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Masacre de Goliad
Se conoce como Masacre de Goliad al fusilamiento masivo por parte del ejército mexicano de alrededor de 425 a 445 rebeldes texanos que tuvo lugar el 27 de marzo de 1836, en el marco de la guerra de la Independencia de Texas.[1]
Este evento, junto con la caída de El Álamo, se convirtió en un grito de guerra para las fuerzas texanas ("¡Recuerda Goliad!") y avivó su sed de venganza, que culminaría semanas después en la Batalla de San Jacinto.[2]
Marco histórico
Tras una serie de victorias mexicanas, las fuerzas comandadas por el general José de Urrea derrotaron a los rebeldes texanos en la Batalla de Refugio y en la Batalla de Coleto. En este último enfrentamiento, el comandante James Walker Fannin y sus hombres se rindieron el 20 de marzo tras ser rodeados en las llanuras de Coleto.[3] En total, fueron capturados alrededor de 400 rebeldes; según el diario del oficial mexicano José Enrique de la Peña, eran 365 hombres, de los cuales 97 estaban heridos.[4]
Los prisioneros fueron trasladados al Presidio La Bahía en Goliad, el mismo fuerte que los texanos habían tomado meses antes en la Batalla de Goliad de octubre de 1835. Entre los capturados se encontraban el teniente coronel William Ward y el propio Fannin.[2]
El 26 de marzo llegó a Goliad un mensajero con órdenes directas del general Antonio López de Santa Anna, quien ejercía como presidente de México. Las instrucciones eran tajantes: ejecutar a los prisioneros por "crímenes cometidos contra México", calificándolos como piratas y filibusteros.[1] El teniente coronel Nicolás de la Portilla, comandante de la guarnición de Goliad, recibió la orden y respondió que se cumpliría al día siguiente.
La masacre
El domingo 27 de marzo de 1836, por órdenes del coronel Francisco Garay, fueron apartados del grupo de prisioneros los médicos Barnard y Shackelford, así como una docena de hombres bajo el argumento de haber sido aprehendidos sin armas durante su captura.[3] El resto de los prisioneros fue conducido hacia las afueras de Goliad, engañados con la falsa promesa de que serían puestos en libertad o canjeados.
A tan solo quince minutos de marcha, los texanos fueron divididos en grupos y sacados del camino. Acto seguido, las tropas mexicanas iniciaron el fusilamiento masivo. Muchos prisioneros, al darse cuenta de su destino, intentaron huir o forcejear con sus captores, pero fueron abatidos a tiros o a bayonetazos.[2]
Entre los pocos sobrevivientes que lograron escapar se encontraba el alemán Herman Ehrenberg, quien posteriormente escribió un detallado testimonio sobre los hechos. Otro superviviente fue Zachariah S. Brooks, quien fingió estar muerto y logró arrastrarse hasta la maleza.[4]
El último en ser fusilado fue el comandante James Fannin. Se le leyó su sentencia de muerte, traducida por Joseph Spohn. El capitán Carolino Huerta fue quien dirigió el pelotón de fusilamiento. Según los testimonios, Fannin pidió que su reloj fuera enviado a su familia, entregando el poco dinero que llevaba consigo, pero sus deseos no fueron cumplidos, pues Huerta no hablaba inglés.[2] Fannin fue fusilado de pie y su cuerpo fue arrojado a una pira junto con los demás.[5]
Las cifras finales varían según las fuentes, pero se estima que fueron ejecutados entre 425 y 445 hombres. Solo unos 28 lograron escapar, y otros 20 fueron indultados o utilizados como médicos.[1]
Reacciones y controversia
El general José de Urrea, comandante de las fuerzas mexicanas en la campaña, se encontraba en Guadalupe Victoria cuando se enteró de las órdenes de Santa Anna. Urrea se opuso firmemente a la ejecución masiva, argumentando que los prisioneros se habían rendido en condiciones honorables y que la matanza dañaría la reputación de México. Sin embargo, cuando llegó su carta de protesta a Goliad, era demasiado tarde: los prisioneros ya habían sido ejecutados.[3]
Casi un mes después, Santa Anna fue capturado durante la batalla de San Jacinto. Al ser interrogado por el general Samuel Houston, negó haber sido el responsable directo de la masacre, según recoge el historiador Enrique González Pedrero:[6]
Santa Anna: Protesto a usted, general (y puso su mano sobre el corazón), de que no fui informado que se habían rendido. El general Urrea me informó que los había vencido en batalla y con esa impresión ordené su ejecución.
Sam Houston: Sé, general, que los hombres se habían rendido.
Santa Anna: Pues yo lo ignoré. Y después de su aseveración no tengo la menor sombra de duda de que el general Urrea no tenía ninguna autoridad para recibir su rendición. Si algún día yo tuviera al general Urrea en mis manos lo ejecutaría por su duplicidad, por no darme la información verídica.
En sus memorias, escritas años después, Santa Anna tergiversó aún más los hechos, arguyendo que había sido Urrea quien había tomado la decisión de fusilar a los prisioneros texanos, una versión que la mayoría de los historiadores consideran falsa.[4]
Visión alternativa
El historiador mexicano Rafael Trujillo Herrera, en su polémico libro Olvídate del Álamo (1965), ofrece una versión diferente de los hechos. Trujillo recuerda el bando mexicano que sentenciaba a pena de muerte a los filibusteros que ingresaran a México para agredir al país y que fueran sorprendidos con las armas en las manos. Según esta perspectiva, la gran mayoría de los soldados del ejército texano no eran colonos texanos propiamente dichos, sino mercenarios contratados en los Estados Unidos, por lo que legalmente podían ser considerados piratas.[7]
Además, Trujillo asegura que muchos de los prisioneros no fueron fusilados formalmente, sino que habrían muerto al intentar fugarse durante el traslado hacia Goliad, y que solo una parte fueron ejecutados por pelotón de fusilamiento. Esta interpretación, sin embargo, es minoritaria y contrasta con la gran mayoría de los testimonios de la época, tanto texanos como mexicanos.[7]
Consecuencias
La masacre de Goliad, junto con la caída de El Álamo, se convirtió en un poderoso símbolo para las fuerzas texanas. "¡Recuerda Goliad!" y "¡Recuerda El Álamo!" se convirtieron en los gritos de guerra que animaron a los hombres de Sam Houston durante la Batalla de San Jacinto del 21 de abril de 1836, donde derrotaron estrepitosamente a Santa Anna.[2]
El lugar de la masacre permaneció sin señalización durante décadas. En 1936, con motivo del centenario de la independencia texana, se erigió un monumento en el sitio. Los restos de las víctimas fueron exhumados y enterrados en una fosa común con honores.[3]
Para México, la masacre representó una mancha en la reputación de Santa Anna y contribuyó a la posterior deslegitimación de su gobierno. El hecho de que se ejecutara a hombres que se habían rendido bajo promesa de trato honorable fue visto como una violación de las leyes de la guerra y utilizado por la propaganda texana y estadounidense para justificar la independencia y la posterior anexión.[1]
Véase también
Referencias
- ↑ 1,0 1,1 1,2 1,3 González, 2004; 617
- ↑ 2,0 2,1 2,2 2,3 2,4 «La masacre de Goliad (1836): la carnicería mexicana en la que un hermano fusiló a su hermano en Texas». ABC (España). 27 de marzo de 2020. Consultado el 21 de abril de 2026.
- ↑ 3,0 3,1 3,2 3,3 «Goliad, la mayor matanza de la independencia de Texas». El Mundo (España). 27 de marzo de 2016. Consultado el 21 de abril de 2026.
- ↑ 4,0 4,1 4,2 Taibo, 2011; 187
- ↑ Taibo, 2011; 188
- ↑ González, 2004; 638
- ↑ 7,0 7,1 Trujillo Herrera, 1965; 141-142
Bibliografía
- González Pedrero, Enrique (2004). País de un solo hombre: el México de Santa Anna. Volumen II. La sociedad de fuego cruzado 1829-1836. México: Fondo de Cultura Económica. ISBN 968-16-6377-2.
- Taibo II, Paco Ignacio (2011). El Álamo. México: Planeta. ISBN 978-607-07-0926-5.
- Trujillo Herrera, Rafael (1965). Olvídate de El Álamo. México: Populibros La Prensa.