretos del Gobierno restauraron obligatoriamente la disciplina castrense propia del antiguo Ejército, al tiempo que establecieron organizaciones de logística y suministros bajo criterios militarizados y centralistas. Finalmente, tras la Batalla de Madrid de noviembre de 1936, el Gobierno negaba los servicios de intendencia y municiones a las milicias que se resistieran a la militarización.

Dentro de las milicias anarquistas tampoco faltaban los partidarios de una militarización, como Cipriano Mera, Miguel García Vivancos o las milicias cenetistas vascas, por ejemplo. Pero eran partidarios de una militarización controlada por la CNT-FAI y no por el gobierno.

La 4ª Agrupación de la Columna Durruti decidió retirarse del frente de Aragón, llevándose las armas consigo. Fueron la base de los Amigos de Durruti. Además hubo conflictos en la Columna Ascaso. Sin embargo, la tónica fue la de la aceptación de la militarización por las circunstancias en que estaba entrando la guerra. En los frentes del norte, la militarización nunca fue cuestionada, estando las milicias confederales prácticamente militarizadas desde el principio. En el frente del Centro y los de Andalucía y Extremadura, la militarización se impuso sin grandes problemas, excepto en la Columna Maroto, que fue víctima de un complot socialista negrinista y comunista para destruirla, y que provocó bastante resistencia por parte de esta columna.

Así, las milicias se convirtieron en regimientos o divisiones de un Ejército regular -el llamado Ejército Popular Republicano-, y los milicianos se convirtieron en soldados sujetos a la disciplina militar tradicional. La Revolución estaba en declive. No obstante, hasta el final de la guerra, algunos militantes confederales como Gregorio Jover o Cipriano Mera demostraron grandes cualidades de estratega en la dirección del nuevo Ejército Popular.

Según un informe del Comité Peninsular de la FAI del 30 de septiembre de 1938 -citado por José Peirats- se asegura que el porcentaje de anarquistas y confederales en el Ejército republicano es del 33% (unos 150.000 soldados de unos 450.000 soldados republicanos). Tenían mandos anarquistas en aquellos momentos las siguientes divisiones: 16, 24, 26, 54, 25, 5, 77, 70, 98, 20, 71, 28 y 63. Además tenían el mando de 2 cuerpos de ejército. A pesar de parecer cifras importantes, en realidad se trataba de una clara infrarrepresentación en el ejército republicano de los anarquistas.[13]

Sin embargo, Michael Alpert[14] asegura que tener un porcentaje determinado de soldados no quiere decir que sea necesario tener el mismo porcentaje de oficiales. En todo caso, los comunistas habían ascendido mucho en el ejército, llegando a mandar numerosas unidades anarquistas, que en no pocas ocasiones fueron utilizadas como carne de cañón. Pero tampoco los comunistas pudieron controlar del todo el ejército. Los militares profesionales formaron una casta más o menos independiente, que impidió el ascenso de los comunistas a los puestos de mando. Esto se tradujo, al final de la guerra, en el Golpe de Casado, donde los militares profesionales, aliándose con la CNT del Centro y los socialistas derrotaron a los comunistas sin mucho esfuerzo, aunque éstos tenían numerosas divisiones bajo su mando.

Las milicias en el arte

Cine

Fotografía

Bibliografía

  • Un "Incontrolado" de la Columna de Hierro, marzo de 1937, edición bilingüe español/francés, éditions Champ Libre, París, 1979. [1]
  • Miquel Amorós, José Pellicer, el anarquista íntegro. Vida y obra del fundador de la Heroica Columna de Hierro, Virus editorial, Barcelona, 2009. ISBN 978-84-92559-02-2
  • Miquel Amorós, La revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti, Virus editorial, Barcelona, 2003. ISBN 84-96044-15-7
  • Burnett Bolloten, El Gran Engaño : las izquierdas y su lucha por el poder en la zona republicana.
  • Abel Paz, Durruti en la Revolución española, Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid, 1996.
  • Abel Paz, Crónica de la Columna de Hierro
  • Carlos Semprún Maura (1978). Revolución y contrarrevolución en Cataluña. Barcelona: Tusquets. 
  • Hans Magnus Enzensberger, El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti, Barcelona, Anagrama, 1998.
  • Antoine Gimenez y los Gimenólogos, Del amor, la guerra y la revolución seguido de En busca de los hijos de la noche, Logroño, Pepitas de calabaza, 2009.
  • Agustín Guillamón, Los Comités de Defensa de la CNT (1933-1938), Barcelona, Aldarull Edicions, 2011. ISBN 978-84-938538-4-6
  • José Peirats, La CNT en la Revolución española, Toulouse, 1952.

Referencias

  1. Texto de la presentación del libro de Guillamón sobre los Comités de Defensa de la CNT.
  2. Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores. Archivado el 26 de diciembre de 2005 en Wayback Machine.
  3. CNT: de julio a julio: un año de lucha. Número extraordinario de Fragua Social publicado el 19 de julio de 1937.
  4. José Manuel Martínez Bande, La invasión de Aragón y el desembarco en Mallorca, 1989.
  5. VERANO Y REVOLUCIÓN - LA GUERRA CIVIL EN GIPUZKOA.
  6. Eduardo de Guzmán. Madrid rojo y negro. Oberón. Madrid, 2004
  7. Michael Alpert, El Ejército Popular de la República, 1936-1939, Ed. Crítica
  8. «Miguel Amorós, Maroto el héroe, Ed. Virus, Barcelona, 2011 VirusEditorial.». Archivado desde el original el 17 de octubre de 2013. Consultado el 19 de diciembre de 2011. 
  9. 9,0 9,1 César M. Lorenzo, Los anarquistas españoles y el poder, 1868-1969, Ruedo Ibérico. París, 1969.
  10. «Euskomedia.». Archivado desde el original el 13 de enero de 2012. Consultado el 19 de diciembre de 2011. 
  11. Tiznaos.
  12. César M. Lorenzo.
  13. José Peirats, La CNT en la Revolución española, Toulouse, 1952.
  14. El Ejército Popular de la República. Versión del 2007
  15. FRENTE DE MADRID 1939: B/N. 91′.
  16. Frente de Madrid · España-Italia 1939.
  17. Miguel Ángel Villena.[cita requerida]

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